El 28 de octubre llegué a la estación de Atocha para tomar el tren de las 11 que iba de Madrid a Sevilla. Coche 2, plaza 7B. Desde los atentados de 2004, el andén sólo se anuncia minutos antes de la partida. Veía la pantalla con los itinerarios, cuando el mío se canceló.
En el recuerdo, las primeras señales siempre son menores. Se informó que la ruta a Andalucía cerraría al menos por dos días a causa de un accidente. Nadie estaba muy al tanto de lo ocurrido. En el mostrador de reclamaciones había dos computadoras; sólo funcionaba una y la mujer que tenía acceso al sistema pedía que fuéramos a otras oficinas. Durante poco más de una hora, el clima de irritación fue en aumento hasta que supimos lo ocurrido.
El tren anterior al nuestro había chocado con otro que se encontraba detenido, cerca de Toledo. De la molestia pasamos a una sensación de vacío. Más de 70 muertos, numerosos desaparecidos. Los primeros vagones (entre ellos el 2, que me estaba asignado en el siguiente viaje) se habían pulverizado. La ruta estaría inservible hasta el año que entra.
Me puse en contacto con quienes se dirigían al mismo congreso que yo. La única opción era tomar un autobús. Conseguí un lugar para las 5 de la tarde. Durante seis horas y media viajé a Sevilla en un estremecedor silencio. Nadie hablaba, todos pensábamos en el accidente y en la casualidad de no haber tomado ese tren.
Repasé un detalle: convenía salir a las 8 de la mañana, pero me venció la pereza y preferí hacerlo a las 11. No fue una virtud sino una debilidad lo que me ayudó.
Curiosamente, mi lectura de abordo era El secreto de los sobrevivientes. ¿Por qué algunos escapan de la muerte?, reportaje de Javier Sinay sobre el accidente aéreo que en 2016 acabó con el equipo de futbol Chapecoense cuando se dirigía a la final de la Copa Sudamericana. En la tragedia murieron 71 personas y sobrevivieron seis. Sinay investiga un enigma irresoluble: ¿por qué unos se salvan y otros no?, ¿hay deliberación en el azar? A medida que su reportaje avanza, aparecen posibles responsables del desastre. La supervivencia no se puede explicar; en cambio, sí se puede señalar a quienes actuaron con negligencia. Ante la arbitraria tragedia del equipo brasileño, el lector emprende una cacería de culpabilidades.
El choque de trenes provocó idéntica reacción. Sobrevivir era irreal, pero encontrar fallas era tristemente real. Un error informático obligó a un controlador a tomar decisiones sin que nadie lo supervisara. La cadena de mando se redujo a la veloz consulta de un manual. Los maquinistas obedecieron una orden que los llevó a la muerte a 200 kilómetros por hora.
El libro de Sinay plantea no sólo el misterio de la supervivencia, sino las variadas reacciones que comporta. Una de las más comunes es la culpa, sobre todo cuando entre las víctimas hay gente cercana. No haber compartido su suerte parece un agravio. Otra reacción consiste en someterse a un examen de conciencia: ¿vale la pena llevar la vida de siempre después de eso o se trata de una señal y algo superior nos llama? En 2025, 241 personas murieron en un accidente de Air India y sólo sobrevivió una. La estadística es tan abrumadora que convierte a esa persona en un elegido. ¿Puede abstenerse de abrazar o fundar una religión?
Poco antes del viaje, mi hermana Renata me habló de un amigo suyo que descubrió otro horizonte vital con los hongos alucinógenos. Hablamos de las experiencias de expansión de la conciencia y le comenté que lo más difícil era traer algo de esa luz a la vida de siempre, atesorar la otredad sin creerte otro. Sobrevivir plantea el mismo predicamento. ¿Qué lección oculta imparte lo imprevisto?
Toda tragedia provoca un profundo desasosiego. Quien aguardaba el siguiente tren siente algo más. Podías ser uno de ellos y no lo fuiste. Estamos ante un hecho excepcional que cada quien aquilata a su manera.
¿Qué podemos aprender de lo inaudito? A mi modo de ver, la suerte no te distingue, te reintegra a lo que eres.
La idea de ser una víctima omitida puede provocar que alguien cambie o se sienta señalado. Más arriesgado es asumir que en el desorden del mundo sigues siendo tú, nada más que eso, la persona que debía ocupar el asiento 7B. No estamos ante una lección de singularidad, sino de aceptación. “Con poco me contento, aunque deseo mucho”, dijo Cervantes.
Un lema para sobrevivir.
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