¡Quieto, hijo de la chin…Contra la pared!
La voz estentórea del testaferro policiaco detuvo en seco la marcha del reportero Ángel Sánchez Gregó, quien obedeció y se colocó de espaldas contra los guaruras de aquel temible jefe policiaco que tuvo Coahuila, Mario “N”.
Como si tratara de un peligroso delincuente, lo esposaron y lo colocaron en el asiento trasero de un automóvil en medio de dos individuos fuertemente armados. Adelante, el chofer y otro agente de la Judicial del Estado.
Cuando Ángel se identificó como periodista, los cuatro se carcajearon ruidosamente. Uno de ellos arrebató su grabadora y su libreta sin dejar de reír estúpidamente.
Al llegar a las mazmorras de la Judicial en el mal utilizado y antiguo Colegio de San Juan, ahora El Museo de las Aves, pidió una explicación sobre su detención y el respeto a la libertad de expresión. Como toda respuesta recibió dos culatazos en las costillas y lo encerraron en un frío y oscuro separo con olores confundidos entre orines, popó y vómito. Solo una pequeña luz penetraba por la parte inferior de la puerta metálica.
Minutos antes Sánchez Gregó había cumplido una orden de información girada por su jefe inmediato en el periódico, Óscar Medrano, quien le pidió investigara e hiciera una nota de la relación de los recientes asaltos bancarios entre la Judicial y los delincuentes. Había entrevistado al gerente del Banco Internacional sobre la avenida Presidente Cárdenas, quien no quiso aportar nada sobre el particular.
Pasaron cinco horas, que al reportero se le hicieron eternas, cuando fue sacado de la ergástula para ser llevado con el jefe policiaco, quien le advirtió: ¡Hijo de tu chin…madre, esto es para que aprendas a no meter las narices en donde no te importa!
El dueño del periódico había hecho un arreglo con el director de la Policía del Estado para obtener su libertad, de la cual ilegalmente se le había privado, como era la costumbre. No había aún “el coco” de los Derechos Humanos.
Fue en los años 70 cuando estuvo la judicial, en el ahora Museo de las Aves. Decía el general Halconedo, Comandante de la Sexta Zona Militar: A un marginado dale charola y pistola, y te hace estragos. Y sí, los judiciales en aquel tiempo eran zapateros, carniceros, ejidatarios, excantineros o ayudantes de cantina. No era un trabajo digno y escogían de lo peor, incluso, delincuentes a quienes improvisaban como policías “secretos” como se les denominaba de antaño. Su charola o gafete metálico y su pistola, eran las armas reglamentarias de la barbarie y el salvajismo a que estaban sometidos los coahuilenses aún sin haber cometido un delito.
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