Nacional
Por JC Mena Suárez
Hace 44 minutos
México no tiene que elegir entre honrar sus raíces y adoptar nuevas costumbres. El verdadero desafío es convertir ambas celebraciones en oportunidades económicas sin reducir la memoria cultural a una mercancía.
Cada octubre, México enfrenta una competencia que va más allá de las calabazas, los disfraces y las flores de cempasúchil: la disputa por la atención y el presupuesto de las familias. Halloween impulsa las compras de dulces, maquillaje y entretenimiento; el Día de Muertos moviliza florerías, panaderías, mercados, artesanos y servicios relacionados con los panteones. La diferencia fundamental no está en cuánto vende cada festividad, sino en lo que representa. Una privilegia la recreación; la otra, la memoria y el homenaje a los seres queridos fallecidos. Ambas conviven en una economía donde los hogares deben decidir cómo distribuir sus ingresos y los comercios buscan aprovechar una temporada de consumo concentrado.
Tradición, consumo y poder adquisitivo
La Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo estimó una derrama económica de 53 mil millones de pesos para la temporada de Día de Muertos 2026. La cifra comprende diversas actividades comerciales y turísticas, incluidos productos vinculados con Halloween; por ello, no permite atribuir todo ese monto a una sola celebración.
El dato revela una oportunidad, pero también una advertencia: el crecimiento de las ventas no necesariamente significa que las familias tengan mayor capacidad de compra. La inflación, los salarios, el empleo y las obligaciones financieras condicionan el gasto. Cuando el presupuesto se estrecha, algunos hogares reutilizan adornos, elaboran disfraces en casa o reducen las compras sin renunciar a convivir.
Coahuila: más allá de las grandes industrias
En Coahuila, particularmente en Saltillo y la Región Sureste, la actividad industrial y el nearshoring -la relocalización de operaciones cerca del mercado de destino- forman parte del contexto económico. Sin embargo, no debe confundirse el dinamismo manufacturero con una mejora automática del ingreso disponible de todas las familias.
La demanda externa, las tasas de interés y los costos de producción influyen en las decisiones de inversión y empleo. A su vez, la integración de la cadena de suministro, es decir, la conexión entre empresas que producen y entregan componentes, puede generar oportunidades para proveedores regionales. Pero si los beneficios se concentran o los salarios no avanzan al ritmo de los gastos, la brecha entre productividad e ingreso familiar persiste.
Las festividades ofrecen una vía complementaria: permiten que pequeños negocios participen en la economía local mediante productos y servicios de temporada. El reto consiste en que esa derrama llegue también a productores, comerciantes y trabajadores independientes.
Identidad sin aislamiento
Halloween no elimina por sí misma las tradiciones mexicanas. Una familia puede organizar una actividad de disfraces y, días después, instalar un altar y visitar el cementerio. El riesgo aparece cuando la comercialización desplaza el significado cultural o cuando la celebración se convierte en una obligación de consumo.
En el próximo trimestre, los negocios deberán evaluar qué productos responden a la demanda real y ofrecer opciones para distintos presupuestos. Las autoridades y organizaciones culturales, por su parte, pueden fortalecer mercados artesanales y actividades comunitarias.
La identidad no se protege rechazando toda influencia extranjera, sino transmitiendo el sentido de las tradiciones. La oportunidad económica está en celebrar, consumir con criterio y procurar que el valor generado también beneficie a las comunidades que mantienen viva la cultura.
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