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Coahuila

El derecho a elegir(nos)

Por Irene Spigno

Hace 5 meses

Existe una conexión profunda y vital entre nuestro bienestar físico y emocional, una idea que la famosa locución latina resume a la perfección: “Mens sana in corpore sano” (mente sana en cuerpo sano).

A menudo, las personas adultas olvidamos esta verdad fundamental. Absortas en nuestras responsabilidades diarias —sean profesionales, familiares o sociales—, descuidamos el cuerpo. Pensamos que una alimentación saludable es aburrida o que no tenemos tiempo para la actividad física. Vemos el deporte como un privilegio y un lujo inalcanzables.

Afortunadamente, las escuelas en la mayoría de los países, especialmente en los niveles obligatorios, buscan fomentar el desarrollo físico de los jóvenes. En Italia, donde crecí y estudié, teníamos al menos dos horas semanales de educación física. Allí explorábamos diversos deportes: desde futbol y voleibol hasta baloncesto, softbol y atletismo. No nos preparaban para ser atletas profesionales, simplemente eran dos horas para cuidar nuestro cuerpo. Sin embargo, como en toda actividad deportiva, siempre hay un componente de competencia —ya sea contra otros o contra uno mismo— y valiosas lecciones que se aplican a la vida.

Una de las más importantes es aprender a elegir. Pensemos en el momento de formar equipos. El profesor designaba a dos capitanes con la difícil tarea de seleccionar a sus compañeros. Los primeros elegidos eran, por supuesto, los más hábiles y fuertes. Al final, quedaban aquellos que nadie quería, pero que, por un espíritu de inclusión, debían participar.

Este ejemplo nos sirve para reflexionar sobre el derecho a elegir. En este contexto deportivo y lúdico, que pronto se vuelve competitivo, si fuéramos uno de esos capitanes, defenderíamos nuestro derecho a elegir a las personas que consideramos mejores para alcanzar nuestro objetivo: ganar o simplemente divertirnos.

Ahora, pongámonos por un momento en los zapatos de quienes no son elegidos al principio, aquellos que son incluidos en los equipos no por deseo del capitán, sino por obligación. Es muy probable que estas personas deseen participar con entusiasmo, a pesar de no ser las “mejores”. Seguramente experimentarán frustración, enojo o tristeza al no sentirse lo suficientemente buenos para ser seleccionados.

Estoy segura de que todos hemos estado en ambas posiciones, y ninguna es cómoda o sencilla. Por un lado, está el derecho del capitán a elegir a quienes considera los mejores elementos para su equipo y buscar el mejor resultado posible. Por otro lado, está el deseo de las personas de ser elegidas y participar.

Sin embargo, querer o deber participar no es suficiente para configurar el derecho a ser elegido. Para ser parte de un equipo, es necesario mostrar compromiso y disciplina, aplicarse y buscar los mejores resultados.

Lo que sucede en una cancha es un reflejo de lo que ocurre en la vida. Todos tenemos el derecho a elegir a aquellas personas que nos impulsan a brillar y que nos permiten sacar nuestra mejor versión, es decir, obtener los mejores resultados en el “partido” más importante: nuestra vida. No obstante, no podemos esperar ser elegidos si no hacemos lo que nos corresponde para convertirnos en la mejor opción, no solo para los demás, sino principalmente para nosotros mismos.

Sin embargo, en la vida habrá ocasiones en las cuales, aun cuando seamos la mejor opción para la felicidad de alguien, no seremos elegidos por una infinidad de razones. En estos casos, tenemos el derecho fundamental de elegirnos a nosotros mismos. Esto implica elegir a quienes nos eligen y tener la valiente libertad de apartarnos de aquellas personas y circunstancias que no nos escogieron. Porque “Mens sana in corpore sano” significa también eso: el derecho de no ser la segunda opción de nadie.

 

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