Por: Irene Spigno
La semana pasada conmemoramos, una vez más, el Día Internacional de la Mujer. Dentro de las múltiples luchas a las que nos enfrentamos las mujeres, por el simple hecho de serlo, hay una que (silenciosamente) se encuentra presente en muchas de las empresas y centros de trabajo en México: la frustración de los hombres machistas de ser dirigidos por mujeres.
No hay duda. Una de las situaciones que más aquejan a las mujeres líderes, es aquella de enfrentar la responsabilidad de dirigir grupos de trabajo con machos violentos e intelectualmente disminuidos.
Persiste, en contextos misóginos, el rasgo autoritario de hombres que no toleran ser subordinados de una mujer.
Esta “intolerancia”, que en muchas ocasiones plantea trastornos mentales que sus propios padres les generaron, hace que a algunos hombres les cueste mucho trabajo desenvolverse, de manera respetuosa y profesional, con las autoridades femeninas.
La salud mental de estas personas, a quienes denominaré “machos violentos y frustrados”, los lleva a tomar decisiones absurdas, irracionales e impulsivas, como lo son la redacción y el envío de correos electrónicos amenazantes, ridículos y humillantes como respuesta a instrucciones directas de una autoridad femenina, o de plano, ignorar estas instrucciones directamente. Estos machos solo buscan una confrontación directa ante cualquier tarea, o, en otras palabras, pretenden demeritar a la autoridad femenina y desconocer su función.
Esta situación puede explicarse, nunca justificarse, de muchas maneras. Pensemos: la primera es que los “machos violentos y frustrados” encuentran satisfactorio la humillación femenina (quizás les gustaría así tratar a sus madres, esposas e hijas); otra, que estas personas genuinamente consideran que una mujer no debería de tomar decisiones; otra, locura absoluta; u otra, finalmente: reproducir, consiente o inconscientemente, lo que más odian en la vida: el carácter de su padre machista que los marcó como seres dotados de valor, más no de razón.
Hace algunos años, me enfrenté a una situación laboral en la que tuve que lidiar directamente con una persona que, desde su frustración, me atacaba y denigraba no solo por ser mujer, sino además por ser una mujer con autoridad laboral sobre él.
Hay pruebas. Fueron muchas las comunicaciones, llenas de cólera, escritas y verbales, en dónde consta esta situación. Nunca encontré una explicación razonable ante este odio infundado hacia la autoridad femenina.
Puedo pensar, tal vez, que esto era una consecuencia, tal como mencione, de la frustración que definía a este sujeto, que como muchos otros tantos, término abandonando su puesto de trabajo antes de seguir obedeciendo un liderazgo femenino.
Hoy, incluso, desde su posición solo le queda más frustración contra mí. Eso explica, en gran medida, muchas críticas calumniosas a mi función universitaria como mujer.
Muchos hombres, aunque lo nieguen, creen que las mujeres no deberíamos dirigir instituciones, ni tomar decisiones importantes, ni colocarnos en la esfera pública como agentes de cambio y de acción social, por el simple hecho de ser mujeres y por qué nuestra condición natural no es la de “dirigir” sino la de “obedecer”.
Las mujeres y hombres somos iguales.
Existimos en el mundo muchas mujeres con la capacidad de transformar nuestra realidad desde la dirección en el ámbito labora, como muchos hombres también.
Somos muchas las mujeres que hemos demostrado que nuestro desempeño como directoras de instituciones, tanto públicas como privadas, no ha hecho más que mejorar las condiciones de estas instituciones, y, por lo tanto, hemos generado resultados importantes en los ámbitos en dónde nos desenvolvemos.
A muchos hombres, en particular a algunos con rasgos machistas, esto les parece una locura, pero a mi no… las mujeres vamos a cambiar al mundo, en especial la visión retrógrada de esos “machos violentos y frustrados” que hoy solo existen para denunciarlos en el tendero público de la lucha feminista.
Una última reflexión. No solo podría ser violencia y frustración la razón del macho universitario que me ha tocado lidiar. También puede ser una incapacidad intelectual: nunca fue capaz de hacer una simple tesis para formarse como académico. Eso lo frustro más: ¡ver a mujeres con mayores méritos académicos fue lo peor!
Pero mientras las mujeres académicas trabajamos y transformamos a nuestras instituciones, los machos seguramente seguirán gozando de sus salarios para seguir pretendiendo humillar a las mujeres.
Por eso hay que denunciarlos siempre.
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