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Día del Médic@

Por Guadalupe Loaeza

Hace 1 semana

Para la doctora Martha Díaz de Kuri.

Mañana 23 de octubre es Día del Médico y de la Médica. Cómo no referirnos también a ellas, a las médicas, si la doctora Margarita Chorné y Salazar fue la primera de odontología en México, la primera mujer en obtener un título profesional universitario en América Latina gracias a los magníficos resultados de su examen profesional en 1886 en la Escuela Nacional de Medicina.

Tenía 21 años, frente al jurado citó de memoria los tratados en tres idiomas. Dicen que entre el público se encontraba uno de sus enamorados, un joven muy inteligente, que era nada menos que mi tatarabuelo Juan Antonio Loaeza Caldelas, recién recibido como maestro de Anatomía, Fisiología, Farmacia y Francés en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca. Le pagaban 41 pesos mensuales, en sus cartas describe su salario como “una fortuna”.

Ya como médico se recibió en San Luis Potosí. Entonces su máxima ilusión era haber sido paciente de la doctora Chorné y Salazar. En realidad mi tatarabuelo no necesitaba de ningún tipo de trabajo de odontología, sus dientes eran perfectos y contaba con una sonrisa encantadora.

De todos los viajes que realizó el doctor Juan Antonio Loaeza Caldelas por la República curando a los pobres, el que más recordaba era el que había realizado precisamente en la ciudad de Puebla.

Cuando iba por las inmediaciones de Tepeaca, lo asaltaron, perdiendo su equipaje, sus libros –todos en francés– e instrumentos quirúrgicos, algunas cartas dirigidas a la doctora Chorné, en fin, todo lo que poseía.

A pesar de sus denuncias y quejas, jamás le pagaron los 200 pesos que necesitaba para reponer lo robado. Un señor apellidado Ortega, por parte de la Secretaría de Hacienda, le contestó su carta dirigida al Presidente de la República: “no pudiendo acceder al pedido que el interesado hace por no permitirlo las circunstancias del erario”. Andando el tiempo lo asignaron al hospital militar de Veracruz.

Su hijo mayor se hizo médico, y fue a él a quien le heredó todos sus libros de medicina que le quedaban. Con los años, él se los regaló a su yerno, un magnífico pediatra quien muriera muy joven, no sin antes heredarle los mismos libros que había heredado a su hijo, el espléndido cardiólogo mexicano el doctor Manuel Cárdenas Loaeza. Dos de mis sobrinos, Antonio y Martín, atesoraban algunas de esas obras.

Es decir que en la familia Loaeza, hasta ese momento, había siete médicos, contando a mi nieto Tomás, y serían nueve si contamos a mi marido, quien también es médico, mi médico de cabecera, y a mi tío Rafael Tovar Villagordoa, un espléndido médico, además de haber sido director de la Escuela Nacional de Enfermería y Obstetricia.

Últimamente, debido a las circunstancias de mi marido y de las mías, he visitado muchos médicos y médicas mexicanas. A todos y todas les pregunto si, de casualidad, no conocieron a uno de mis primos, sobrinos o tíos médicos.

“El mejor maestro de cardiología que he tenido fue el doctor Cárdenas”, me contestó hace poco nuestro cardiólogo. No me sorprende, siempre contó con una espléndida reputación.

Siempre he sabido que en México hay magníficos médicos y médicas, sin olvidar a las espléndidas enfermeras muy solicitadas en Estados Unidos. También son muy reconocidos los dentistas, cirujanos, oftalmólogos, especialistas en cancerología, gastroenterólogos, etcétera.

Hace unos días me vi obligada a ir con un otorrinolaringólogo y me dijo, viéndome derechito a los ojos: “Ya no oyes nada. Necesitas unos audífonos”. Casi me desmayo. Nunca me imaginé con un aparato tan revelador de mi edad tan avanzada. Le dije que no, que escuchaba y que no hacía falta.

Quién sabe qué me dijo después de mi negación, pues ya no lo escuché. El doctor se dio cuenta y sin agregar ni una palabra más, me extendió la receta. Me fui con ella hecha una bolita en mi mano, y con el corazón hecho pedazos.

Tal vez me he vuelto cada vez más sorda porque ya no quiero oír más malas noticias, ni más chismes ni rumores. De este modo seré más discreta y menos preguntona.

No obstante ya fui a que me tomaran pruebas de unos audífonos. Y sí es cierto, con ellos escucho mejor gracias al Dr. Asch, el espléndido otorrinolaringólogo, a quien felicito de todo corazón por el Día del Médico.

También felicito a mi tatarabuelo y demás médicos y médicas.

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