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Conservar el misterio

Por ATL DEL DESIERTO

Hace 1 semana

En la cultura popular existe, desde hace milenios, una escala de comparación entre varones, principalmente, en la que se mide la capacidad de vencer a otros por diferentes medios.

Quienes tácitamente aceptan su inferioridad en un enfrentamiento prefieren las armas, ya sea blancas o de fuego; otros desarrollan la superioridad en el enfrentamiento físico.

Esa escala también se aplica en las naciones. Los pueblos europeos y asiáticos han vivido miles de años en guerra; generaciones enteras quedaron en los terrenos de batalla. Talentos de muchos estuvieron dedicados a la ciencia de las armas; por ejemplo, Leonardo Da Vinci dedicó la mayor parte de sus pensamientos a desarrollos de armas militares en su época, algo obvio considerando que a los artistas no les pagaban lo que les debían, por ser más urgente el tema de la guerra.

El desarrollo tecnológico militar se disparó a finales del siglo XIX, después en las dos guerras mundiales, y tuvo un largo gran momento en la Guerra Fría, en la que hubo armas que fueron presentadas como grandiosas, absolutas, temibles; pero, como ambas partes tenían armas equivalentes, no era muy sabio enfrentarse, volviendo con ello a la lógica del pleito corporal o callejero (soy muy bueno, pero ¿y si me rompen el hocico?, mejor sigo fanfarroneando y amenazo al otro).

Durante toda la Guerra Fría vimos muchas maravillas tecnológicas, incluso algunas que aún representan el riesgo de la destrucción de la Tierra si un estúpido las utiliza, que finalmente la mayoría fueron dadas de baja porque nunca se atrevieron a meterlas (evitando el riesgo de que el otro tuviera alguna ventaja que no conocían).

La información es lo más valioso en la guerra y los negocios, y por supuesto los verdaderos estadistas se preocupan de guardar sus secretos sobre fortalezas y debilidades.

Ejemplo sobre esto lo vemos en Medio Oriente: por un lado, tenemos a una dictadura religiosa, enfocada a valores de hace dos mil años, que creen ser herederos de los dioses y sienten la obligación de matar a los infieles; del otro lado, una república, con valores de hace tres mil años, que asegura ser la única hija de Dios y siente el derecho de matar al que los ponga en riesgo. Esa república es apoyada por bolsillos que manejan económicamente a la nación más poderosa del mundo, que la dirige actualmente un cobarde que huyó a la guerra, acostumbrado a arrebatar, no a ganar, que se siente Dios.

Ese dirigente se rodea de narcisistas iguales a él, quienes tienen conocimiento limitado sobre la guerra real e, irresponsablemente, aseguran a su loco amo que tienen capacidad de ganar la guerra y destruir al enemigo, y lo llevan a atacarlo.

Pero ese enemigo tiene el apoyo de otras dictaduras que no están muy atrasadas tecnológicamente en comparación con la gran potencia y odian a la potencia principal.

Así como en el pleito callejero, en un primer enfrentamiento Estados Unidos e Israel hicieron mayonesa a las fuerzas armadas iraníes, a grado tal que el presidente Trump cacareó que habían “aniquilado” el poder militar de Irán. En el ambiente militar, un ingrediente altamente valioso es la moral del enemigo, y tienen claro los expertos que el enemigo más peligroso es el vengador. En el primer enfrentamiento los iraníes fueron aplastados, pero tuvieron el apoyo de las otras partes y las ganas de desquitarse. En esta segunda ola vemos dos portaaviones gringos afectados por el fuego iraní, bases militares gringas bombardeadas, pueblos israelitas bombardeados, bombas que atravesaron ese otrora impenetrable “escudo de hierro”, sistema que derriba proyectiles antes de llegar; pero, como en el pleito callejero, el otro descifró la maroma y les está rompiendo el hocico.

En este enfrentamiento en particular, las tres partes son igualmente deleznables. Aplaudiré la derrota del que pierda, pero quedará claro que fue una guerra provocada por idiotas al mando.

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