Querida amiga, querido amigo:
Me imagino que tú también, quizás como la gran mayoría de las personas en estos momentos tan frenéticos que estamos viviendo como sociedad, no tengas mucho tiempo para detenerte a observar. ¿Observar qué?, te estarás preguntando. Puede ser tu alrededor, el camino que recorres todos los días para ir a tu lugar de trabajo, las personas con las que compartes tu cotidianidad o, más en general, tu vida.
Sí, seguramente quienes contamos con el don de la vista, vemos la realidad a nuestro alrededor: percibimos la luz y las formas. Quizás en muchas ocasiones, no solamente vemos, sino que además miramos y dirigimos nuestra atención hacia algo de nuestro interés con una cierta intención. Pero ¿cuántas veces examinamos de manera detenida la realidad y las personas que nos rodean, analizando sus detalles y el contexto?
En la ciencia, observar constituye un proceso fundamental para medir y describir de manera objetiva, y según un método especializado, una determinada realidad con el fin de identificar y atender una problemática específica.
Y en la vida cotidiana también resulta fundamental observar para poder estar presentes, comprender qué nos está sucediendo y tomar mejores decisiones. Pero observar también es clave para construir mejores relaciones. Porque las personas se muestran no solamente a través de lo que dicen, sino también a través de lo que hacen de manera repetida, y observar nos permite leer esas pequeñas conductas cotidianas.
En las relaciones humanas observar no significa vigilar ni buscar defectos en las demás personas o tratar de interpretar de manera obsesiva cualquier acción u omisión. Observar es prestar atención a los patrones de conducta: es decir, a aquellas acciones pequeñas que se repiten y que terminan hablando por sí solas. Son precisamente estas acciones las que nos permiten definir qué lugar queremos asignar a una relación –sea de amistad, romántica o de cualquiera otra naturaleza– en nuestra vida.
Entonces, ¿qué vale la pena observar? Quizás valga la pena observar quién te escribe de vez en cuando únicamente para saber cómo estás, sin necesitar nada a cambio. O quién te busca solamente cuando existe algún interés de por medio.
También vale la pena observar quién recuerda algo importante para ti: una entrevista de trabajo, una conferencia que ibas a impartir, una cita médica, un día difícil o una fecha especial.
Tal vez también sería bueno observar si las personas se interesan de manera genuina por tu bienestar: si te preguntan si ya llegaste a casa, si descansaste o si estás comiendo bien.
Observa si las personas encuentran tiempo para compartirlo contigo o si simplemente dejan al azar la posibilidad de verte, sin intención alguna y sin hacer siquiera un pequeño ajuste de su agenda para poder coincidir contigo.
Observa si las personas cumplen con sus palabras incluso cuando se trata de promesas pequeñas: si cumplen con un “luego te llamo”, un “nos vemos” o un “cuéntame cómo te fue”.
Pero creo que la observación más importante que tenemos que hacer es hacia nosotras y nosotros mismos y hacia cómo nos sentimos frente a todas estas posibles situaciones: observa si una relación te da paz o ansiedad; si después de hablar o estar con alguien te sientes más ligero o sin energías; observa si existe reciprocidad o si eres tú quien está sosteniendo por completo ese vínculo.
Las personas tenemos el derecho de comportarnos como mejor consideremos: estar presentes o ausentes, dar poco o mucho, quedarnos o irnos. Pero también tenemos el derecho –y quizás la responsabilidad– de observar el impacto que estas conductas tienen en nuestro ser y decidir qué lugar queremos darles en nuestras vidas.
Observar no se trata de cambiar a las personas. Se trata, más bien, de elegir a partir de aquello que nos muestran: quién permanece, quién cumple, quién cuida y quién hace espacio. Las respuestas que tanto buscamos suelen estar escondidas en las cosas pequeñas: solamente necesitamos detenernos un instante para observar.
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