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Crea Rodrigo Ramírez ciudades de memorias

  Por Christian García

Publicado el jueves, 4 de marzo del 2021 a las 04:28


Habla el autor veracruzano sobre el libro que le valió el Premio Nuevo León de Novela 2020.

Saltillo, Coah.- A sus 25 años, Eusebio Mabarak lo ha perdido todo y ahora debe encontrarlo en sí mismo y en el pasado de su familia. A la vez, Jade, su madre, cuenta una historia de vida que habla de la juventud y madurez, pero también de su desaparición. Así, las búsquedas personales y genealógicas de ambos personajes se unen en una historia que recorre dos pueblos imaginarios: Santa Ana y Tepoloa, y, a su vez, un mundo de recuerdos.

Esto es lo que el escritor Rodrigo Ramírez (Veracruz, 1985) cuenta en Dinero para Cruzar el Pueblo (Conarte, 2020), libro ganador del Premio Nuevo León de Novela 2020 en el que, por medio de hijo y madre, explora cómo la memorias conforman un laberinto de calles en el que cada recodo ilumina un nuevo aspecto de quiénes son, de dónde vienen y hacia dónde van.

El autor se declara “convencido de que nuestro entorno nos crea, sobre todo en la juventud y la niñez”, por eso su libro plantea una metáfora doble: la creación de un sitio imaginario que permitiera a su personaje principal ser un lienzo en blanco sin “la más mínima idea de dónde viene todo su presente, y que esa búsqueda lo llevará a encontrar que cada aspecto de él estaba construido por hechos del pasado”. Mientras que su madre “está consciente de todos los defectos y obsesiones suyas y trata de huir de ellos”, conformando así un binomio de contrapuntos que aparecerán a lo largo de la novela.

 

La madre, el hijo

Esa relación tormentosa tiene un tradición literaria inmensa. Para ejemplos están dos de las influencias directas de Ramírez: Juan y Dolores Preciado, de Pedro Páramo de Juan Rulfo, y Guadalupe Chávez y Julián, de Canción de Tumba de Julián Herbert.
Esas vidas no pueden separarse una de la otra y, en cambio, se empujan así mismas, siendo este uno de los objetivos del autor para quien la relación madre e hijo tiene “en México una función casi nuclear en la cultura, y en la que la mamá es el ser apegado a un fanfarrón que, aunque no le hace caso, la quiere mucho y por eso no acepta un mentada. A mí lo que me atraía era despegarme de todo eso y hacer una novela que sí tuviera esa relación filial, pero que fuera atípica para no caer en el cliché, porque no me interesaba contar una historia de una familia sin problemas o que funcionara.

“Eso viene porque siempre he tenido un gusto por los personajes ‘atípicos’, y me gusta que esos seres anormales busquen una cierta normalidad, eso es lo que busco en la relación entre Eusebio y Jade. Me interesaba manejar esos matices en una relación desproporcionada en todo sentido, que ni siquiera puede ser bidireccional”, comentó el narrador a Zócalo en entrevista.

Ese tejido emocional comienza a romperse ante el peso de la memoria. Uno que el mismo autor ha cargado durante toda su vida, ya que si bien la novela es complemente ficción, apunta que “todas las historias deben de tener algo personal, sin que eso signifique que sea biográfico”. Ese aspecto personal es una obsesión que el escritor tiene con el pasado familiar. Ya que en el libro, Eusebio escarba entre los escombros de la nostalgia para hallar su futuro. En cambio su vínculo con Jade es “una expresividad muy propia, que es también muy mía”, comentó.

 

Laberinto de recuerdos

Así, Dinero para Cruzar el Pueblo se convierte en una narrativa de contrapuntos: la experiencia vital de Jade y el desconocimiento de la vida de Eusebio; la ficción y la realidad mezcladas en las páginas y, quizá el ejemplo más notorio, las diferencias entre Santa Ana y Tepoloa –cuyo significado es Perderse, en náhuatl–, dos sitios iguales en su localización imaginaria, pero diferentes en sus atmósferas.

Mientras que Santa Ana, lugar en el que “Chebo” busca a su mamá de casa en casa, es una urbe de eterno presente, Tepoloa es un pueblo gris lleno de murmullos rulfianos, una fotografía que se han congelado en el tiempo.

Pero ¿por qué ambientar su historia en un lugar soñado? La respuesta para Ramírez tiene que ver con la contaminación de sus propias experiencias vitales. Si bien las dos ciudades pueden tener rasgos de Monterrey –lugar en el que el autor ha vivido durante 10 años–, o Veracruz –tierra en la que nació–, apunta que no es ninguna de ellas y que “uno construye una ciudad porque no quiere que la realidad contamine la historia”.

Eso porque “si hubiera puesto el nombre de Monterrey, Veracruz, Tamaulipas o la que fuera en ella, el libro terminaría siendo una novela sobre esos lugares, no sobre los personajes. Me interesaba que estas ciudades influenciaran el crecimiento de los personajes, que fueran, ambos, una especie de lienzo en blanco”, apuntó el también autor del cortometraje Cómo Hacer una Nube.

Así Santa Ana y Tepoloa pasan a convertirse en dos personajes más de la galería narrativa de Ramírez. Dos sitios que nutren con sus historias personales el crecimiento de Eusebio y el temor de Jade, dos entornos casi conscientes de que “los personajes eran víctimas, victimarios y partícipes de estas dos ciudades”.

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