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Contrapesos: voces incómodas

Por Columnista Invitado

Hace 1 año

Por: Horacio Marchand

 

En la historia de los negocios y de la humanidad, muchos colapsos no se debieron a la falta de talento o recursos, sino a la ausencia de contrapesos. Se desmoronan imperios y empresas porque sus líderes se rodean de aduladores. México es un ejemplo de libro de texto.

Hay que decir que las personas inteligentes no necesariamente son buenas tomadoras de decisiones. Se anteponen a la inteligencia por lo menos dos factores: los temas emocionales no resueltos (complejos, traumas) y la ideología.

En el primer caso, el pasado no deja ver la realidad actual; las proyecciones la disfrazan. Distorsionamos para que se configuren los patrones establecidos y acabamos procesando el presente desde el pasado.

En el segundo caso, las convicciones trastocan la realidad para que se acomode a una creencia. Optamos por el reforzamiento y negamos cualquier evidencia que diga lo contrario. Acabamos perdiendo la lucidez en aras de la ideología.

Y ambos casos se agudizan con la falta de contrapesos.

En México, la presidenta Sheinbaum tiene en su poder todas las herramientas para llevar al país hacia un crecimiento insospechado, histórico. Su partido controla el Poder Legislativo, el Judicial, el INE, y bajo el argumento de una “simplificación administrativa” ha debilitado instituciones cuya función era supervisar al Gobierno y garantizar derechos, como el INAI o la Cofece.

Es decir, tiene la brecha abierta para que su trabajo tenga gran impacto; para bien o para mal. Sin contrapesos, el ejercicio del poder se vuelve más vertical y menos sujeto a rendición de cuentas, vulnerando así la toma de decisiones.

Los contrapesos son indispensables; sin ellos, la realidad de repente se te estrella en la cara o aparece en forma de crisis, rompiendo de tajo a tu paradigma predominante.

La literatura lo ha plasmado con nitidez. Don Quijote necesitaba a Sancho para no perderse en sus delirios; Batman encontró en Alfred la voz prudente que lo contenía; Sherlock tuvo a Watson para traducir su genio al mundo real, los caballeros de la mesa redonda del Rey Arturo nos recuerdan que incluso un rey necesita que lo equilibre.

Abraham Lincoln formó un “equipo de rivales” que lo desafiaba en cada decisión. Genial. Ningún poder absoluto resiste sin quien lo cuestione y termina, tarde o temprano, en la autodestrucción, llevándose de encuentro a todo lo que esté cerca.

Y sí, los contrapesos siempre van acompañados de su dosis de incomodidad, porque implican visiones distintas, a veces opuestas y, teniendo poder absoluto, los borramos o los ignoramos.

He visto organizaciones donde el jefe jamás es cuestionado y todo mundo le da por su lado. Rodeado de yes men, sin voz propia, se constela una peligrosa complicidad.

La diversidad de opiniones y antecedentes es lo que evita que las entidades se conviertan en sistemas frágiles, incapaces de adaptarse a entornos cambiantes. En un mundo complejo, los equipos homogéneos son cómodos, pero ciegos; los equipos heterogéneos, en cambio, son incómodos, pero lúcidos.

Quienes buscan crecer deben cultivar los contrapesos: abrir espacios para fomentar la crítica y escuchar a quienes ven las cosas desde otra trinchera. No se trata de vivir en eterna confrontación, sino de crear un ecosistema en el que la verdad, o una mejor versión, pueda emerger, aunque duela.

Un líder sin contrapesos acaba por perder la visión. En la obsesión por el presente se sacrifica al futuro. En la obsesión por la productividad se sacrifica a la estrategia. En la obsesión por los gastos se sacrifica la inversión.

Por eso es tan necesario contar con un consejo de administración independiente, un mentor con voz firme, un colaborador con la valentía de disentir, incluso un competidor disruptivo: todas son formas de contrapeso que nos mantienen en alerta cuando la pasión o el poder amenazan con desviarnos.

Aceptar los contrapesos es un acto de humildad. Reconocer que necesitamos otras voces nos enriquece en lo personal y nos hace más efectivos en la gestión.

 

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