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Coahuila

El discurso de Madero en Piedras Negras y los acontecimientos alrededor del evento

Por Rodolfo Villarreal Ríos

Hace 3 años

Estamos ciertos del riesgo que corremos por cometer la “osadía” de incursionar en el tema del cual hoy nos ocuparemos. Los guardianes celosos de la exclusividad están prestos, siempre, para ir a traer  y apilar  la leña verde, al tiempo que  clamarán  estamos invadiendo sus territorios sacrosantos en los cuales mientras ellos los resguarden harán que prevalezca el veto perene que nos han impuesto por esos rumbos. Si bien este  escribidor-historiador no clama ser especialista en la materia, aun cuando conoce de varios asuntos que por allá han ocurrido, de cuando en cuando le da por incursionar en la revisión de los eventos que a lo largo del tiempo se han suscitado en el pueblo. Sí, ya sabemos que no faltara a quienes les  incomode  que nos refiramos de esta manera a nuestro lugar natal, pero ni modo que vayamos a presumir que el sitio al que, en 1886, llegaron nuestros tatarabuelos paternos, en el que  nacimos, crecimos  y nos desarrollamos era una metrópoli.  Pero dejémonos de precisiones y vayamos al tópico.

Hace un par de días, se conmemoró el aniversario número ciento setenta y tres de la fundación de Piedras Negras, Coahuila. Como es costumbre ante ese tipo de remembranzas, se evocaron momentos importantes en la vida del pueblo, quienes lo hicieron actuaron acorde con sus circunstancias y tendencias. Sin embargo, hubo algo que notamos ausente, el recordatorio de que  un sábado tres de junio de hace 112 años, el entonces gobernador de Coahuila, miembro futuro del club exclusivo de tres estadistas mexicanos, Venustiano Carranza Garza, daba la bienvenida a ese sitio a Francisco Ygnacio Madero González.  Apenas ciento noventa y cinco días antes, el 20 de noviembre de 1910, el que entonces llegaba tuvo que permanecer en El Indio, un sitio cercano a Eagle Pass, Texas, porque su tío Catarino Benavides no alcanzó a juntar un número suficiente de hombres y rifles para tomar la entonces llamada Ciudad Porfirio Díaz que prevalecería con ese nombre hasta el 14 de diciembre de 1911 cuando Carranza decretó volviera a su nombre original de Piedras Negras.  Establecido el marco de referencia abordemos la información que, en torno al evento, fue reportada por los diarios capitalinos El País, The Mexican Herald y El Imparcial. 

De las tres publicaciones, la primera decidió que, para dar una visión pormenorizada de los acontecimientos, era conveniente enviar un corresponsal quien viajara en el mismo tren que el revolucionario. Acorde con  el reportero, alrededor de las ocho de la mañana del 3 de junio, el ferrocarril proveniente de El Paso, Texas llegó a Eagle Pass. Posteriormente, la comitiva tomó rumbo hacia el  Puente Internacional “Carlos Pacheco,” en donde a la mitad de este lo esperaba el gobernador Carranza Garza a quien acompañaban las autoridades municipales y los funcionarios estatales. Acorde con la crónica, “el pueblo que en compacta muchedumbre  pugnaba por pasar entre las vallas de soldados insurgentes que impedían se invadiera el camino formado para el paso del ‘leader’ y jefe de la revolución, vitoreaba a Madero y quería abrazarlo. Los gritos de ¡Viva el Apóstol de la Democracia! ¡Viva el libertador del yugo de la tiranía! ¡Viva el excelso caudillo de la Revolución! se sucedieron a cada paso y el Sr. Madero, muy conmovido, apenas podía andar entre aquel maremágnum de hombres, mujeres y niños de todas las clases sociales.” En medio de aquel desbordamiento de festividad, “Madero arengó al pueblo siendo ovacionado.” Acorde con El Imparcial, todo aquello se efectuó “bajo un arco adornado con los colores de la bandera de Mexico.” 

En ese lugar en donde se marcaba  la vecindad, según se apuntaba en las páginas de El País, el profesor Cástulo Ortiz, al frente de un grupo de distinguidas señoritas que llevaban distintivos blancos con lazos tricolores, dio la bienvenida al señor Madero, en nombre de la sociedad de Piedras Negras.” Asimismo, se hacía mención de que “la comisión organizadora llevaba distintivos rojos.” Pero aquello no era cosa de quedarse a la mitad del puente, la comitiva con Madero y Carranza a la cabeza emprendió el viaje hacia el Palacio Municipal el cual “se hallaba adornado con banderolas, guirnaldas, panneaux [paneles] de flores.” El traslado del puente al Palacio Municipal fue realizado bajo los acordes ejecutados por la Banda Municipal. La crónica de El País indicaba que además de las personalidades referidas, Madero fue acompañado por más de dos mil personas pertenecientes a sociedades mutualistas diversas que asistieron con sus estandartes, estas eran: “Sor Juana Inés de la Cruz, Benito Juárez, Obreros mexicanos, Unión de Aprendices, Unión de Hermanos Caldereros, Unión de Forjadores, Unión Mexicana de Pintores, Club Internacional, Casino Nacional, Instructiva de Debates Manuel Acuña, Club Mezquite-Eagle Pass, Hacheros del Ébano y el Maguey, Tesoro de El Hogar, así como Unión y Armonía. A todos ellos, se agregaron “obreros de las fabricas de puertas y ventanas, así como los miembros de la Cámara de Comercio, el Club Recreativo Centenario, el Instituto del Pueblo y otras varias agrupaciones. 

Enmedio de aquella expresión multitudinaria de simpatía arribaron al Palacio Municipal en donde, como se acostumbra en estos casos, prestos estaban los oradores para engolar la voz y lanzar loas al recién llegado. En ese contexto, se escucharon las palabras de un par de ciudadanos, Martín González y Pablo Velazco. Cuando todo era alegría, El Imparcial mencionaba que, desde uno de los balcones, un joven de nombre Manuel López dio inicio a  un  discurso vehemente  mediante el cual presentaba a Madero, hasta ahí todo iba bien. De pronto, sin embargo, el orador “aprovechó la ocasión que se le presentaba y que él creyó apropiada para denunciar a Benito Juárez como a un facineroso que  había separado la Iglesia y el; Estado.” En la versión de” The Associated Press,” publicada por “The Mexican Herald,”  se indica que López calificó a Juárez de ser “un ratero africano,” tal vez le pareció que la oscuridad en la piel del zapoteca le alcanzaba para atribuirle rasgos negroides.  ¿Pero que podía esperarse de un tipo con el nombre de Manuel López? Al parecer, desde entonces, ese apelativo estaba destinado a ser generador de  diatribas. Al momento en que Madero se dirigía a reclamarle al sujeto la sarta de estupideces que había dicho, tres personas fueron más veloces y tomaron en posición de “aguilita” al fulano y se lo llevaron a la cárcel en donde quedó en calidad de arrestado, sitio muy adecuado en donde siempre habrá un espacio reservado para los lenguaraces. Una vez superado el incidente, Madero procedió a pronunciar su discurso, mismo que nos permitiremos reproducir.

Aun cuando Madero no andaba dándose ínfulas de incluyente, simplemente actuaba acorde con su nivel de educación e instrucción, por lo que su discurso lo inició con estas palabras: “Señoras, Conciudadanos.”  Tras de ello, mencionó: “Al llegar al punto de la línea divisoria, por donde he tenido la satisfacción de penetrar a Piedras Negras no puedo menos que recordar cuando este pueblo se llamaba Porfirio Díaz, no se podía penetrar a él con la misma libertad, ni con la misma facilidad. Si ahora todos mis conciudadanos únicamente por el mérito de haber tenido fe en el pueblo me reciben con los brazos abiertos, en otros tiempos únicamente por defender los derechos del mismo pueblo al que tanto amo, se me recibió con las bayonetas de la dictadura. No puedo pasar por aquí sin recordar episodios de la lucha que acaba de pasar. Bien sabéis que yo quise penetrar por Coahuila; pero las circunstancias determinaron lo contrario. Fue en otra parte donde hube de ir a emprender la lucha por defender los derechos del pueblo; pero no es a mí a quien se debe el triunfo, ni la gloria, es al pueblo mexicano.” 

Estaba mas que consciente de que por si solo nada hubiera logrado y enfatizó que “el único mérito mío señores, ha sido tener fe en el pueblo, porque yo se que los ejemplos que nos han legado nuestros héroes no han sido estériles; yo se que la sangre que han derramado no ha sido en vano. Yo sé que estos heroicos ejemplos sabrán inspirar siempre a los mexicanos para salvar a la patria de las situaciones más difíciles en que pueda encontrarse.” Acto seguido para aquellos quienes en estos días creen que eso de tomar en cuenta al sexo femenino es algo reciente, Madero mostró que, entre los revolucionarios, años después Carranza también lo demostraría, la participación de las mujeres en la vida pública era tomado como algo importante. En el párrafo siguiente de su discurso, el nativo de Parras de la Fuente mencionó: “Ahora únicamente me resta tributaros las gracias por el recibimiento que me habéis hecho, tanto a las señoritas que han tenido la amabilidad de escoltar el automóvil, dando pruebas de gran abnegación, cuyo acto ha venido a demostrar que ya se puede entrar a México sin temor de ninguna naturaleza, porque ya no hay a quien temerle. Antes a quien se temía era a los esbirros del dictador; pero desde el momento que hemos logrado derrocarlo, no debemos de temer nada. Se puede penetrar y transitar libremente por toda la república; la prueba es que el mismo dictador pudo salir de la republica sin que nada le pasara, y si salió de la capital de la republica de modo vergonzoso y ocultándose, es porque la consciencia le remordía, porqué no conoce a ese pueblo a quien pretendió gobernar por tanto tiempo y no porque debía temer nada de él. Porque el pueblo mexicano, señores, es noble y hasta ahora no se ha dado un solo caso en que él asesine a ninguno de sus gobernantes.” Vaya a saber usted, lector amable, que pasaba por la mente de don Francisco o si bien alguna premonición se le presentó en sus sesiones espiritistas, pero si bien tenía razón de que el pueblo en su mayoría  no estaba conformado por asesinos, nunca habría de faltar un felón con profundas raíces católicas quien se asociara con la curia para cometer un asesinato como el que se suscitaría en el futuro.  Pero eso era el porvenir, aquel presente había que enfrentarlo con objetividad.

Bajo la perspectiva pragmática de como los hombres del norte percibían la relación con los Estados Unidos, Madero enfatizaba que “antes de penetrar a territorio mexicano, quiero despedirme de la nación americana que una vez más nos ha dado pruebas de su sincera amistad. El pueblo americano en los momentos de prueba ha estado con nosotros, ha estado con el pueblo mexicano, no con sus tiranos; y esa actitud del pueblo americano ha hecho que nosotros sintamos por él una gratitud imborrable y que se traducirá en relaciones francas, amistosas, estrechas. No será únicamente la cortesía obligada de gobierno a gobierno, sino la fraternidad de ambos pueblos la que sirva de base a nuestras relaciones internacionales.” 

Ha de apuntarse que aquel discurso fue interrumpido en ocasiones múltiples por aplausos atronadores que se intensificaron al momento en que concluyó. Aquello no podía seguir eternamente, era necesario cumplir con la agenda y viajar hacia Monclova. Desde el balcón del Palacio, Madero podía observar como la Calle Real (hoy Calle Zaragoza) lucia atestada. Por ella habría de transitar para llegar a la Estación del Ferrocarril Internacional. 

A un automóvil, custodiado por soldados insurgentes, se subieron Madero, Carranza, Giussepe Garibali, Raúl Madero González y los ayudantes del primero, Rubén Morales y Elías De Los Ríos. “En el trayecto las señoritas que ocupaban puertas y ventanas arrojaron flores y la banda de música ejecutó alegres aires. Todas las casas comerciales estaban cerradas, pues fue declarado dia de fiesta en esta ciudad.” Aun cuando, acorde al cronista, más de diez mil personas se dieron cita en la estación del ferrocarril, hemos de mencionar que la cifra nos resulta exagerada dado que, en el  pueblo, acorde al censo de Población de 1910, moraban 8,500 personas. Pero, independientemente de cuantos hayan sido en realidad, aquello era un mundo de gente quien, convencida, y por voluntad propia, se manifestó ante aquel a quien veían como el líder en el que cifraban sus esperanzas de lograr tiempos mejores. En ese sentido, antes de que se fuera, versó  la alocución que le dirigió un ciudadano de nombre Jesús Gloria. Eran las diez y treinta de la mañana de aquel sábado, 3 de junio de 1911, cuando el ferrocarril hizo sonar sus silbatos anunciando la partida hacia Monclova y Torreón. Sabedores de que, a  usted, nuestro lector amable y único, no nos lee en función de los vetoso no  que otros nos impongan, la semana próxima le comentaremos como se desarrolló ese viaje. [email protected]

Añadido (23.24.115) Ante la incapacidad para actuar como negociador, nada como recomendar se asuman actitudes gansteriles. ¿Qué más se puede esperar de este tipo de sujetos?

Añadido (23.24.116) ¿Por qué se sorprenden de que actúen así, acaso ya olvidaron que  la gran mayoría de ellos, desde sus años juveniles, han operado al margen de la ley?

Añadido (23.24.117)  Algunos se muestran asombrados de que la ciudadana le haya puesto una santa regañada y el tipo no tuviera capacidad de respuesta. Quienes conocemos la historia del sujeto recordamos que en aquel grupo nunca pasó de cargarle el maletín al líder. El que sus paisanos se hayan pasado de crédulos no le añade ninguna luz intelectual. 

Añadido (23.24.118) Uno de esos a los que nos referíamos la semana anterior, tras de haber cometido la fechoría, ahora sale con que ya se va a buscar rumbos nuevos. ¿Será que recordó aquel soneto en una versión personalísima?  Y por ello, invocando a su patroncito santo, probablemente, declamó: No me mueve… la embajada que me tienes prometida… ni me mueve la cárcel tan temida… tú me mueves… que, aunque no hubiera embajada, yo te amara, y aunque no hubiera cárcel, te temiera…

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