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El clavo en la pared: comercio, guerra y el futuro amenazado

Por JC Mena Suárez

Hace 2 meses

La historia de la humanidad, en su narrativa más cruda, ha sido un constante estira y afloja entre la ambición comercial y la supervivencia. Como lo enseña la historia en el Ateneo, los grandes conflictos bélicos rara vez nacen de la moral o la ideología pura; sus raíces son, fundamentalmente, intereses comerciales.

La guerra moderna es la extensión violenta de una agenda económica, donde se lucha por rutas marítimas, control de recursos y supremacía de mercados. La visión de la “familia con la cartera vacía” es la metáfora perfecta del costo humano que paga el ciudadano común por los pactos y desencuentros de las grandes potencias empresariales.

Hoy, la tecnología ha abierto un nuevo frente de batalla, no con tanques, sino con algoritmos: la Inteligencia Artificial (IA). Esta nueva fuerza no busca territorio, sino el dominio de la creación y la economía laboral.

La tecnología siempre ha sido una herramienta para la modificación de la realidad. Hoy, la IA nos permite alterar no sólo una fotografía, sino el lienzo completo de la percepción, modificando “imágenes y escenas (caravanas, familias, colores)” a voluntad. Podemos crear una publicidad perfecta para una tarjeta de crédito al límite, generando una ilusión de prosperidad que enmascara la deuda.

Sin embargo, esta capacidad ilimitada choca con la visión humanista del arte. El cineasta Guillermo del Toro, al rechazar la IA, defiende la esencia de la creación, que reside en el esfuerzo, el error y la sensibilidad humana. La IA, por su naturaleza, amenaza con descafeinar la creación artística y vaciarla de alma, convirtiendo el proceso creativo en una simple ecuación de datos. La creación, para el arte verdadero, no es eficiencia, sino expresión.

El paralelismo entre los intereses comerciales que impulsan la guerra y los que hoy impulsan la automatización es ineludible. El caso de HP, que planea sustituir a 6 mil empleados con Inteligencia Artificial en áreas clave como nuevos productos, comercialización y atención al cliente, es un símbolo de la transformación económica que nos espera.

Si la guerra era la extensión de la política económica, la automatización es la extensión de la maximización de beneficios. Al igual que el comercio bélico buscaba la victoria a cualquier costo humano, las grandes corporaciones buscan hoy la eficiencia y la reducción de costos laborales a cualquier costo social.

¿Qué futuro nos espera? Uno donde la mano de obra humana sea progresivamente desplazada, no sólo en trabajos manuales, sino en aquellos que requieren conocimiento y servicio al cliente. Esto plantea preguntas urgentes: 1.-¿Quién asume el costo social del desempleo masivo generado por la eficiencia algorítmica?. 2.- ¿Es el valor de la vida humana y su sustento inferior de la rentabilidad corporativa?. 3.- ¿Cómo redefiniremos el concepto de trabajo y dignidad en una economía de escasez laboral?

La concentración de riqueza y poder que la IA genera en unas pocas manos reproduce el mismo patrón que da origen a los conflictos comerciales, pero con el peligro añadido de que la herramienta de control (la IA) es ahora más sofisticada e invisible.

En medio de este torbellino de algoritmos y desplazamientos laborales, es crucial no perder de vista los detalles. La enseñanza de la maestra de fotografía es la metáfora central: “hasta un clavo en el fondo de una imagen debe tener calidad”.

Este “clavo” simboliza los elementos que no deben perderse en medio de los grandes cambios tecnológicos y sociales:

La calidad humana: La ética, la empatía y la capacidad de juicio que ninguna IA puede replicar.

El detalle del empleo: La necesidad de asegurar que cada puesto de trabajo perdido sea compensado con la creación de nuevos roles que permitan prosperar al ser humano.

La identidad cultural: La conservación del patrimonio y la esencia del arte, el “alma” que Del Toro defiende, que da sentido a la sociedad.

El progreso tecnológico no debe ser un cheque en blanco. Necesitamos un equilibrio entre el ímpetu de la automatización y la necesidad ineludible de garantizar el empleo humano, la identidad cultural y la sensibilidad artística. Si dejamos que la IA se convierta en una mera extensión de los intereses comerciales bélicos (la búsqueda de la eficiencia a expensas de la vida), el resultado no será un futuro mejor, sino una sociedad deshumanizada y sin los “clavos” de calidad que sostienen el cuadro completo de nuestra civilización.

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