Hace unos días, mi tía Maricela me compartió esta reflexión que me llenó de aprendizaje. Y esta semana quería compartírselas, porque todo lo que nos cambie la mirada y nos llene de resiliencia, es parte de hacer lo humanamente posible para hacernos la vida más bonita. Está en nosotros decidir cómo ver las cosas, las situaciones, los aprendizajes, y qué forma queremos darle a las cosas.
Deseo de corazón que te permita revisar qué te nubla la mirada y qué te impide decidir vivir bonito y recargarte de todo lo que sí hay, todo el aprendizaje obtenido, y todos los logros recorridos.
“Decidí vivir bonito. No porque la vida sea perfecta ni porque todo esté en su lugar o como yo quiero que sea, sino porque un día entendí que seguir respirando ya es motivo suficiente.
“Ya no tengo treinta ni cuarenta años, ni cincuenta… pero eso dejó de importar cuando comprendí que para vivir bonito no se necesita juventud, se necesita conciencia.
“Vivir bonito es despertar y agradecer, aunque el cuerpo duela un poco. Es tomarte el café despacio, aunque se enfríe. Es mirar por la ventana y encontrar belleza en una nube, en un pájaro, en el silencio.
“Vivir bonito no es tenerlo todo, es aprender a disfrutar de quien tienes a tu lado y de lo que tienes con ella, sin compararte, sin correr, sin exigirle más a la vida de lo que hoy puede dar.
“Antes quería más cosas, más certezas, más personas. Hoy quiero paz. Hoy quiero momentos. Hoy quiero escuchar y tener conversaciones lentas que se saborean, honestas y risas que salgan del vientre.
“Hoy abrazo mis arrugas porque cuentan mi historia, y mis nostalgias porque me recuerdan de dónde vengo.
“He aprendido que la edad no te quita nada; te enseña. Te enseña a soltar, a elegir mejor, a quedarte con lo esencial. Te enseña que lo pequeño es enorme: un pan caliente, una canción vieja, una flor creciendo donde nadie la sembró, una conversación tranquila o un silencio en paz.
“Hoy disfruto este pequeño instante porque todavía puedo sentir, recordar, amar. Porque este corazón, aunque remendado, sigue latiendo. Y eso ya es un milagro.
“Así que sí, decidí vivir bonito. Con cicatrices, con pausas, con fe. Sin prisa. Sin máscaras. Con gratitud. Porque mientras haya vida, siempre habrá motivos”.
Así que a partir de hoy, busquemos ponernos los lentes del gozo de la vida diaria, de soltar la mochila del resentimiento y de cargar la de la gratitud, comprensión y aceptación. Abrazando el camino recorrido y todo lo que se atesora en la memoria del corazón.
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