Querida amiga, querido amigo:
¿Comprarías algo que no fuera de buena calidad? ¿Irías a un restaurante que no sirviera buena comida? ¿Invertirías tu tiempo y energía en algún entrenamiento que no te ayudara a acercarte a tus objetivos? ¿Seguirías pagando por algún tratamiento que no te diera los resultados esperados?
Probablemente, la respuesta a todas estas preguntas sea negativa. Nos queda muy claro que, en muchos ámbitos de nuestra vida, tenemos la capacidad de valorar si existe una cierta correspondencia entre lo que invertimos y lo que recibimos.
Al querer comprar algo, seguramente comparamos precios y productos; al esperar conseguir ciertos objetivos, estudiamos posibles estrategias y analizamos resultados.
Sin embargo, hay otras esferas de nuestra vida que parecen escapar de esta lógica, y en ellas podemos terminar invirtiendo mucho más de lo que recibimos a cambio.
Quizás si vemos que un proyecto profesional no avanza, trabajamos más. Si una relación no funciona, ponemos más atención y energía. Si alguien se aleja, tratamos de acercarnos más.
Pero quizás deberíamos preguntarnos: ¿cuál es la proporción razonable entre el esfuerzo que estoy haciendo y aquello que estoy obteniendo? Obviamente no se trata de un dato matemático, entre otras cosas porque hay proyectos que requieren años y mucho esfuerzo para producir resultados. Hay momentos de nuestra vida profesional en los que trabajamos mucho sin recibir una recompensa inmediata. Las relaciones que vivimos pueden atravesar momentos difíciles en los que una persona tenga que sostener un poco más que la otra.
Sin embargo, creo que la respuesta a esa pregunta está relacionada con la diferencia entre esfuerzo y desgaste: cuándo algo empieza a sentirse permanentemente como demasiado esfuerzo para lo que nos da, quizás sea necesario revisar algo.
El desgaste también llega cuando acumulamos pequeños compromisos que aceptamos de forma casi automática: una cena a la que en realidad no queríamos ir; un compromiso profesional que aceptamos para no quedar mal; un favor que podríamos haber rechazado.
No se trata de ser egoístas, sino de entender que asumir compromisos sociales por obligación puede significar renunciar a un momento de descanso. Aceptar demasiados proyectos profesionales nos puede alejar de lo que verdaderamente nos importa.
Resolver los problemas de otras personas que tenían todas las condiciones para hacerlo por sí mismas puede exigirnos invertir una energía que quizás necesitábamos para nosotras y nosotros.
Pero hay una forma de desgaste todavía más peligrosa, la que puede darse en las relaciones personales. Una relación, no importa de qué tipo sea, necesita tiempo, atención, paciencia, conversaciones a veces incómodas y esfuerzo para encontrarse.
Querer a alguien –ya sea un familiar, una amistad o una pareja– también implica esfuerzo. Sin embargo, ciertas relaciones se pueden convertir en un intento constante de conseguir pequeñas dosis de lo que se debería dar de manera natural: presencia, reciprocidad, tranquilidad, cariño, interés.
Cuando empiezas a invertir cantidades enormes de energía pensando qué hacer, qué decir, cómo acercarte, cómo mantener el vínculo, cómo conseguir que la otra persona esté presente, cómo interpretar sus ausencias o cómo lograr que algo avance, quizá el problema ya no sea cuánto quieres esa relación, sino cuánto esfuerzo te está costando sostenerla.
Quizás haya ciertas personas más propensas a hacerlo: personas determinadas, constantes, con una enorme capacidad de esforzarse, insistir, levantarse después de una caída para volver a intentarlo una y otra vez. Seguramente esta sea una gran virtud, pero cuando, para obtener menos de lo que merecemos, sentimos que estamos invirtiendo demasiado, quizás haya llegado el momento de revisar el esfuerzo que hacemos y administrar de manera distinta nuestro tiempo y nuestra energía.
Y quizás sea justamente esta la lección que tenemos que aprender: no esforzarnos menos, sino aprender cuáles son las relaciones y los proyectos que de verdad merecen nuestro esfuerzo.
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