Por: Horacio Marchand
La eficiencia está sobreestimada. Es como un dios falso al que se le rinde un sumiso tributo. La Revolución Industrial, apalancada por los principios de la administración científica (Fayol y Taylor), alimentó esta obsesión. Por supuesto que creo en la productividad, pero también creo que se puede ser sumamente eficiente e ir, derechito, rumbo al precipicio. Abundan las eficiencias ineficaces.
Durante décadas de consultor, me he sorprendido de la cantidad de empresas, de todos tamaños y giros, obsesionadas con apretar cada vez más, año con año, los gastos. También he visto compañías cuyos directivos saben que su modelo de negocio es vulnerable ante los cambios del entorno, pero que siguen ensimismados -en parte por el sistema de incentivos- en reducir gastos y costos, olvidando las implicaciones que esto tendrá en su relevancia frente al mercado en el mediano plazo.
Hay una paradoja tremenda, e inclusive trágica: estamos inmersos en un mundo de eficiencia y productividad bajo la creencia de que, entre más eficientes seamos, ganaremos más dinero y saldremos victoriosos.
Pero se puede ser eficiente rumbo a la irrelevancia, rumbo a la tumba, rumbo a hacerse cada vez más pequeño. Se puede ordeñar productivamente una vaca hasta que quede en huesos y en coma. La excepción quizá es si tu estrategia es ser líder en precios; en ese caso, estarás obligado a operar barato.
El caso más dramático que todo el mundo conoce: ¿de qué le sirvió a Blockbuster la eficiencia si iba caminando directo a su sentencia de muerte? Piensa en una empresa que vaya de bajada, disminuida cada vez más: ¿bajar gastos la salvará? (Otras emproblemadas: Del Monte, Hooters, Rite Aid, Forever 21, Magnicharters, AHMSA).
La eficiencia es la capacidad de lograr un resultado o meta utilizando la menor cantidad posible de recursos: tiempo, dinero, esfuerzo o materiales. La eficacia es llegar al objetivo; pero mi agregado a la definición sería: llegar al objetivo correcto.
Considero que no hay nada más ineficiente que el no tener una estrategia articulada y clara que defina el rumbo, el ángulo competitivo, el modelo de negocio, la diferenciación y el mercado meta.
¿Por qué es ineficiente? Porque la estrategia establece prioridades, jerarquías y secuencias; y a partir de ahí define la asignación de recursos, así como los procesos, las actividades cotidianas y hasta la estructura organizacional.
Lamentablemente, en la práctica, la elaboración anual del presupuesto se convierte con frecuencia en algo parecido al castigo de Sísifo (mitología griega): empujar una enorme piedra hasta la cima de una colina, sólo para que termine rodando hacia abajo para volver a empezar. Miles de empresas viven atrapadas en la misma condena: hacer lo mismo del año pasado, pero apretando un porcentaje más en gastos y exigiendo un porcentaje más en ventas, subordinando cualquier posibilidad de innovación o cuestionamiento estratégico de rumbo.
A la hora de la asignación de recursos y la definición de prioridades, hay por lo menos dos marcos mentales:
1.- Defensivo: alcanzar a la competencia, dar mantenimiento, hacer actualizaciones y reparaciones y cuidar la posición actual. Es decir, evitar que “la competencia nos pegue, nos desplace o nos meta goles”. Se hace lo mínimo indispensable para no quedarse atrás y el enfoque está puesto en el denominador (costos y gastos).
2.- Ofensivo: hacer irrelevante a la competencia, sacarle ventaja, arrebatarle participación de mercado, abrir mercados nuevos, ser líderes en algo, meter goles o de plano inventar un nuevo juego y construir un monopolio de valor. Se hace lo necesario para construir el liderazgo y el enfoque está puesto en el numerador (ventas).
La prueba de ácido: ¿Qué de lo que se está haciendo hoy, ahorita, aquí y allá, en tu empresa le está abonando a la estrategia? ¿Cuántos de los proyectos alimentan y están alineados con la estrategia? ¿Qué porcentaje del presupuesto está construyendo la estrategia?
Siempre será mejor ser torpe en el rumbo correcto, que eficiente en el camino equivocado.
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