Por: ALMA DELIA MURILLO
En México empieza uno de nuevo todos los días, dice César Rubio cuando decide hacerse pasar por el otro César Rubio en el texto teatral de Usigli que tan atinadamente presentó como “pieza para demagogos en tres actos”, era 1938. Llevo días pensando en ese gesticulador porque no recuerdo uno como el que hoy ocupa la silla presidencial, tal vez es porque ninguno había estado tan infatuado con su imagen desde el púlpito que lo engolosina cada mañana y que las benditas redes sociales multiplican en millones de espejos.
Tengo la sensación de que estamos rozando un límite. A ratos me cuesta entender la emoción colectiva, pero no es tan difícil rastrear de dónde proviene este desencanto, esta rabia; me pregunto cómo hacemos para mantener la fe durante generaciones en este sistema político inenarrable.
Si la compasión selectiva –maníaca pasarela de nuestros tiempos– es sintomática de la pérdida de los márgenes que nos mantenían dentro del humanismo, el duelo selectivo es la culminación espantosa de este fenómeno que parece estarse cebando en nuestro país en gran medida azuzado por el Presidente.
Un día sí y otro también, nos preguntamos qué está pasando en México cuando nos enteramos de una nueva calamidad, pero además, un día sí y otro también, nos vamos habituando a un entorno de guerra en el que toleramos cuerpos baleados, cercenados, desmembrados, profanados.
Se llama pedagogía de la violencia, y así, acostumbrándonos, llegamos a más de 100 mil asesinatos en tres años.
Qué cotidiana se va tornando esta atmósfera funesta, este accionar meramente como un eterno coro de tragedia griega nombrando a los muertos. Vamos en comitiva, rotándonos el duelo: por las mujeres víctimas de feminicidio, por los periodistas asesinados, por los cadáveres amontonados en otra fosa clandestina, por el cuerpo profanado del pequeño Tadeo.
No olvido al Andrés Manuel que encarnaba la indignación por los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa; aquel candidato que mostraba una sensibilidad social importante.
¿Cómo es que mutó esa sensibilidad en una que hoy lamenta, sin dudar, la muerte de Onésimo Cepeda, pero recela cuando le preguntan por los periodistas asesinados y culpa a la descomposición neoliberal –atribuida a sus adversarios– por la profanación del cuerpo de Tadeo?
¿El candidato tasaba el valor de una vida con cierta medida y el Presidente con otra?, ¿el candidato era un ser humano y el Presidente es otro?
Escuchando el cansino “no somos iguales” me dio por pensar si López Obrador no estará definiéndose a sí mismo: no es igual al de antes, eso queda más que claro.
César Rubio, El Gesticulador, de Usigli, cree que la farsa que representa abona a los valores libertarios, que siendo un humilde profesor se identifica con el revolucionario muerto del que suplanta la personalidad y, de alguna forma, se convence de estar haciendo algo a favor del pueblo. Y luego prueba el poder, ese dulce bocado.
¿Qué habría dicho el candidato Andrés Manuel al ver a otro Presidente saludando a la madre de “El Chapo” Guzmán?, ¿habría protestado por la presencia del Ejército cantando el Himno Nacional en la Cámara de Diputados durante el sexenio de alguno de sus “adversarios”?
¿Y qué habría dicho la actual comparsa de gesticuladores?, aquellos que cuestionaron esas prácticas en administraciones anteriores y de quienes todavía no me creo que hoy aplaudan, defiendan o guarden silencio frente a lo que hace tres años combatían furibundos y airados.
Pero como dice Usigli en este doloroso pero preciso diálogo de El Gesticulador:
“¿Quién es cada uno en México? Dondequiera encuentras impostores, impersonadores, simuladores; asesinos disfrazados de héroes, burgueses disfrazados de líderes; ladrones disfrazados de diputados, ministros disfrazados de sabios, caciques disfrazados de demócratas, charlantes disfrazados de licenciados, demagogos disfrazados de hombres. ¿Quién les pide cuentas? Todos son unos gesticuladores hipócritas”.
Seguiremos sumando asesinatos y duelos mientras el estribillo se repite en el escenario: “no somos iguales”.
Lo sé, demasiado teatro, pero a veces la representación es el único abordaje posible para este país en el que hay que empezar de nuevo todos los días como actores repitiendo el mismo diálogo.
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