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Economía doméstica: el peón acasillado de la hacienda

Por Federico Muller

Hace 5 horas

Este artículo invita al lector a revisar algunos pasajes de la vida rural mexicana anteriores al levantamiento armado de 1910, poco conocidos entre las generaciones nacidas después de 1970. Su publicación, en vísperas de un nuevo aniversario de la Revolución Mexicana, el próximo 20 de noviembre, ofrece la oportunidad de examinar las condiciones económicas y sociales que prevalecían en las haciendas porfiristas.

Para estudiar estas propiedades, se seleccionaron obras que privilegian la investigación documental y recurren a fuentes primarias, como archivos, libros contables y registros notariales de los siglos 19 y principios del 20. Estos materiales permiten conocer tanto la organización productiva de las haciendas como las condiciones de vida de sus trabajadores.

 

El día a día de un peón de hacienda

Después de la puesta del sol, el silencio vuelve al jacal del peón. Una jornada agrícola que puede prolongarse durante 12 horas deja poco tiempo para intercambiar palabras con su mujer e hijos. Al terminar las faenas, se dirige al petate, donde procura conciliar el sueño durante seis o siete horas. Antes de que el alba ilumine su modesta vivienda, la campana del casco de la hacienda anuncia el comienzo de otra jornada. Un despertador muy sui géneris que, en esta escena, marca las 4 de la madrugada. Tres o cuatro tañidos bastan para convocar a la peonada y recibir las instrucciones del capataz. Las tareas cambian según la estación y el ciclo agrícola: surcar, abonar, sembrar, deshierbar o segar. Una cosa parece segura: nunca falta el trabajo. De lunes a sábado, la rutina se repite, aunque las labores varíen de acuerdo con la temporada.

El domingo por la mañana, la asistencia a misa podía formar parte de las costumbres de la comunidad en las haciendas que contaban con capilla y servicio religioso. La celebración católica de la época incluía el uso del latín en la liturgia y, en determinados momentos, el sacerdote oficiaba de espaldas a los fieles. Para el peón, la práctica religiosa podía representar un espacio de consuelo y esperanza espiritual.

La tarde dominical podía dedicarse a la familia y a las actividades domésticas (referencia: W. Luis Orozco). Uno de los novelistas mexicanos que mejor describe la vida rural después de la Revolución es Juan Rulfo. Aunque las escenas que “pinta” en su obra mezclan magia, cultura y tradición, se aproximan a la realidad que se vivía en la campiña mexicana.

 

Estructura económica de la hacienda

La hacienda mexicana no puede explicarse como una simple combinación de las comunas españolas de finales del siglo 18 y las explotaciones agrícolas de los farmers del sur de Texas. Se trata de organizaciones económicas con orígenes, estructuras de propiedad, formas de trabajo y relaciones con los mercados diferentes.

Para comprender su evolución, es necesario considerar la herencia de la concentración territorial de épocas anteriores, la expansión de los mercados, la construcción de los ferrocarriles, la incorporación de maquinaria agrícola y la disponibilidad de crédito. Estos factores contribuyeron a transformar determinadas haciendas en explotaciones comerciales orientadas al mercado nacional o a la exportación, sin eliminar por ello las relaciones tradicionales de dependencia laboral.

La administración cotidiana recaía, en muchos casos, en empleados de confianza, como administradores y mayordomos, responsables de coordinar las labores agrícolas, supervisar al personal y llevar el control de la producción. El peón acasillado ocupaba una posición subordinada. El término hacía referencia al trabajador que residía en la hacienda y disponía de una vivienda proporcionada por el propietario. Esa condición vinculaba el alojamiento con la relación laboral y podía dificultar la independencia económica de la familia. (Referencia: Herbert J. Nickel)

 

Tres modelos de haciendas

En el paisaje económico mexicano de fines del siglo 19 y principios del 20 aparecen tres modelos de haciendas, que se diferencian por su producto principal, su grado de tecnificación y los mercados que atienden.

1. Haciendas henequeneras de Yucatán. Podrían describirse como agroempresas: procesaban la penca en fibra mediante desfibradoras mecánicas y la transportaban por ferrocarril hasta el puerto de Progreso. Su destino principal era Estados Unidos, donde la fibra abastecía a la industria del cordel para cosechadoras, un mercado dominado por muy pocos compradores (un oligopsonio). Al tratarse de un monoproducto con competencia del sisal africano y javanés, estas haciendas eran extremadamente sensibles a las fluctuaciones del precio internacional.

Haciendas ganaderas del norte, en particular las de Chihuahua. Eran mucho menos intensivas en mano de obra que las yucatecas: un número reducido de vaqueros atendía ganado en pastizales de miles de hectáreas, bajo un esquema de ganadería extensiva. Las propiedades de Luis Terrazas Fuentes, de las mayores del país, vendían sobre todo ganado en pie a Estados Unidos, y abastecían también el mercado de la Ciudad de México por ferrocarril. Su principal vulnerabilidad no estaba tanto en el precio sino en las decisiones del Gobierno estadunidense: las restricciones sanitarias y arancelarias podían cerrar de golpe su mercado de exportación.

Haciendas algodoneras de la región de La Laguna, repartida entre Coahuila y Durango. Su producción, destinada en buena parte a la industria textil nacional y también al mercado externo, estaba expuesta a las variaciones del precio internacional, pero contaba con más márgenes de amortiguación que las otras dos: podía alternar el algodón con otros cultivos, como el trigo o el guayule. Era un modelo intensivo en capital, sobre todo por el control del agua del Nazas (canales, tomas y obras de derivación), además de desmotadoras y maquinaria. Y era el que más mano de obra demandaba, aunque de forma estacional: durante la pizca, la región recibía grandes contingentes de jornaleros procedentes de otros estados.

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