Coahuila
Hace 4 semanas
Este último de diciembre cumpliría 78 años mi amada esposa, Lupita Saucedo Solís. Nunca me preparé para el día en que nos tendríamos que separar para siempre, y es que fueron tantos los abrazos y los besos, el “¡Dios te bendiga!” por la infinidad de viajes que ella hizo, dentro y fuera del estado, dentro y fuera del país, para cumplir con una misión que el creador le otorgó a muy temprana edad: era maestra de maestras de educación especial
Nunca me imaginé que los sentimientos que iban a despertar en mi ser llegarían tan profundos con su lamentable partida, hace ya tres años. Sus enfermedades me llevaban de la amargura al drama, al sufrimiento, a la desgracia. En vida le di su lugar y el apoyo sincero para que se superara como persona y académicamente.
En lo privado le hacía los momentos felices con mis chascarrillos, mi alegría de vivir, que ella disfrutaba enormemente. Y le escribí un libro, Tiempo de partir, partir a tiempo, una especie de catarsis necesaria que me permitió descargar la energía que han generado en mi vida emociones reprimidas o culpas involuntarias.
Pensé que iba a dejar de sufrir, pero descubrí que no era tan fácil expresar sentimientos como la felicidad o el amor, pero todo se complica cuando entran en juegos las emociones por la enfermedad, cuya complejidad se va al extremo cuando se trata de un mal terminal, todo se vuelve muy intrincado porque el remedio no está en tus manos, ni en la de los médicos y por la impotencia de no saber qué hacer, reniegas hasta de Dios y hechas maldiciones.
Descargar todos los temores y pensamientos perjudiciales implica librarse de grandes traumas y, desde luego, el resultado es muy beneficioso para la salud mental, pero también es necesario y fundamental, no perjudicar a los demás y no seguir hiriéndose uno mismo, lamentando todo lo que fue y ya no es. Aunque trato de ser feliz, lloro y gimo porque ya no está conmigo la incomparable compañera que Dios me regaló.
Muchas veces me pegunto: “¿Acaso me estaré volviendo loco?”, pero reacciono y, aunque seguiré sufriendo por su partida, le agradezco que me haya entregó su vida y me dio hijos maravillosos, pero no la puedo olvidar aunque busque con quien o con quienes distraerme.
Cuando un ser querido parte al más allá del sol en busca de la eternidad, es necesario “soltarlo” porque atarlo al plano terrenal no le permite trascender en el cielo.
Algunas creencias aseguran que estar pensando o llorando siempre su partida las convierte en almas en pena, pues siguen atadas a aquellas personas que no pueden aceptar la muerte de un ser querido.
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