Hoy es un día que late en el corazón de la historia mexicana. La firma de los Tratados de Córdoba, el 24 de agosto de 1821, marca el momento en que la libertad y la identidad mexicana se entrelazaron en un abrazo de esperanza y determinación. El acuerdo dio fin al dominio español, anunciando el comienzo de una nueva nación que buscaba su propio destino.
La ciudad de Córdoba, Veracruz, fue el escenario de este glorioso momento. Juan de O’Donojú, último representante de la corona española, y Agustín de Iturbide, jefe del ejército Trigarante, simbolizaban a dos hombres que encarnaban dos mundos diferentes que sellaron con tinta y convicción la alianza que cambiaría para siempre el suelo mexicano y el futuro de sus habitantes: la Independencia de México.
Pero, para entender el origen de ese día, hay que mirar atrás. El movimiento que llevó a la Independencia no nació de un sólo “grito”, sino de décadas de desencuentros, de luchas, de reformas y de esperanzas entre criollos, mestizos, indígenas y religiosos.
El Plan de Iguala, presentado el 24 de febrero de 1821, articuló las “tres garantías”: independencia de España, unidad de la nación y la religión católica como base pública. El Tratado de Córdoba fue el instrumento que dio forma legal y reconocimiento a ese proyecto, que abría la vía para una organización política que, al menos en su concepción, pretendía ser estable y unificadora.
La propuesta estipulaba: “Esta América se reconocerá por Nación soberana e independiente y se llamará en lo sucesivo Imperio Mexicano”. Los acuerdos aspiraban a dar un carácter de legalidad y legitimidad a la fundación del imperio a través del diálogo, y así fue reconocida la independencia del país y el establecimiento de su soberanía. La monarquía constitucional fue la forma de Gobierno adoptada y las Cortes fueron convocadas para elaborar una constitución.
De esta manera, los Tratados de Córdoba fueron ratificados por el Congreso mexicano el 25 de agosto de 1821. Poco después, en 1822, la figura de Iturbide emergió de las sombras de la lucha para convertirse en Emperador de México (Agustín I), un giro que mostraría que la independencia no era sólo un acto de ruptura, sino un complejo proceso de construcción que diera un marco de gobernabilidad “constitucional y estable” para el país.
Pero, más allá de los detalles políticos, el 24 de abril de 1821, es un día que nos recuerda la lucha y la pasión de aquellos que lucharon por la libertad. Es un día para reflexionar sobre la valentía y la determinación de quienes se atrevieron a soñar con un México independiente, soberano y con identidad propia.
La libertad de la patria es un fuego que arde y late en el alma de cada mexicano, un impulso que nos lleva a construir puentes entre generaciones, a renovar instituciones y a cuidar y luchar por la democracia.
Celebremos entonces no sólo el logro político de ese 24 de agosto, sino la capacidad de una sociedad para seguir dialogando: entre el pasado y el futuro de la nación; entre el poder y la responsabilidad de los gobernantes y entre las necesidades individuales y las aspiraciones comunes de sus habitantes.
Recordemos, que libertad no es un monumento terminado, es un derecho que se conquista y se defiende con cada latido del corazón, con cada acuerdo que se forja y con cada decisión que se inscribe en las páginas del libro vivo que llamamos México.
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