Se llama hibristofilia a la excitación por los hombres peligrosos, lo que se llamaría en el imaginario hollywoodense como “chicos malos”. En pocas palabras, existen personas de todas las preferencias sexuales e identidades de género, que tendrán como gusto culpable la atracción hacia los delincuentes, malvados incorregibles, atractivos gandallas, guapos batos transa, etcétera…
Se impuso esta semana como un trending topic el documental de Netflix The Tinder swindler, El estafador de Tinder, que trata sobre el embaucador de mujeres Simon Leviev (David Sharon), cuyo verdadero nombre es Shimon Hayut, pero quien para fines prácticos, se agenció el nombre de un billonario ruso. Entonces cada vez que aparecía el perfil de este señor en las redes y en Tinder, su vida de lujos, fiesta, señoras en bikini y botellas de champagne con bengalas era congruente con la idea de un tipo millonario que usa mocasines Louis Vuitton sin calcetas.
Leviev / Hayut / Sharon seducía a las mujeres con ternezas de un hombre aparentemente no gandalla, pero luego cuando estaban ya bien entradas las novias, les hacía pedir préstamos de miles de dólares a diferentes bancos, los cuales se depositaban a las tarjetas de crédito del estafador. Aunque ya lo cancelaron de la aplicación de citas para siempre, este hombre pudo sacar dinero a varias mujeres al mismo tiempo.
Las estafadas no solo pagaban el estilo de vida de alto perfil de este personaje, sino también a l@s acompañantes de este, entre los que iba otra mujer, el guardaespaldas, un socio de negocios y al parecer, esto variaba entre viajes, ya que el estafador se movía por Europa con mucha libertad, gastando el dinero ajeno. Pero sobre todo haciéndolo con mucha facilidad.
El hombre decía que trabajaba en la industria de los diamantes e inventaba para sus conquistas, un mundo de lujo, aventura e incluso peligro. Sin embargo aún me queda poco claro cómo una empresa como American Express, los bancos europeos y el departamento de hacienda de las diversas naciones en donde llevó a sus mujeres estafadas, no dieran seguimiento de estas operaciones e irregularidades.
Cabe mencionar que el perfil de las mujeres que estafaba (o estafa, porque está libre e impune), ni siquiera se relaciona con un tipo físico, o racial o que se determine por cierto rasgo. La mayoría son adultas no mayores de 40, las cuales trabajaban muy duro para conseguir sus bienes, pero también estaban interesadas en conseguir una relación, un príncipe, un compañero, un novio, alguien que las hiciera sentir protegidas y realizadas, como bien manda el dictamen del amor romántico y sus romantizaciones. Cayeron en un mundo de ilusión y esperanza de por fin haber encontrado a su príncipe azul de los cuentos.
Ese fraude se elevó más de 10 millones de dólares, lo cual dejó a muchas de sus amasias en situaciones económicas precarias: porque siguen pagando lo que pidieron a los bancos para mandárselo al estafador, quien ya tenía un historial delictivo en su natal Israel.
Lo interesante es que en dos años logró numerosos trofeos en las aplicaciones de citas. La pregunta constante es ¿por qué mujeres preparadas con ciertos recursos económicos se lían con hombres así? Sin embargo este tipo de fraudes no se centra en un solo género ni es exclusivo de una mujer que quiere tener una pareja y se ilusiona ante algo idílico e inverosímil, porque no hay que olvidar a los señores que “compran” a sus esposas por internet y son engañados, un clásico del género de las estafas europeas.
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