Para quienes estamos cerca de las noticias ya no sorprende cómo ciertos problemas se repiten como si nada. Y muy a pesar de ser temas que duelen de cerca: el agua. No la que cae del cielo, que ya sabemos que aquí en Coahuila escasea, sino la que sale del grifo y que tantos deciden no pagar.
Son cientos de millones de pesos los que siguen arrastrando los catorce Sistemas Municipales de Agua y Saneamiento, los SIMAS de siempre. No precisamente por la crisis del 2009, esa que nos pegó duro a todos después de la burbuja en Estados Unidos y que dejó a México con menos empleos y más apreturas. ¿Por qué la menciono entonces? Porque en su momento, y todavía algunos lo repiten, se usaba como pretexto fácil. “Es la crisis”, decían.
Pero los números siempre contaron otra historia: la cartera vencida venía de mucho antes y se siguió engordando después, sin que ninguna recesión la justificara del todo. Las crisis posteriores, como la del 2020 con el COVID, fueron brutales, sí. Cerraron negocios, dejaron gente sin trabajo y el gobierno tuvo que soltar apoyos federales y estatales para no quebrar todo. Pero ¿saben qué? La indiferencia al pago del agua no necesitó de ninguna crisis para seguir viva. Es algo más profundo, más arraigado, una cultura del “pos ya lo pago el otro mes” que no depende de si el PIB cae o sube.
Esa es la diferencia grande; el 2009 se convirtió en el chivo expiatorio perfecto para explicar deudas que ya existían; las de después, en cambio, se manejaron con programas de alivio y la gente vio que el problema de los SIMAS seguía igual, porque la raíz no era económica, era de flojera y apatía.
La cartera vencida rebasa con mucho lo que los mismos organismos deben a proveedores, a prestadores de servicios y a los bancos. Los directivos de la Comisión Estatal de Aguas y Saneamiento insisten en que los sistemas están quebrados por lo complicado que fue el año pasado. Pero los nuevos gerentes, los que entraron hace poco, sueltan la verdad sin adornos: la mayoría de esas deudas vencidas vienen de seis y hasta ocho años atrás.
Recuerden ustedes en Torreón. En las dos administraciones panistas de Guillermo Anaya Llamas y José Ángel Pérez Hernández ya era grave, pero el año pasado los números hablaban de una cartera que supera los novecientos millones de pesos. ¡Novecientos!.
Y eso que apenas en mayo del 2025 contrataron una agencia de cobranzas para intentar recuperar al menos doscientos cincuenta. ¿Y saben qué? La cosa sigue pesada, a pesar de que el SIMAS Rural logró juntar veinte millones en los primeros meses del 2026.
Y no es solo Torreón. En San Pedro de las Colonias, en Piedras Negras, donde reportaban más de cien millones en mayo del año pasado, en Monclova, Frontera, Matamoros y toda la Región Carbonífera pasa lo mismo. El desinterés de los usuarios es un hecho palpable. Se agrava con la apatía irresponsable de algunos directivos.
¿Y sabe qué pasó a principios de este 2026? Las reuniones que el CEAS organizó en enero con los nuevos directores y gerentes. El mensaje fue directo: háganse autosuficientes, mejoren el cobro, porque esta cultura del “ya pago mañana” está llevando a los SIMAS al borde del precipicio.
Los coahuilenses lo sabe de sobra, por desgracia. Los SIMAS han sido, en muchas plazas, la caja chica, mediana o grande de alcaldes, regidores y síndicos. Refugio de recomendados y, la verdad, muy recurrente en dar cabida a “faldas” que hay que proteger o consentir.
Otro problema serio es el exceso de personal. Eso obliga a sobrevivir con préstamos bancarios, con apoyos del estado que nunca se recuperan del todo y, al final del día, es el municipio y el gobierno estatal los que terminan cargando con las rehabilitaciones de equipos, las ampliaciones de redes de agua y drenaje, todo lo que hace falta para que el sistema no se caiga de una vez.
Y los adeudos inmediatos no perdonan. A la Comisión Federal de Electricidad por el suministro de luz, con amenazas de corte que obligan al estado a intervenir solidariamente. Otro monto pesado es el pago de derechos de agua a la Conagua. No es justo, desde cualquier ángulo que se mire que, por pura flojera, y no por crisis, se sigan acumulando estas carteras vencidas. Esa indiferencia, esa indolencia al no exigir el pago del servicio que se da a la gente común y corriente.
Pero fíjese cómo todo se enlaza en la vida real de Coahuila. Los recursos públicos que se distraen para tapar estos huecos bien podrían servir para obras de verdad colectiva. Pavimentar calles en colonias populares, por ejemplo, donde la falta de asfalto y el servicio de agua siguen siendo un dolor de cabeza diario.
En esas zonas vulnerables la inseguridad camina de la mano con los servicios fallidos. Vecinos que bloquean calzadas exigiendo agua, como ha pasado recientemente en varias partes de la entidad. Y no solo eso; con el regreso a clases el pasado 13 de abril, después de la Semana Santa, se reportaron robos moderados en algunas escuelas de Coahuila. Robos menores, sí, pero que hablan de la vulnerabilidad en planteles públicos y privados. Imagínense mientras el dinero se va a cubrir deudas viejas de agua, faltan fondos para reforzar vigilancia o mejorar instalaciones en esos sectores que más lo necesitan.
La verdad, uno ha visto cómo muchos coahuilenses aprenden a la mala. El agua es vida aquí, en este desierto que nos tocó. Y cuando el usuario en su casa dice “pos ya pagaré el próximo mes” y el directivo mira para otro lado, el problema crece como bola de nieve.
En colonias de Torreón o Saltillo la gente sufre cortes, baja presión, y encima el pavimento se deshace sin que nadie lo arregle a tiempo. Es como si la indolencia se contagiara de casa en casa. Aunque hay que reconocer que en la capital de Coahuila se administra mucho mejor el agua pero aun así los saltillenses sufren de baja presión y cortes agua por sectores o colonias.
¿Y qué pasa entonces? Que el estado termina sacando de otros bolsillos para salvar el día. Préstamos, apoyos sin retorno. Y los SIMAS, en lugar de ser un servicio eficiente, se convierten en un lastre que impide que las ciudades crezcan como deberían. Hay esfuerzos, claro. Programas de “deuda congelada” en Monclova que siguen vigentes, recuperaciones pequeñas pero reales en el SIMAS Rural. Pero el fondo del asunto no cambia: urge cambiar la cultura.
Un poco injusto para aquellos ciudadanos que nomás sí paga su recibo religiosamente. Ven cómo su dinero se diluye en ineficiencias. Mientras el que no paga sigue usando el agua como si fuera gratis. No es justo. Y al final todos pagamos la cuenta: con peor servicio, con impuestos que se van a subsidiar deudas viejas, con colonias que se quedan sin pavimento y escuelas que sufren por falta de recursos.
Uno aprende que los problemas no se resuelven con discursos bonitos. Se resuelven exigiendo, cobrando, administrando con mano firme pero justa. Los directivos del CEAS lo saben, los alcaldes lo saben. Ahora falta que los usuarios lo entiendan: pagar el agua no es un favor, es una obligación que mantiene vivo el sistema para todos. Y usted, ¿qué opina? Porque al final es nuestra agua, nuestra Coahuila. La que nos vio nacer y la que queremos dejar mejor, para nuestras futuras generaciones. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org
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