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Coahuila

La humildad también se entrena: cuando aprender vale más que tener la razón

Por Ramón Rocamontes

Hace 3 dias

En el deporte, en la escuela y en la vida hay una lección que parece sencilla, pero que a muchos nos cuesta trabajo aceptar: siempre tenemos algo que aprender.

Lo vemos todos los días. Entrenadores que se resisten a modificar sus métodos porque aseguran que así han trabajado durante años; deportistas que reciben una indicación, pero hacen las cosas como ellos creen que deben hacerse; estudiantes que interpretan una corrección como una crítica personal y docentes que, en ocasiones, olvidan que también pueden aprender de sus alumnos.

Incluso en nuestra vida personal nos incomoda recibir una retroalimentación de nuestros jefes, pareja, hijos o compañeros. El problema no es desconocer algo, sino creer que ya lo sabemos todo. Considero que deberíamos asumirnos como eternos aprendices, porque mantener esa disposición nos abre oportunidades de crecimiento.

En estas semanas tuve la oportunidad de escuchar una prédica especial en Vida In, la iglesia a la que asisto cotidianamente, un espacio de reflexión y aprendizaje sobre la palabra de Dios, en quien creo firmemente. El tema fue Las cuatro sillas, una reflexión sobre distintas maneras de responder ante los consejos, las correcciones y las oportunidades de aprender, tomando como referencia la sabiduría y el discernimiento asociados con el rey Salomón.

Hoy quiero adaptar ese mensaje a los ámbitos en los que trabajo diariamente: la psicología del deporte, la educación y la formación de personas. Lo comparto con humildad, porque estoy convencido de que cualquier persona, incluso aquella de quien menos lo esperamos, puede enseñarnos algo.

La primera silla: el que todavía necesita aprender

En esta silla se encuentra el novato. No necesariamente es quien acaba de llegar a un equipo o quien tiene poca experiencia. También puede ser un atleta con diez años de trayectoria que enfrenta una situación nueva y todavía no sabe cómo resolverla.

El novato reconoce, o está en proceso de reconocer, que necesita aprender. Escucha las instrucciones, observa, pregunta y práctica. Comprende que equivocarse no significa ser incapaz, sino que todavía necesita desarrollar alguna habilidad.

Desde la neuropsicología sabemos que el aprendizaje implica cambios en las conexiones y el funcionamiento de las redes neuronales. La práctica, la experiencia y la retroalimentación contribuyen al desarrollo de habilidades. Nuestro cerebro conserva la capacidad de aprender a lo largo de la vida, aunque este proceso requiere esfuerzo, tiempo y condiciones adecuadas.

Sin embargo, aprender también exige orientación. Un joven deportista puede adquirir hábitos incorrectos si sus únicos referentes desconocen la técnica apropiada. Un estudiante puede repetir un error durante meses si nadie le explica cómo corregirlo.

Por eso, el papel del entrenador y del docente es fundamental. No basta con señalar lo que está mal; es necesario ofrecer herramientas para hacerlo mejor.

Quien aprende necesita dirección, paciencia y oportunidades para practicar. Quien enseña, por su parte, debe recordar que nadie nace sabiendo y que la experiencia de formar a otros también representa una oportunidad para seguir aprendiendo.

La segunda silla: el que cree tener siempre la razón

Aquí encontramos a quien tiene dificultades para reconocer que puede equivocarse. No se trata necesariamente de una persona sin conocimientos, sino de alguien que puede confiar tanto en lo que sabe que deja de cuestionar sus propias decisiones.

Pensemos en un entrenador que lleva muchos años dirigiendo y considera que sus métodos no necesitan actualizarse. Cuando alguien le propone una estrategia diferente, responde: «Yo siempre lo he hecho así y me ha funcionado».

La experiencia tiene un valor enorme, pero no garantiza que todas nuestras decisiones sean correctas ni que una misma estrategia funcione en cualquier contexto.

También encontramos esta actitud en el jugador que pierde el balón y culpa al compañero; en el atleta que atribuye cada derrota exclusivamente a las decisiones del entrenador, o en el estudiante que obtiene una calificación baja y responsabiliza al profesor sin revisar su preparación.

Desde la psicología del deporte, reconocer nuestra participación en los resultados forma parte del desarrollo de la autonomía y la autorregulación.

Esto no significa culparnos por todo. En el deporte individual existen factores que no controlamos y, en los deportes de conjunto, intervienen las decisiones de los compañeros, las estrategias del equipo y las circunstancias de la competencia. Lo importante es distinguir entre aquello que depende de nosotros y lo que está fuera de nuestro control.

Hay una pregunta que puede cambiar nuestra manera de afrontar los resultados: ¿Qué parte de esta situación depende de mí y qué puedo hacer diferente la próxima vez?

El entrenador que se cuestiona puede mejorar sus decisiones. El atleta que analiza su actuación aprende a responsabilizarse de su proceso. El estudiante que revisa sus errores descubre que aprender no consiste únicamente en obtener una calificación, sino en desarrollar capacidades que le servirán durante toda su vida.

Aceptar que podemos equivocarnos no nos hace menos capaces. Nos permite crecer y, sobre todo, nos ayuda a desarrollar la humildad necesaria para seguir avanzando.

La tercera silla: el que se burla de la corrección

Esta silla es particularmente delicada porque aquí no solamente se rechaza el aprendizaje; también se desacredita a quien intenta ofrecerlo.

En un equipo ocurre cuando un jugador se burla de un compañero que comete un error técnico, cuando un atleta responde con sarcasmo a las indicaciones del entrenador o cuando las equivocaciones de alguien se convierten en motivo de humillación.

En la escuela sucede algo parecido cuando un estudiante ridiculiza a otro por preguntar o cuando recibir una observación del docente se convierte en motivo de confrontación.

Pensemos en un jugador joven que falla una jugada importante. Si sus compañeros lo exhiben y se burlan de él, su atención puede concentrarse en evitar otra equivocación, en lugar de enfocarse en ejecutar correctamente la siguiente acción. El temor a ser juzgado puede afectar su confianza, la toma de decisiones y la comunicación con sus compañeros.

Aquí existe una responsabilidad importante para entrenadores y docentes. Corregir no significa humillar, así como exigir no significa destruir la confianza de una persona.

Un equipo competitivo necesita disciplina, pero también respeto. Un entrenador debe establecer límites y señalar errores, sin convertir cada equivocación en un juicio sobre el valor del deportista. De igual manera, un docente tiene la responsabilidad de explicar, orientar y buscar alternativas cuando un estudiante necesita más apoyo.

Cuando la corrección se convierte en humillación, dejamos de enseñar y comenzamos a levantar barreras para el aprendizaje.

La cuarta silla: el que está dispuesto a aprender

Esta es la silla que todos deberíamos procurar ocupar con mayor frecuencia: la del sabio, entendiendo la sabiduría como la disposición para escuchar, reflexionar y actuar mejor.

No pertenece exclusivamente al entrenador experimentado, al atleta campeón, al estudiante con mejores calificaciones o al docente con mayor preparación académica. Pertenece a quien comprende que siempre existe la posibilidad de mejorar.

El entrenador sabio escucha a sus jugadores, analiza sus decisiones y reconoce cuando una estrategia no funciona. No pierde autoridad por admitir un error; demuestra que su liderazgo no depende de aparentar perfección.

El deportista sabio recibe una observación sin interpretarla automáticamente como una agresión. Aprende a distinguir entre una crítica que puede ayudarlo y un comentario que pretende descalificarlo.

El estudiante sabio pregunta, investiga, acepta que puede equivocarse y vuelve a intentarlo. Y el docente sabio comprende que enseñar no significa tener siempre la última palabra, sino crear condiciones para que sus alumnos desarrollen la capacidad de pensar, decidir y aprender.

En el alto rendimiento deportivo, esta disposición es especialmente importante. Un atleta puede tener grandes capacidades físicas y técnicas, pero si no está dispuesto a revisar sus hábitos, aceptar retroalimentación y ajustar su preparación, su desarrollo puede estancarse.

Ganar no nos vuelve infalibles, así como perder tampoco nos convierte en incompetentes. Ambos resultados pueden ofrecer información valiosa si estamos dispuestos a analizar lo sucedido.

El marcador nos dice quién ganó un encuentro, pero no siempre nos dice quién aprendió más.

La humildad también se entrena

Hay una pregunta que merece especial atención: ¿en cuál de estas sillas se sienta el entrenador cuando alguien cuestiona una de sus decisiones?

Es relativamente sencillo pedirles a los jugadores que escuchen, respeten las indicaciones y acepten sus errores. Lo verdaderamente difícil es demostrar esas mismas conductas cuando somos nosotros quienes recibimos una observación.

El liderazgo se construye también a través del ejemplo. Si un entrenador exige responsabilidad, pero culpa siempre al árbitro, a los jugadores o a las circunstancias, transmite un mensaje contradictorio. Si pide respeto, pero ridiculiza a quien se equivoca, debilita la confianza que necesita para dirigir.

Por el contrario, cuando reconoce una decisión incorrecta, explica por qué cambiará una estrategia y escucha a sus deportistas, enseña una habilidad que va más allá del campo de juego: la capacidad de revisar nuestras propias acciones.

Esto no significa que el entrenador deba aceptar cualquier opinión ni renunciar a su autoridad. Significa comprender que dirigir también implica aprender y que escuchar no es lo mismo que obedecer ciegamente. Es posible tener criterio, establecer límites y tomar decisiones sin cerrar la puerta a otras perspectivas.

Esta reflexión también aplica a la escuela, la familia y el trabajo. Podemos ser receptivos en un área de nuestra vida y resistentes en otra. Por eso, más que etiquetar a alguien como novato, necio, burlón o sabio, conviene analizar qué actitud estamos adoptando ante cada situación.

Una etiqueta puede cerrar posibilidades; una pregunta puede abrirlas.

¿En qué silla estamos sentados hoy?

Quizá el mayor desafío no consiste en identificar en cuál de las cuatro sillas se encuentran los demás, sino en tener la honestidad de reconocer dónde estamos nosotros.

Cuando un jugador nos contradice, ¿escuchamos sus argumentos o sentimos que cuestiona nuestra autoridad? Cuando el entrenador nos señala una deficiencia, ¿analizamos la observación o buscamos inmediatamente una excusa? Cuando un estudiante obtiene un resultado que no esperaba, ¿revisa su proceso o se concentra exclusivamente en encontrar culpables?

Y cuando alguien nos ofrece una sugerencia, ¿nos damos la oportunidad de considerar que quizá tenga algo valioso que aportar?

No necesitamos responder estas preguntas en público ni utilizarlas para juzgar a nuestros compañeros. Basta con comenzar por nosotros mismos.

La próxima vez que una corrección nos incomode, podemos detenernos unos segundos antes de responder, escuchar la observación completa y preguntarnos si existe algo que podamos aprovechar. En ocasiones tendremos que aceptar que nos equivocamos; en otras, podremos expresar respetuosamente nuestras diferencias. Lo importante es no cerrar la puerta al aprendizaje.

La sabiduría no consiste en aceptar todo lo que nos dicen, sino en tener la humildad y el criterio necesarios para distinguir qué podemos aprender, qué necesitamos cuestionar y qué debemos cambiar.

Al final, la pregunta es sencilla, pero profunda: ¿estoy dispuesto a aprender algo que me ayude a ser mejor entrenador, mejor deportista, mejor estudiante y mejor persona?

Tal vez hoy necesitemos reconocer que algo nos falta aprender. Quizá debamos dejar de defender todas nuestras decisiones o abandonar la costumbre de burlarnos de quienes nos corrigen. O simplemente recordar que la cuarta silla siempre está disponible.

La sabiduría comienza cuando dejamos de preocuparnos tanto por demostrar cuánto sabemos y empezamos a interesarnos, de verdad, en cuánto podemos aprender.

Porque la humildad también se entrena. Y tanto en el deporte como en la escuela y en la vida, el verdadero crecimiento comienza cuando entendemos que siempre tenemos algo que aprender y que reconocerlo no nos hace más débiles, sino mejores personas.

¡Nos vemos en la próxima!

 

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