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Coahuila

‘El corazón en paz ve una fiesta en todas las aldeas’

Por María José César

Hace 2 años

La vida nos va presentando cosas que nos sacuden. Que nos rompen. Que nos cambian la mirada. Que nos van llenando de rencores y resentimiento.

Que nos descubren emociones y sensaciones complejas que nos hacen alejarnos y nos impiden darnos.

En una ocasión leí que es más fácil romper un corazón que amarlo. Y es que lastimamos fácil y somos lastimados de la misma manera. Somos humanos, y en esa humanidad, podemos romper el corazón del otro con una palabra, un gesto, una mirada, una actitud, una acción concreta…

Pero, ¿qué tantas heridas hemos ido acumulando a lo largo de los años que nos van corroyendo y endureciendo el corazón?

¿Cuántas veces hemos dejado de dar menos por esa persona que nos lastimó?

¿Cuántas veces hemos recibido esa daga de la traición y la hemos acomodado en el corazón sin saber cómo sanarla?

¿Cuántas veces no le hemos dado salida a esas emociones complicadas, tristezas, expectativas no resueltas?

Todo esto puede hacer que nuestro corazón se vaya endureciendo.

Un corazón que se cierra o se limita, se va endureciendo.

Esta semana Santa y de Pascua, quisiera que fuéramos al fondo de ese corazón.

Qué difícil es mirar las propias heridas.

Qué difícil es reconocer que en ocasiones nos volvemos duros.

Qué difícil es aceptar que el corazón se nos ha endurecido.

Qué difícil es aceptar que un corazón de carne se nos ha ido endureciendo con esos rencores, resentimientos, traiciones o sufrimientos.

No quisiera que atravesemos estas semanas de gracia sin anteponer todo eso al lado de su Cruz. Quién más que Jesús que ha padecido tanto, que ha vivido los mayores dolores, las mayores heridas… pero que nos sigue enseñando que hay que saber vaciar el corazón de todo eso, para llenarlo de su amor y de perdón.

Estos días junto a la cruz, vacía todo eso que te ha dolido, marcado, herido.

Escríbelo en una carta, busca un momento de oración, déjale a Dios todo eso que has venido cargando como una pesada cruz, pero que te ha endurecido.

Un corazón endurecido sufre mucho, y endurece la mirada y la perspectiva.

¿Cuáles son las actitudes que endurecen el corazón?

El orgullo. Y el que seamos orgullosos nos impide agradecer y ser agradecidos.

La soberbia del “yo tengo la razón” y el sentarnos en nuestra postura de querer que las personas, las cosas y las situaciones sean como nosotros queremos.

El criticar y juzgar la vida de otros. Teniendo la mirada puesta en todo lo que hacen mal los demás, y no viendo el mal propio.

El no ser agradecido y no reconocer las bendiciones que sí se tienen.

Centrarse y enfocarse en lo que no se tiene.

Ser negativos, pesimistas, rebuscados.

Dejar que el rencor y el enojo se instale dentro de nosotros.

No perdonar.

No tener compasión y empatía por el dolor o lo que viven los demás.

No soltar y aferrarnos al pasado.

 

Recuerda que tú tienes el poder de elegir sanar, perdonar, liberar, soltar.

Tú tienes la libertad de elegir agradecer y mirar lo que esa experiencia viene a traerte o enseñarte a mirar. No te distraigas, la mirada está en sanar ese corazón y buscar tener un corazón abierto, libre de ataduras, limpio… no endurecido.

Abre tu corazón y no tengas miedo de que te lo rompan. Los corazones rotos se curan. Los corazones protegidos acaban convertidos en piedra.

Recuerda que mirarás la vida de acuerdo a la condición de tu corazón.

Si tu corazón se ha vuelto una piedra, comienza por reconocer que tú eres el único responsable de tu felicidad y de sanar tus heridas. No podemos exigir a los demás que nos sanen, que nos hagan felices, que “nos resuelvan”.

Sanar el corazón comienza cuando miras con gratitud y encuentras esa belleza desde lo más pequeño. Busca esa mirada agradecida, date permiso de perdonar, de soltar eso que has ido cargando. Decide y elige quedarte con los aprendizajes.

Deja que Dios cambie tu corazón, lo transforme, lo renueve, lo llene de su amor.

Pídele y dile: “Cambia mi corazón de piedra, por un corazón de carne”.

Que nuestra mirada sea guiada a construir un corazón lleno para dar, no duro para dar, un corazón en paz, no un corazón de piedra. Aprendamos a vivir como ese proverbio hindú: “El corazón en paz ve una fiesta en todas las aldeas”.

 

 

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