Mario Vargas Llosa dice en La Llamada de la Tribu (Alfaguara, 2018) acerca de la corrupción: “(es) uno de los fenómenos que más debilita el Estado de derecho y, en general, el funcionamiento de una democracia; también, por supuesto, del mercado libre”. El ensayo lo dedica a pensadores cuyas ideas afianzaron su espíritu liberal, cuando, en las últimas décadas de la Guerra Fría, los intelectuales de su generación simpatizaban con el comunismo. En su análisis del libro Camino de servidumbre, advierte que Friedrich August von Hayek, crítico de la economía planificada y del socialismo debido a su deriva autoritaria, insiste en “cómo, con las mejores intenciones del mundo, la ignorancia lleva a muchos gobiernos demócratas y a partidos políticos que creen tener una clara vocación antiautoritaria a socavar las bases económicas sobre las que se asienta la sociedad abierta”.
El escritor peruano-español reconoce que “El crecimiento inmoderado del Estado facilita la corrupción, sin duda, pero, en nuestros días, acaso la razón primordial por la que ha alcanzado la magnitud que tiene —algo que comparten países desarrollados y subdesarrollados, democráticos y autoritarios— es el desplome de los valores morales, sustentados en la religión o laicos, que en el pasado daban fuerza a la legalidad y que hoy día son tan débiles y minoritarios que, en vez de atajarla, estimulan la transgresión de las leyes en razón de la codicia. La última crisis financiera que ha sacudido a Estados Unidos y a Europa desde 2018, resulta en buena parte de esa voluntad de lucro que llevó a bancos y empresas a groseras violaciones de la Ley”.
Vargas Llosa escuchó, no la llamada de la tribu, sino la de su país para salvarlo de la crisis económica, la corrupción rampante y las políticas estatistas de Alan García. El Frente Democrático lo postuló para la presidencia del Perú en 1990. Sin embargo, en el ánimo de los electores pesó más la desconfianza en los partidos que la perspectiva de un cambio real y profundo. Vargas Llosa era amplio favorito, pero Alberto Fujimori, de Cambio 90, tan marginal y desconocido como su candidato, lo venció en segunda vuelta.
Perú se volvió a «joder». Apenas en el segundo año de su presidencia, Fujimori orquestó un autogolpe de Estado: disolvió el Congreso e intervino el Poder Judicial y otros órganos constitucionales apoyado en las fuerzas armadas. La dictadura populista, el saqueo y la violación sistemática a los derechos humanos duraron 10 años. Fujimori huyó del país y renunció vía fax; dos años después, Chile lo extraditó. El expresidente fue sentenciado a más de 40 años de prisión por los delitos de homicidio calificado, peculado doloso y apropiación de fondos públicos por cientos de millones de dólares.
Los sucesores de Fujimori —Alejandro Toledo, Alan García, Ollanta Humalla y Pedro Pablo Kuczynski—, a algunos de los cuales Vargas Llosa apoyó después de haberlos criticado en campañas previas, terminaron entre rejas o renunciaron a causa del escándalo Odebrecht. García se suicidó el 17 de abril de 2019 para evitar sudetención.
Vargas Llosa cuenta su experiencia en sus memorias Como el Pez en el Agua (Alfaguara, 1993), en cuya portada aparece bajo una lluvia de confeti. En 2010 ganó el Premio Nobel de Literatura. “En América Latina todo está por hacerse, la democracia no está allí para quedarse. En ese contexto, el intelectual tiene la obligación de intervenir en el debate cívico. El debate fundamental es el de las ideas”, declaró el autor de La Civilización del Espectáculo (El Heraldo de Colombia, 22.09.16).
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