Gobernar exige tener una visión lo más panorámica posible, que permita alcanzar a ver la aparición de los problemas, sus causas y consecuencias de forma oportuna. Es claro que nadie por sí mismo puede observarlo todo y que, por ese motivo, habrá situaciones que se escaparán del campo visual de quien dirige. Además, como sabemos por experiencia propia, es posible que a la distancia las cosas parezcan ser de una manera distinta a como en realidad son a la hora de aproximarse a ellas. Por eso, es indispensable, también, la compañía de un equipo confiable que “sume ojos” e ideas que el gobernante debe saber escuchar.
Los retos y desafíos que se presentan a un gobernante durante su mandato pueden ser enormes y tener una elevada dosis de impredecibilidad. Un claro ejemplo lo estamos viviendo este 2020 en el que la pandemia de Covid-19 trastocó todos los planes y no solo los gubernamentales. Sin embargo, algunas semanas antes de que se presentara el primer caso en México, ya se sabía que venía una crisis sanitaria y económica de dimensiones extraordinarias.
Quiero pensar que el Gobierno federal, aunque nunca lo expresó de manera abierta, intentó guardar un equilibrio entre la misión aparentemente irrenunciable a velar por la salud pública (y digo aparente, porque como ya sabemos, el Presidente ya se lavó las manos y dejó esa responsabilidad a cada ciudadano) y procurar el mejor desempeño posible de la economía nacional, sobre todo, porque en 2019 las cosas no habían resultado como tanto nos había prometido.
Digámoslo de otra manera: una gran gestión de esta crisis habría traído un número reducido de contagios y fallecimientos; acompañado de buenos resultados económicos o incluso de una ligera caída. Sin embargo, hoy nos enfrentamos ante una realidad muy cruda para nuestro país. El número de muertes por Covid-19 es uno de los más elevados del mundo (y estamos lejos de que la situación esté controlada) y tenemos, también, uno de los peores desempeños económicos.
¿Qué es lo que ha estado fallando? Sin duda, la gestión del Gobierno federal. Pero su error no es coyuntural sino estructural y tiene que ver con la visión del Presidente y de su equipo de trabajo. Por alguna razón, la mayor parte de quienes hoy integran el Gobierno federal suponen que basta con decretar las cosas para que estas se conviertan en realidad. Y aunque ciertamente hay asuntos que se resuelven por esa vía, la mayor parte de los asuntos necesitan mucho trabajo para poderse cristalizar.
Les pongo un ejemplo: hace algunas semanas, cuando iniciaba la contingencia, el Presidente aseguró que este año se crearían 2 millones de empleos. Incluso en condiciones normales, con una tendencia en el crecimiento de la economía claramente al alza, crear esa cantidad de fuentes laborales en México es poco probable. Pero AMLO parece creer que basta su voz. El resultado, lamentablemente, todos lo sabemos: si muy bien nos va, se habrán perdido un millón 500 mil empleos formales en 2020, más otros 2 millones y medio de informales.
La del Presidente y sus colaboradores es una vista cortita. Se quedaron enceguecidos por el número de votos que consiguieron. Llegaron a suponer que el apoyo a su Gobierno era incondicional y eterno. Ahora, a un año de distancia y con tantos errores, fracasos y un índice de corrupción más elevado respecto del Gobierno de Peña Nieto, no logran ver lo que se les viene: una contundente derrota electoral. Al tiempo.
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