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El naufragio financiero de enero: el precio de un diciembre sin límites

Por JC Mena Suárez

Hace 1 dia

El calendario marca el inicio de un nuevo año y, con la misma puntualidad que las uvas de medianoche, llega el golpe de realidad: la cuenta bancaria está en mínimos históricos y las facturas apenas comienzan a apilarse. Lo que coloquialmente llamamos “cuesta de enero” es, en términos técnicos, una descapitalización estacional inducida por un desequilibrio entre la gratificación inmediata de diciembre y las obligaciones fiscales y operativas del primer trimestre del año.

 

 

La anatomía del gasto: ¿en qué se nos va el dinero?

Para entender por qué enero duele tanto, debemos mirar con lupa el comportamiento de diciembre. Según diversos estudios de mercado y asociaciones de defensa al consumidor, el gasto promedio de un hogar durante las festividades se dispara de manera desproporcionada.

Una cena de Navidad de clase media, que incluya los ingredientes tradicionales, bebidas y decoración, puede oscilar entre 3 mil 500 y 8 mil pesos. Si replicamos este esquema para la cena de Año Nuevo, el presupuesto familiar ya ha recibido un impacto severo de hasta 16 mil pesos sólo en alimentación de lujo.

A esto debemos sumar el componente de los regalos. La presión social y el bombardeo publicitario llevan a las personas a gastar, en promedio, entre 2 mil y 6 mil pesos en obsequios e intercambios.

Para una familia que percibe un aguinaldo promedio, esto significa que entre 50 y 70% de ese ingreso extra se esfuma antes de que termine el año, sin haber cubierto un solo centavo de los gastos evitables que vienen en camino.

 

 

El espejismo del crédito y el ‘interés emocional’

El problema no es sólo lo que se gasta, sino cómo se gasta. La falta de liquidez suele cubrirse con la tarjeta de crédito. El consumidor promedio, cegado por la euforia decembrina, utiliza el plástico para financiar cenas y ropa, olvidando que en enero las tasas de interés y los pagos mínimos se sumarán al pago del impuesto predial, los refrendos vehiculares, el mantenimiento del hogar y las cuotas escolares.

Nos descapitalizamos porque tratamos el aguinaldo como un “bono de felicidad” y no como un fondo de estabilización anual. Al llegar el 1 de enero, el patrimonio neto de muchas familias es negativo; han consumido su capital de trabajo y han hipotecado su capacidad de ahorro de los meses siguientes para pagar los excesos de una sola semana.

 

 

Rompiendo el ciclo: de la impulsividad, a la estrategia

¿Cómo podemos transformar esta realidad? El cambio debe ser estructural y sicológico:

1. La regla del 30/70: Lo ideal es que el gasto festivo (cenas y regalos) nunca supere el 30% del ingreso extraordinario. El 70% restante debe dividirse entre el pago de deudas de alto interés y la reserva para los pagos de inicio de año.

2. Sustitución de consumo: No es necesario renunciar a la celebración, sino racionalizarla. Las compras anticipadas de productos no perecederos en noviembre y la eliminación de marcas de lujo por alternativas de calidad similar pueden reducir el costo de las cenas hasta en 25 por ciento.

3. El presupuesto como ancla: Si un gasto no fue planificado desde octubre, no debería ejecutarse en diciembre. La disciplina financiera es la única vacuna contra la ansiedad que genera el buzón lleno de cobros en enero.

La verdadera educación financiera no consiste en privarse de la alegría de las fiestas, sino en garantizar que esa alegría no se convierta en el origen de un año de angustia. Romper la “cuesta” requiere entender que el bienestar de nuestra familia en julio depende directamente de la prudencia que mostremos frente al escaparate en diciembre. Es momento de dejar de ser víctimas del calendario y empezar a ser dueños de nuestro propio presupuesto.

 

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