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El altar de Cuauhtémoc

Por Guadalupe Loaeza

Hace 5 horas

Ayer, Día de Muertos, hubiera querido ponerle un altar de muertos dedicado totalmente a Cuauhtémoc Cárdenas. Sobre una mesa larga de madera rústica como las que había antes en las cocinas mexicanas, la imaginé cubierta con un mantel de manta color rosa mexicano y con mucho papel picado color naranja. En seguida la llené de flores de cempasúchil y decenas de velas muy finas y altas, sin olvidar las veladoras de todos tamaños. También habría calacas de diferentes tamaños, pequeños fruteros de barro negro con tejocotes, cañas y tunas. Las calaveritas de azúcar distribuidas por todas partes. El pan de muerto no podía faltar, así como una que otra botella de mezcal y hasta de pulque. En el centro de la mesa estaría una foto gigantesca de Cuauhtémoc, joven y sonriente, cuyo marco en marquetería estaría forrado con flores de cempasúchil. Es obvio que en su altar habría muchos retratos de sus familiares, colegas y afectos que ya partieron pero de alguna manera estuvieron cerca de él o le platicaron de su vida.

De la familia Cárdenas (rama paterna) estarían las fotos de don Dámaso Cárdenas Pinedo y de su abuela Felícitas del Río Amezcua, de Jiquilpan. En una foto de forma ovalada estaría el general Lázaro, mayor de ocho hermanos. También estarían las de las hermanas del general, Margarita, Angelina y Josefina, y sus hermanos Dámaso, las de los gemelos Alberto y Francisco, y el menor, José Raymundo. En esta galería de retratos no podían faltar la nana Pachita y la tía Ángela, hermana de Felícitas.

Ahora bien, por lo que concierne la familia Solórzano, es decir la rama materna, estaría en primer lugar la de doña Amalia nacida en Tacámbaro. Sabemos que ella era hija de Cándido Solórzano Morales, ranchero y comerciante, y de Albertina Bravo Sosa, ama de casa que criaba a sus ocho hijos y llevaba la contabilidad del marido. Desafortunadamente no encontré los nombres de sus hermanos. Los únicos datos que encontré fueron que doña Amalia tuvo a Palmira, que nació y murió en 1933, después vino Cuauhtémoc, en 1934 y finalmente su hija Alicia Cárdenas.

En suma, estarían las maravillosas fotos a todo color del general Lázaro Cárdenas, muerto en 1970. De su hermanita Palmira. De los abuelos paternos, Dámaso y Felícitas. También incluiría los abuelos Solórzano, aunque no encontré sus fechas de muerte. Más los parientes portugueses de Celeste.

Es evidente que en una parte del altar estaría reservada para sus compañeros políticos más entrañables como Porfirio Muñoz Ledo (1933-2023), su gran aliado en la Corriente Democrática de 1987 y que Cárdenas fue el primero en llegar a despedirlo en el Panteón Francés. También estaría la fotografía de Ifigenia Martínez (1930-2024), la tercera de esa tríada. Las primeras reuniones del PRD se hicieron en su casa, y murió días después de presidir la instalación de la Cámara de Diputados en 2024. Asimismo la fotografía de Heberto Castillo (1928-1997), quien fuera el candidato del PMS en 1988 y declinara en favor de Cárdenas, con lo que se completó el Frente Democrático Nacional. La amistad unió también a las familias: su hija Laura Itzel Castillo lo recordó en el homenaje de la semana pasada. También fotos de Francisco Xavier Ovando y Román Gil, asesinados días antes de la elección de 1988, eran los encargados de controlar los resultados de la campaña. Son, quizá, las fotos más dolorosas de ese altar. Adolfo Gilly que fue colaborador cercano, sobre todo en la campaña de 1988, editor-coordinador de Cartas a Cuauhtémoc Cárdenas y murió en 2023. También la de Rosario Ibarra de Piedra que no fue colaboradora suya, sino candidata rival en 1988 pero lo acompañó la noche de la “caída del sistema” frente a Gobernación. Y la de Samuel del Villar, su procurador en el DF.

Celeste Batel murió el 19 de octubre de 2021, en la Ciudad de México. Ese día el Pleno de la Cámara de Diputados guardó un minuto de silencio en su memoria. Sin duda fue el amor de la vida de Cuauhtémoc, yo incluiría en su altar los retratos de sus suegros, ambos guapísimos: don Francisco Batel y doña Severina Barbato.

Este sería el altar de muertos de Cuauhtémoc Cárdenas, “la única persona de la que podría decir que tiene un rango de dignidad extraordinario, un profundo sentido de lo que es la política, un gran respeto por el prójimo y que trató de ejercer una postura socialdemócrata autocrítica”.

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