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Coahuila

El espacio que merecemos ocupar

Por Irene Spigno

Hace 3 meses

Hace unas semanas, en este mismo espacio, hablamos de los vacíos que dejamos; aquellos espacios que descuidamos cuando estamos demasiado ocupados, emocionalmente ausentes o con prioridades quizás no tan claras.

En aquella ocasión, concluimos que los vacíos no permanecen tales para siempre, ya que, tarde o temprano, la vida y sus circunstancias encuentran la manera de llenarlos.

Sin embargo, hay otro lado de la historia. Me refiero a los espacios que las demás personas nos ofrecen para existir en sus vidas.

Quizás haya alguien que, sin dudarlo ni un momento, nos abra las puertas de su vida para recibirnos con cariño, responsabilidad y constancia.

Pero también puede haber alguien que no tenga esa disponibilidad y que, por lo tanto, sólo pueda reservarnos un espacio muy pequeño. O ninguno.

Sea en una relación familiar, de amistad o de pareja, podemos encontrarnos con personas que atraviesan un momento complicado, que tienen demasiado trabajo, excesivas preocupaciones o están viviendo una etapa de profundo agotamiento emocional. Su disponibilidad para recibir a alguien en su vida es limitada.

Frente a estas situaciones, algunas personas pueden creer que lo correcto es encontrar la forma de encajar: adaptarse, esperar, comprender y justificar.

Seguramente comprender estas situaciones es un acto de empatía. Sin embargo, existe una diferencia enorme entre entender esas limitaciones y decidir vivir dentro de ellas.

Porque cuando el espacio que nos ofrecen es demasiado estrecho, el deseo de encajar puede llevarnos a hacernos cada vez más pequeños.

Quizás hablamos menos para no molestar. Dejamos de pedir para no incomodar o por el miedo al rechazo.

Aceptamos silencios que siguen doliendo. Poco a poco, redimensionamos nuestras necesidades, tratando de convencernos de que, al final de cuentas, no necesitamos tanto. Nos reducimos para caber.

No sé si han tenido la suerte de convivir con gatos. Si es así, seguramente les habrá llamado la atención la fascinación que estos adorables felinos tienen por las cajas.

No importa el tamaño: incluso cuando parecen demasiado pequeñas, encuentran la forma de doblarse, acomodarse, entrar y hasta acurrucarse para dormir.

Es parte de su naturaleza. Esos espacios reducidos les ayudan a conservar el calor corporal y a disminuir el estrés; son, en cierto modo, un mecanismo de supervivencia.

Sin embargo, cuando la caja deja de ser cómoda, salen de ella y buscan otro lugar donde puedan estirarse, regular su temperatura o, simplemente, descansar mejor.

Los seres humanos no somos tan distintos. Quizás al principio también intentemos acomodarnos en un espacio pequeño porque nos ofrece cierta sensación de seguridad, pero la incomodidad termina apareciendo, porque nuestra dignidad nos recuerda que hay espacios que ya no alcanzan para contener lo que somos.

No hay nada de malo en que alguien tenga poco espacio para ofrecer: cada quien da lo que puede con lo que tiene en un momento determinado.

La dificultad surge cuando creemos que la única forma de permanecer es renunciando, poco a poco, a partes esenciales de quienes somos.

Porque, por difíciles que sean las circunstancias que atraviese una persona, nunca deberíamos aceptar sacrificar nuestra propia dignidad para permanecer en su vida.

Aquí no se trata de buscar culpables: se trata de reconocer que hay espacios insuficientes, quizás no por falta de cariño, sino por falta de capacidad.

Y entender esa diferencia también es una forma de amor, no solamente hacia la otra persona sino que, principalmente, hacia nosotras y nosotros mismos.

Quizás, entonces, la mejor decisión no sea seguir buscando un espacio donde acomodarnos, sino movernos hasta encontrar ese lugar donde podamos vivir de manera plena y en paz.

Porque el amor, la amistad, la familia y, en general, cualquier relación sana necesitan amplitud para respirar.

Querida amiga, querido amigo: no podemos obligar a nadie a hacernos el espacio que quisiéramos ocupar en su vida.

El afecto, la atención y la presencia no se persiguen. El único poder que tenemos es elegir si permanecer en un lugar donde tengamos que hacernos cada vez más pequeños para poder caber.

Tenemos el derecho a buscar, desde el amor propio, el espacio que merecemos ocupar.

 

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