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El miedo y la muerte

Por Jorge de Jesús 'El Glison'

Hace 5 años

El pasado domingo 2 de mayo, hace exactamente una semana, muchas monedas relacionadas directamente con mi vida estaban en el aire. Una de ellas, literalmente era la de la supervivencia, esa moneda en la que dependiendo del lado en que caiga, vives o mueres. Si esto sucede, y es algo muy cierto en la vida común de las personas con existencias calificadas y clasificadas como “normales”, lo es mucho más para quienes tienen una actividad como la de ser torero.

A través de la historia hay un gran número de toreros muertos a causa de los astados bravos, pero para no irnos muy lejos, aquí en México todavía está latente y presente la muerte del torero Rodolfo Rodríguez “El Pana” a causa del golpe que le dio el toro Pan Francés, de la ganadería de Guanamé en la Plaza de Toros de Lerdo, Durango.

En algún tiempo “El Pana” y yo fuimos muy cercanos, en el 2002 fijé mi residencia en Apizaco, Tlaxcala, lugar taurino por excelencia con la mayor densidad proporcional de ganaderías de toros de lidia en México, asimismo esa zona es tierra de toreros; por mencionar solo algunos, de ahí es la familia de Los Ortega, representada por los matadores Rafael y Alberto, Los Angelino, José Luis y Angelino de Arriaga, Uriel Moreno “El Zapata”, de ahí también es la dinastía de los “Zotolucos”, los García Méndez, y muchos más que a través de la historia de la tauromaquia han dejado en alto el nombre y la divisa de Tlaxcala.

El decano de todos ellos, en ese momento, lo era “El Pana” y nos hicimos amigos, compañeros, y cuando me contrataban para torear yo siempre lo proponía para que también lo contrataran a él como primer espada, razón por la cual toreamos juntos en muchas ocasiones por todo el país. Debido a todo esto, realmente trascendió en mi la noticia de lo sucedido. Cuando me enteré que el 1 de mayo de 2016, en esa Plaza de Toros de Lerdo, Durango, ese astado llamado Pan Francés, se cruzó en su destino y golpeó al “Pana” haciéndolo volar por los aires, quien al caer sufrió la fractura de dos vértebras cervicales con una lesión irreversible en la médula espinal, lo que al instante lo dejó cuadrapléjico tirado en la arena de la plaza.

Circunstancialmente la nota impactó mas en mi persona, debido a que el mayor de mis hijos, Jorge de Jesús, “Jorchu”, novillero y recortador, actuó esa tarde junto al “Pana” y fue el primero que se aventó al ruedo a auxiliarlo, y cuando literalmente mi hijo lo levantaba del suelo, muy oportunamente un fotógrafo captó ese momento y la imagen se hizo viral en el mundo de los toros; la anécdota sobrevino en mi mente al comparar esa fotografía con una tomada muchos años antes en nuestra casa de Apizaco, donde se muestra al “Pana” cargando al más pequeño de mis hijos.

En un momento, “El Pana”, rozagante de vida y entusiasmo, carga a mi hijo de un año, y al siguiente, es otro de mis hijos quien carga al “Pana” inerme e inerte, casi sin vida. Paradojas de la existencia humana, que demuestra que todo es cíclico, a veces estás arriba y otras abajo, en múltiples sentidos.

En las conferencias de prensa previas a la corrida que hicimos el matador “El Geno” y yo para publicitarla, yo bromeaba con el eslogan del evento, que se anunciaba como Corrida Retro, Más de 100 Años en el Ruedo, que es inclusive menor a la suma de nuestras edades, y bromeaba también con que yo ya pasaba de los 60 años, comparándome con “El Pana”, quien habría fallecido por el toro a los 64 años, ya sin los reflejos, que al amortiguar la caída, hubiera podido salvar la vida, si por lo menos hubiera metido las manos al caer, pero ya no le fue posible, los años pasan día con día y siempre cobran su factura.

Entre bromas, estrategias de mercadotecnia y publicidad, todo esto pasaba por mi mente y no podía dejar de reconocer que mi edad y mi deterioro físico era una realidad contundente, en mis circunstancias, los huesos han perdido mucho calcio y es mucho más fácil que se rompan, y asimismo es más difícil y tardado que suelden y se recuperen; los músculos están más flácidos y son menos resistentes, los cuernos penetran en la piel, en la carne más fácil y profundamente; todos los órganos están desgastados, y ante una pérdida de sangre es mucho más posible que colapsen y dejen de funcionar correctamente, y así podía seguir con una larga lista de razones por las cuales físicamente ya no era apto para torear, ni tampoco era recomendable que yo me enfrentara a un toro con una edad de más de 5 años y cerca de 450 Kilogramos. Yo era totalmente consciente de todo ello, pero entonces ¿por qué diablos lo había aceptado?

“El Pana” siempre quiso, y así lo dijo, morir en un ruedo para convertirse en una leyenda, y lo logró, él tuvo una muy apasionante trayectoria de altibajos en la que paradójicamente, el 7 de enero de 2007, en la Plaza México –la más grande del mundo– la tarde en la que aparentemente se despediría de los ruedos, fue la de su más grande triunfo y marcó su resurrección en la fiesta brava.

Ese día “El Pana”, al toro Rey Mago de la ganadería de Javier Garfias, le hizo una “faena mágica”, al burel cuyo nombre predecía lo que podría suceder: tandas de muletazos largos y estructurados, y remates geniales con desplantes artísticos perfectamente oportunos. Conociendo al “Pana” y la calidad de los toros de Javier Garfias, que aunque había pasado ya su mejor época, siempre queda en la genética del hato un remanente de bravura excepcional que puede brotar en cualquier momento, yo suponía y presentía que podía pasar algo extraordinario, y así lo escribí en las páginas del periódico deportivo El Esto, donde colaboraba con mi columna de opinión semanal, mi intuición no me falló y “El Pana” fue tocado por “el dedo de Dios”, logrando una tarde histórica que en lugar de despedirlo, lo catapultó a torear con más categoría y cobrando más dinero que nunca en toda su carrera de 28 años hasta ese entonces.

Después de un tiempo, pasado el furor de esa tarde mágica, debido a su alcoholismo y a la falta de regularidad en sus faenas, “El Pana” volvió a torear poco y en carteles de menor categoría, fue entonces que volvió a desear y a manifestar públicamente que lo que él quería es que lo matara un toro, y lo logró.

Ahora, ¿qué quería yo al volver a torear? Eso lo discerniré ampliamente en la próxima columna.

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