“Trata a los demás como si fueran lo que deberían ser y las ayudarás a ser lo que son capaces de ser.”
Crecemos con expectativas sobre quién debo llegar a ser. Y estas expectativas actúan de manera positiva o negativa a lo largo de nuestra vida.
Éstas expectativas delinean y forman nuestra propia autoestima.
Querer mejorarnos, aspirar a vencernos y trabajarnos es un hacedor buenísimo para el crecimiento personal. Dar pasos en mejorar la versión es la clave, pero muchas veces, no podemos dar esos pasos por esas expectativas o etiquetas.
“Débil”, “inconstante”, “flojo”, “gordo”, “distraído”, “torpe”… son algunas de las etiquetas que en algún momento hemos pensado de nosotros mismos o hemos pensado de alguien más.
Las etiquetas son juicios personales de quien creo que es el otro, o quien creo ser yo. “Yo soy muy”, “Tu eres”, “Eres muy perfeccionista, enojón, tímido…
Las etiquetas surgen naturalmente en ese trato personal hacia uno mismo y hacia los que no rodean. Pero la realidad es que, las etiquetas causan más daño del que parece y pueden llegar a convertirse en un tatuaje mental y emocional en la persona.
¿Cuántas veces nos estacionamos en una etiqueta y nos limitamos?
¿Cuántas veces etiquetamos a otros y lanzamos esos adjetivos calificativos al aire que se quedan como un tatuaje mental?
¿Con quién lo hacemos? ¿Hijos, pareja, colegas, amistades, familia?
Si pudiéramos cambiar el “Soy distraído” por el “En estos momentos estoy distraído” nuestro diálogo interno cambiaría. Nuestra vida cambiaría.
Hemos de comenzar a dejar de etiquetarnos y a ser compasivos con nosotros y con los demás de la misma manera.
Nadie es perfecto.
Nadie ama igual.
Nadie tiene los mismos talentos.
Nada está escrito.
Nadie viene a vivir la misma vida.
NADIE ES MEJOR NI PEOR QUE TÚ, es alguien más.
Detente a identificar las etiquetas que has puesto a los que te rodean.
Deja de etiquetar a la persona por lo que a tus ojos es y por su comportamiento.
“Eres un niño malo”, “Eres una persona mentirosa”… es etiquetar la identidad por una acción. Los prejuicios perjudican.
Pudieras mirar un comportamiento como algo equivocado, pero deja de etiquetar a la persona por ese comportamiento.
Poner etiquetas es atribuir juicios rápidos. Es encasillar.
¿Qué provocamos cuando etiquetamos?
Al decirlo varias veces, los demás pueden creérselo y asumir ese rol. Se interioriza tan grave que luego se es muy difícil cambiar.
Nos limita al conocer al otro de verdad y a ser empáticos.
Generamos estrés o ansiedad sobre esas expectativas que el otro no puede alcanzar.
Lastimamos la autoestima de alguien.
Lo invalidamos.
¿Cómo podemos evitarlas?
Conociendo y aceptando al otro con sus debilidades y fortalezas.
Revisando si es percepción mía o tiene que ver más con mi propia historia que con el otro.
Anotando y corrigiendo las etiquetas negativas estereotipadas que utilizamos de forma automática. Y buscando modificarlas por frases positivas que ayuden al otro.
Aceptando que yo no soy perfecto. Y que en eso que me siento perfecto, me gana la arrogancia.
Siendo consciente que mis palabras tienen poder. Nutren o destruyen.
Eligiendo el silencio antes de etiquetar al otro.
Arranca las etiquetas que has puesto en los demás.
Deja de decirte y de decir ERES y si no vas a etiquetar algo o alguien cómo valioso mejor no digas nada. Y en tu actuar con los demás, deja de encasillar.
Virginia Satir, terapeuta enfocada en el concepto ”convertirse más plenamente humano” recalcaba esta frase: “No dejes que las percepciones limitadas de los demás te definan”.
Comprendamos que las etiquetas no son para las personas, que todos somos seres con una gran capacidad de cambio y adaptación increíble.
Abramos el abanico de posibilidades y no establezcamos límites en nuestro camino. Todas las capacidades adaptativas deben ir acompañadas de un ambiente que estimule y aliente hacia el desarrollo personal, hacia el éxito personal. Recuerda que toda etiqueta, aunque a tus ojos tengas la razón, va en contra de todo principio fundamental educativo ( comprensión, aliento, y reconocimiento al esfuerzo y logros.)
Recuerda que etiquetar a alguien es no dar cabida a la posibilidad.
“No me determines, soy posibilidad”
Más sobre esta sección Más en Coahuila