En esta cuarta entrega del serial dedicado al conocimiento, nos aplicaremos a encontrar la primigenia relación entre este básico concepto, y quienes empezaron en los albores de la civilización a darle forma y estructura a lo que significaba en su época el conocimiento en esencia y manifestaciones. Dado que, no hay ninguna referencia al momento y la manera en la que nosotros, los Homos sapiens, empezamos a descubrir, aprender y atesorar nuestros primeros “conocimientos”, tendremos que iniciar este recuento desde que, valga la redundancia, “conocemos”, por medio de la escritura, a quienes se interesaron por vez primera en el acto y las aplicaciones del “conocer”.
Para nuestra cultura occidental, nuestros primeros “conocedores” fueron los filósofos de la antigua Grecia, quienes se encargaban precisamente de “filosofar” sobre todo lo que les rodeaba. La filosofía, etimológicamente, es el amor a la sabiduría, que en griego se traduce como “philo” (amor) y “sophia” (sabiduría). Pero entonces, ¿qué es la sabiduría? Esta palabra tiene un origen latino. Se deriva del verbo “sapere”, que significa “saber”. Su definición más completa y sintetizada es la que implica que la sabiduría es el “grado más alto del conocimiento”. Entonces, por antonomasia y consecuencia, se puede afirmar, que, “el mas sabio, es el que conoce más”. Se añaden a esta capacidad del solamente “conocer conocimientos”, las virtudes de saber aplicarlos vinculados a los valores de la justicia, la moral, la honorabilidad, el buen juicio y el discernimiento, entre otras tantas cualidades adquiridas también por la experiencia de los años vividos.
Se podría insertar a propósito de la relación entre la sabiduría y la edad, el refrán que reza: “más sabe el diablo por viejo que por diablo”, que indica que los conocimientos más valiosos son aquellos que se adquieren a lo largo de la vida. Es por ello, que en muchas tribus, culturas y civilizaciones, existía “el consejo de los sabios”, que se refiere a un grupo de personas reconocidas por su sabiduría, experiencia y conocimientos, que se reunían para ofrecer ayuda y orientación, -a menudo en contextos políticos o culturales-, para asesorar en las gestiones de la sociedad, la toma de decisiones y la transmisión de conocimientos ancestrales.
Ampliado ya nuestro abanico de personajes que se pueden considerar “conocedores” o “sabios”, hay que ir más allá y más temprano que el nacimiento de Sócrates en Atenas, Grecia, en el año 470 a.C.
Como expresé líneas arriba, en nuestra cultura occidental, nuestros referentes en cuanto al concepto de sabiduría son los filósofos griegos, y de entre todos ellos, habitualmente se reconoce a Sócrates como el primero de ellos, cuando en realidad, hubo muchos otros grandes sabios en Grecia antes que él, y además, la adquisición y atesoramiento de conocimientos o sabiduría, no empieza en Grecia, sino que a lo largo de la historia, se esparce en la figura de lideres religiosos y creadores de doctrinas, al oriente de Grecia, y miles de años antes de la era Socrática.
La recolección y escritura de conocimientos ha ocurrido a lo largo de toda la historia de la humanidad. Desde las antiguas civilizaciones, como Mesopotamia, Egipto, China, y después Grecia, las personas comenzaron a registrar información en forma de inscripciones, códices, papiros y otros medios. Esto comenzó hace más de 5 mil años, cuando los escribas y sabios empezaron a documentar leyes, historias, conocimientos científicos y culturales.
A expensas, y, con la promesa de que en próximas columnas me explayaré sobre cada una de estas fuentes del saber, deseo ahora solamente ampliar nuestro abanico cultural sobre el conocimiento, como dije, más allá y más temprano que mi querido y admirado Sócrates.
En una relativamente concisa línea de tiempo, según el consenso de antropólogos e investigadores, se podría decir que estas diversas culturas sistematizaron sus conocimientos prácticos, espirituales y filosóficos de la siguiente manera en una línea de tiempo:
Tan temprano como 2700 a.C. los sabios egipcios nos legaron textos como las Enseñanzas de Ptahhotep y el Libro de los Muertos en 1550 a.C., en ellos fusionan ética social con teología solar y concepciones del más allá.
En 1750 a. C., el rey Hammurabi de Babilonia, escribió el código que lleva su nombre. Es considerada una de las primeras leyes escritas de la historia, contiene 282 leyes que regulan aspectos penales, civiles y comerciales, con un énfasis en la justicia y el principio del “ojo por ojo”.
Los Vedas hindúes son libros sagrados de la India, recopilados entre 1500-500 a.C., acopian rituales y especulaciones metafísicas sobre Brahman (realidad absoluta), karma y moksha (liberación), sentando las bases del hinduismo.
Alrededor de 1000 a.C., el profeta persa Zoroastro, estableció en su libro sagrado Avesta el primer sistema teológico dualista: Ahura Mazda (Dios del bien) vs Angra Mainyu (Dios del mal), con énfasis en el libre albedrío y el juicio final.
En China, en los siglos VI-V a.C., Confucio codificó principios de armonía social, y Lao Tze, en el Tao Te Ching, propuso el wu wei (acción no forzada) y la unidad con el Tao.
Cerca del Himalaya, en Nepal, país al norte de la India, Siddharta Gautama, el Buda, en el s. V a.C., enseñó su doctrina de las Cuatro Nobles Verdades y el Óctuple Sendero, donde ofreció un camino práctico para trascender el sufrimiento (dukkha) mediante la moderación y el autoconocimiento.
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