En el Senado la alianza oficiali Defender lo indefendible se ha convertido en el deporte necesario de los voceros oficiosos de la autollamada cuarta transformación; sin embargo, conforme avanza el actual sexenio, la realidad, ineludiblemente, ha comenzado a devorar los discursos con una voracidad que deja a la Administración de Claudia Sheinbaum en una posición de desnudez inédita. Y es que, esto ya no se trata sólo de diferencias ideológicas, sino que, estamos ante la caída estrepitosa de argumentos que chocan de frente con las realidades más documentadas por la tecnología y la vigilancia de la comunidad internacional.
El último ejemplo, aunque no el más grotesco de esta desconexión con la realidad, es el arresto del capo canadiense Ryan Wedding, en cual, mientras el mundo observaba los detalles de una operación quirúrgica coordinada por agencias de seguridad de Estados Unidos y Canadá en territorio mexicano, la presidenta Sheinbaum insistía en una narrativa que raya en lo fantástico: Wedding se entregó por su propia voluntad en el consulado estadunidense en México.
Para sostener esta falacia, la Presidencia no dudó en exhibir una fotografía que diversos analistas y medios internacionales ya han señalado como una burda creación de Inteligencia Artificial o, en el mejor de los casos, en un montaje fuera de contexto y de toda honestidad. El detalle que termina por sepultar la mentira es vergonzoso: la dirección donde supuestamente se dio la auto entrega del capo, ya ni siquiera alberga las oficinas diplomáticas que menciona la Presidenta.
La negación demencial de la presencia de mandos policiales extranjeros en México no es sólo un asunto de orgullo soberanista. Es un síntoma de un Gobierno que prefiere aferrarse a una imagen digital distorsionada que admitir que la cooperación bilateral, o la intervención unilateral, es la que está dando los resultados que el estado mexicano no puede, o no quiere, entregar.
Otro doloroso ejemplo de esta política de la negación de la verdad se concatena perfectamente con la tragedia y las irregularidades en el Tren Interoceánico, en el cual, ante el descarrilamiento y las fallas estructurales, la narrativa oficial ha encontrado a su villano favorito: el maquinista, que de manera descarada descubre la vieja táctica de cortar el hilo por lo más delgado para proteger el tejido del poder.
Sin embargo, el clamor público apunta a una dirección mucho más alta. Las investigaciones periodísticas y las filtraciones sugieren que las verdaderas fallas no son operativas, sino de origen: materiales de baja calidad, contratos opacos y la sombra de los hijos de Andrés Manuel López Obrador sobre la proveeduría y supervisión de la obra. Imputar la responsabilidad a un trabajador técnico no es justicia, es un acto de blindaje diseñado para que el apellido López no se ensucie, aunque lo anterior signifique que el honrar los compromisos de impunidad de su antecesor hipotequen su propia credibilidad.
En fin, de seguir así, el escarnio público no llegará por un golpe de suerte de la oposición, sino por el propio peso acumulado de las verdades que ya no caben en el armario escondido de la habitante de Palacio Nacional, o lo que es lo mismo: La 4T está descubriendo que, en la era de la información, las falsedades políticas tienen un límite, porque la realidad siempre tiene otros datos.
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