Llegué a Saltillo en 1969, cuando era una ciudad de 150 mil habitantes, pacífica, conservadora, laboriosa y culta, considerada “la Atenas de México” y donde “quien no es pariente, vive enfrente”. Saltillo era —y sigue siendo— una ciudad de estudiantes y obreros, por sus innumerables instituciones educativas y por su vocación industrial. Vecina del principal polo de desarrollo del norte de México: Monterrey, Nuevo León y con un futuro promisorio, debido a que el exgobernador Óscar Flores Tapia (1975-1981) se adelantó al T-MEC, atrayendo a la empresa General Motor, punta de lanza de la industria automotriz.
Desde entonces Saltillo experimentó un rápido crecimiento, actualmente su zona metropolitana supera el millón de habitantes y sus problemas crecieron, el principal de ellos es el agua, pues nuestra ciudad se provee de ese vital líquido de los mantos acuíferos del subsuelo, alimentados por los escurrimientos de la Sierra de Zapalinamé.
Este problema ha crecido en la medida en que ha aumentado la población con la instalación de nuevas empresas, que los gobernantes han estimulado para que se ubiquen en los municipios conurbados de Saltillo y Ramos Arizpe. Esta labor gubernamental se intensificó, luego que el exgobernador Humberto Moreira dejará una deuda impagable de 36 mil millones de pesos, y la que —según dicen— el pago de intereses le impide a los mandatarios hacer otras obras necesarias. Esto se agravó con los recortes al presupuesto coahuilense que han hecho los gobiernos de AMLO y de Claudia Sheinbaum.
Por tal motivo, a medida que hay nuevas empresas, crece la necesidad de más agua, pues aumenta la población que requiere empleo, y aunque poco se habla del tema, se sabe que no tenemos agua suficiente para mantener el crecimiento poblacional, pues hasta ahora se ha resuelto el problema perforando más pozos, algo así como ponerle más popotes a un vaso de agua.
Recientemente el gerente general de Agsal, Iván José Vicente García, informó sobre el abatimiento de los mantos acuíferos, y señaló que traer el agua desde la desembocadura del río Pánuco, cerca de Tampico, requería de una inversión de entre 20 y 30 mil millones de pesos. Asimismo, para satisfacer la demanda de agua, hace días el alcalde saltillense, Javier Díaz, daba cuenta sobre la perforación de dos nuevos pozos que proporcionarán 300 litros más por segundo a la red de distribución. También señaló que el proyecto de traer agua del río Pánuco era financieramente imposible, pues se requiere de una inversión de 100 mil millones de pesos, esto lo dijo luego de reunirse con el director de Conagua, Efraín Morales.
Por eso, hay voces que demandan atención al problema del agua, y piden que los gobernantes hagan un alto en su camino y comiencen a estudiar la solución, basada en la viabilidad de Saltillo y Ramos Arizpe, pues ahora con la migración masiva que propició el gobierno de AMLO y la inseguridad que alentó, Saltillo es visto como un lugar prometedor para la migración e inmigración que busca empleos y un lugar seguro para vivir.
Aunque es cierto que la seguridad pública es un atractivo para empresas y trabajadores, también es verdad que las inversiones y la atracción de migrantes, acarrean otros problemas que tienen que ver con la movilidad, la falta de viviendas y la necesidad de obras de infraestructura, las cuales deben ser atendidas, pero para muchos saltillenses el agua es vital para que Saltillo tenga viabilidad a corto, mediano y largo plazo. Ojalá y esto se comprenda antes que sea demasiado tarde.
Preguntas huérfanas
¿Sabía usted que mientras el papa León XIV defiende a Irán del belicoso Trump, la arquidiócesis de Nueva York ofrece pagar 800 millones de dólares a las víctimas de abusos sexuales por sacerdotes?
¿Qué tan cierto es que Miguel Díaz-Canel es Presidente de Cuba porque es el “sobrino” de Raúl Castro?
¿Será verdad que en Morena no hay cabida para los corruptos, según dijo Ariadna Montiel?
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