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Coahuila

El objetivo era determinar lo que cada uno podía leer o no

Por Rodolfo Villarreal Ríos

Hace 3 años

Nuestra entrega anterior generó reacciones que en general podríamos considerar positivas. Sin embargo, también, hubo  quienes estimaron que somos unos herejes por abordar ese tópico. Al parecer, no se percataron de que nosotros no promovemos divisionismos en asuntos religiosos, ni andamos de matraqueros de una u otra interpretación  de los asuntos de la fe o declarándonos a favor o en contra  de la versión de un libro sobre cuyo contenido no somos expertos y por consiguiente nos es imposible emitir loas o críticas. Quienes se han encargado de debatir  si una u otra  versión de esos textos es la correcta han sido aquellos involucrados en los asuntos del mercado de la espiritualidad. Lo nuestro es la historia y en ese contexto analizamos y elaboramos nuestros escritos. Detrás del contenido de esta parte segunda de la Carta Pastoral emitida en 1866 por el obispo de León, Díez De Sollano y Davalos, lo que se escondía era un afán controlador para impedir que las personas fueran capaces de leer lo que ellos quisieran y tratar de inducirlos a conclusiones que pasaran por la aprobación de la curia. Retomemos aquel texto.

A lo largo de nuestra formación profesional nos enseñaron que las afirmaciones que emitiéramos deberíamos de sustentarlas en pruebas palpables. Sin embargo, hay quienes no parten de ese principio y, a lo largo del tiempo, han argüido haber recibido encomiendas inmanentes respecto a las cuales demandan se acepten porque ellos lo dicen.  Con todas las reservas que en lo personal tenemos, pero respetuosos de lo que cada uno desee tomar como cierto, nos permitimos  reproducir las palabras escritas por el guanajuatense José María quien, a toda costa, sin prueba objetiva en mano, afirmaba que “… para los católicos, así como para los protestantes está fuera de controversia, que Dios se ha dignado revelar alguna cosa a los hombres, y que esta revelación divina consignada por escrito se halla en la Santa Biblia. Prescindamos por ahora de la necesidad que tenemos de admitir las tradiciones igualmente divinas que la Biblia; prescindamos también por este momento de cuáles y cuántos sean los divinos libros de la Biblia, y de cuál sea su verdadera lección en este o aquel versículo; y fijándonos sólo por este momento en que existe algún libro divinamente inspirado , en lo que es preciso convenga todo el PROTESTANTISMO, [las mayúsculas son del texto original], so pena de suicidarse negándolo, hagamos el raciocinio que pone en claro el pensamiento insinuado arriba.” Reconociendo el valor literario e historico de la Biblia, dado nuestro limitado conocimiento al respecto, en ocasiones varias hemos consultado a quienes han estudiado el documento y acorde con su perspectiva, los escritos son producto de  más de una  pluma y fueron elaborados a lo largo de varios años, algo que consideramos tiene un fundamento racional mucho mayor. Esto no es motivo para dejar de reproducir otro apartado de la epístola emitida por el ciudadano Díez quien insistía en los orígenes divinos de la Biblia. 

En ese contexto, en el documento de 1866, se leía: “La revelación contenida en ese libro, sea éste cual fuere, contiene sin duda la expresión de las ideas divinas que Dios por dignación quiso comunicar al hombre; este libro lo encomendó necesariamente a alguno que pudiera comprobar suficientemente ante los hombres, que él era el comisionado de Dios, o que tenía la divina misión para intimárselo; sin esto no se concibe, ni como posible, la enseñanza de la revelación divina por medio de un libro que la contenga; pues a nadie se puede pedir la sumisión de su entendimiento y voluntad a un código que se le intima como divino, si no es que el que se lo intima exhiba los comprobantes de la misión que tiene de Dios mismo para intimarlo.” Como dirían los abogados, aceptando sin conceder que todo esto se hubiera  dado de esta manera, a este lego en asuntos teológicos, le surgen un par de preguntas: ¿Quién fue ese comisionado y porqué se oculta su identidad? ¿Cuáles son esos comprobantes que menciona Díez De Sollano? Pero más tardamos en hacernos esas preguntas que en advertir en donde estaba la preocupación real de esta persona.

Para el obispo de León, todo partía de quien era el indicado para interpretar el contenido de la Biblia. Desde su perspectiva, era “imposible que exista un código divino que haya de obligar a todos los hombres, sin que exista igualmente por el mismo hecho una autoridad competente que se los intime. Y si este código siempre ha de estar obligando, esa autoridad siempre ha de estar existiendo. Y si este código habla con todos los hombres de todos los tiempos, de todos los países, de todos los idiomas, es decir, con todos de una manera absolutamente universal, esa autoridad debe ser absolutamente universal, es decir, católica; porque lo católico y sólo ello es lo que tiene ese carácter de universalidad. Y vednos aquí ya conducidos por la naturaleza misma del asunto a admitir la existencia de una autoridad católica, siempre que haya de existir un código divino. Es, pues, contradictorio e importa una monstruosa implicancia el admitir, como hacen los protestantes, la divinidad de la Biblia y negar la existencia de una autoridad católica que la haya de intimar a los hombres.” Al final. Todo se resumía en un asunto de exclusividad, solamente los miembros de la organización, la cual por más de tres centurias monopolizó la fe en México, deberían de interpretar el contenido de la Biblia, todos los demás no poseían ni el intelecto, ni estaban investidos  de una autoridad divina de la cual no mostraban prueba palpable alguna, excepto su palabra.

Pero, Díez De Sollano y Dávalos, en plena carrera, soltaba una perorata acerca de cómo recibieron los protestantes la Biblia y, al exponer como había sucedido, los descalificaba. Para no ser tachados de parciales, reproduzcamos las palabras que sustentaban la postura del guanajuatense quien argüía: “…supongamos que se pregunta a un protestante, ¿por qué cree o no cree algún dogma o punto de doctrina? Apelará a la Biblia; preguntémosle de quién ha recibido esa Biblia, quién le ha intimado ese código; y a esto nada puede contestar razonablemente porque si dice que la recibió de sus padres, éstos ¿de quién recibieron la misión para calificar y para intimar la revelación divina? Será preciso atribuirles lo que se niega a la Iglesia; y además su misión no puede ser universal, como es preciso que sea la encomendada de imitar el código universal  si dice que la recibió de sus pastores, esto es un contraprincipio, porque esos pastores son los que proclaman la denegación de la autoridad que se les atribuye; son protestantes, es decir, han protestado contra la autoridad del magisterio y de la enseñanza católica; cómo, pues , se les puede atribuir, si dice que la recibió del cuerpo del protestantismo; ese cuerpo, ¿de dónde tiene la misión de intimar el código de la revelación ? No del Salvador, ni de los Apóstoles, porque su existencia no se enlaza con él; además él, si es que existe como tal cuerpo, ha negado, según su protesta, todo magisterio; y decimos, si es que existe, porque consistiendo el PROTESTANTISMO en una negación, como lo ha demostrado el tantas veces citado sabio Balmes, no puede formar cuerpo, porque la mera negación no forma cuerpo moral. ¿Qué se contesta, pues? Que este libro existe entre los muchos que hay en el mundo, y que según le enseñaron este era un libro divino, pero que él no lo ha recibido de nadie; mejor dicho, que, al recibirlo, y para recibirlo, ha sido preciso no ser protestante, sino aceptar la tradición y la autoridad de la Iglesia Católica, que ha rechazado el PROTESTANTISMO.” Nadie  va a argüir la primicia de la Iglesia Católica en eso del cristianismo. Ejemplo de ello es que  quien inicia el movimiento en pro de una versión alternativa fue un fraile agustino de origen alemán, Martin Luther, quien, en 1519, protesta ante la situación que se vivía en la Iglesia Católica. Sin irnos a los papados de la Edad Media, la mayoría de los dirigentes del catolicismo no eran un ejemplo para seguir, simplemente recordemos que entre 1492 y 1519 gobernaron la Iglesia Católica cuatro papas, tres de los cuales, mostraron un apetito insaciable tanto por la fiducia, como por la carne y esta no precisamente en forma de bistec. Uno, Rodrigo Lanzól y Borja, Alejandro VI, (11 de agosto de 1492 – 18 de agosto de 1503); otro, Giuliano della Rovere, Julio II, (1 de noviembre de 1503-21 de febrero de 1513); y un tercero, León X, Giovanni di Lorenzo de’ Medici, (9 de marzo de 1513 – 1 de diciembre de 1521). Este recuerdo no pasaba por la mente de José María de Jesús quien insistía en el asunto de la tradición 

En ese sentido, invocaba que los protestantes aceptaban haber adoptado la Biblia en base a la tradición, misma que sustentaba en reversa desde los papas hasta Jesucristo. Claro que olvidaba como en ese conjunto había muchísimos que en muy poco honraron las enseñanzas de aquel judío nacido en un portal de Belén. Preso de esa amnesia selectiva, tras de invocar las palabras de San Agustín respecto a que la Biblia no podía ser citada “por otro medio sino por el de la autoridad de la Iglesia,”  Díez escribía: “esta Iglesia ha debido siempre intimar a los fieles de una manera infalible el código de las Divinas Escrituras ; y como esto pide esencialmente que ella sepa infaliblemente lo que intima , se sigue en rigurosa lógica, que ella sabe cuáles y cuántas son las Divinas Escrituras que ha de intimar a los fieles… Porque todo esto quiere decir que la Iglesia sea la autoridad pública, universal, permanente, suprema, infalible é indefectible, constituida por Dios para intimar a los hombres el código de su verdad infalible, y voluntad santísima revelada a los hombres y consignada por escrito en el libro por excelencia que llamamos Biblia.”  ¿Deveras hay alguien que pudiera creerse eso de que la infalibilidad y de que los tres citados en el párrafo anterior reunieran las características como para representar al Gran Arquitecto? Vaya insistencia en abrogarse virtudes y encomiendas sin mostrar más que palabras como las del obispo que tomaba tintes vitriólicos.

Ganándole la ira, espetaba que los protestantes “no son, pues, juez competente para fallar, ni acerca del número de los libros de la Santa Biblia, ni acerca de su verdadera lección y de su genuina y legítima interpretación, ni las sociedades Bíblicas, ni la llamada Iglesia Anglicana, ni los pastores protestantes, ni los cuarenta sabios ingleses que cita el expendedor de Biblias Juan G. Buthler…” Antes de continuar, es conveniente precisar que al personaje al que Díez De Sollano hacía referencia como un distribuidor simple de ejemplares de ese libro, era el pastor luterano, John George Butler, quien fuera capellán tanto del Senado como de la Cámara de Representantes de los EUA. Así  que no se trataba simplemente de un expendedor de Biblias. Una vez realizada la precisión, volvamos al contenido de la Carta Pastoral.

 En ella, se mencionaba que: “ni cada uno de los protestantes, ni el PROTESTANTISMO entero; sino sólo y exclusivamente la Iglesia Católica, Apostólica, cuyo jefe Supremo es el Romano Pontífice, Vicario de Nuestro Señor Jesucristo. Y a la verdad que es una inconsecuencia monstruosa la que comete el PROTESTANTISMO, desconociendo en la Iglesia de Dios la autoridad que él reconoce en cada uno de los fieles; ¿Porque en qué lógica cabe negar al todo, lo que se atribuye a cada una de sus partes? ¿Cómo, pues, el PROTESTANTISMO, si no fuera cegado por su odio característico a la autoridad de la Iglesia, pudiera negar a ésta lo que concede aun a sus más pequeños miembros, a saber, ¿la judicatura suprema en asunto a la Biblia? Es, pues, preciso convenir en que el PROTESTANTISMO, tomando sacrílegamente la Santa Biblia bajo pretexto de instruir a los fieles, y negando la autoridad divina de la Iglesia, que es la única a quien Dios confió este inestimable depósito, ha incurrido, como siempre lo hace el error, en una inconsecuencia monstruosa y en un contraprincipio inconcebible.”  Al leer todo esto, se nos volvió aparecer aquella escena desarrollada a finales del Siglo XX, en un país que ya no existe, en donde un hombre curtido por el sol le gritaba a otro de características similares “Mi Dios es más poderoso que el tuyo…”  Pero, en el Siglo XIX, Díez De Sollano y Dávalos recurría a todo tipo de argumentos para sustentar su verdad de que nadie excepto los religiosos católicos podían interpretar el contenido de la Biblia. 

En ese contexto, invocó al teólogo jesuita, Giovanni Vincenzo Bolgeni, (1733-1811) quien en una de sus obras apuntó que “la gran diferencia que por la naturaleza misma existe para formar conciencia entre los pastores y los simples fieles, puesto que, los unos ocupan el lugar de maestros, y los otros de discípulos; y puesto también que los primeros tienen una obligación mucho más alta que los segundos; y finalmente, puesto que los medios con que cuentan aquéllos, son muy superiores a los de que generalmente hablando pueden disponer los segundos. Así, pues, a un simple fiel para salvar su conciencia en lo que no está notoriamente claro en la ley, le basta con sólo estarse al dictamen de su pastor, mientras éste no salvará la suya, si según su categoría no la hubiese formado sobre solidísimos fundamentos. Esta reflexión nos conduce a la siguiente aplicación. La Santa Biblia ha debido ser, y ha sido siempre, según la legislación de la Iglesia Católica, el asunto más preferente y la materia más importante, y el punto de partida y el primer libro de los estudios y meditaciones del Episcopado y de todo el cuerpo de pastores de la misma Iglesia.” Vaya forma de insultar a sus feligreses a quienes consideraban inferiores e incapaces de poder leer algo y llegar a conclusiones propias. Sin embargo, cuando parecía que se había percatado de que había ido muy lejos, metió reversa y volvió a la ruta anterior. 

Para que no haya  duda, revisemos el texto que seguía: “No es esto decir que la Iglesia prohíba ni haya prohibido nunca la lección humilde, prudente y discreta de las Santas Escrituras a los fieles; sino que cabalmente para esto ha prescrito las reglas más sabias; ha tomado las precauciones más prudentes , y ha marcado el camino más discreto para evitar que el libro de la vida , por indiscreción, se convierta en el libro de muerte, y que el alimento más sano sea, por imprudencia, un veneno para sus hijos . Y a esto sólo y no a otra cosa se encamina toda la legislación de la Iglesia en el asunto , como lo percibirá cualquiera que de buena fe la estudie, buscando, como el Espíritu Santo dice, sinceramente la ley para cumplirla;  qui quærit legem replebitur ab ea (el que busca la ley, se llenará de ella;) y no como el que busca argumentos para impugnarla o para eludirla, el cual los hallará, pero allí mismo hallará también su ruina;… como ha sucedido siempre a todos los herejes y sucede hoy a los protestantes.” Como ya andaba por esas veredas de la prohibición, José María de Jesús  incursionó en terrenos que eran de goce amplio para él y los otros miembros de la jerarquía católica, la determinación de cuales eran los libros que se podían o no leer.

Sin dejar de lado la arrogancia de la superioridad, el obispo enfatizaba que suponía hablar “con católicos, y para éstos debiera bastar que la Santa Madre Iglesia así lo practique , para rendirse a su autoridad; y que enseñan comúnmente los teólogos, que es de fe católica que la Iglesia y su cabeza visible tienen derecho para ello; véase a Suárez; pero ya que desgraciadamente entre nosotros, a pesar de católicos, hay muchos que prevalidos del silencio, que por razones sin duda graves, ha guardado la autoridad eclesiástica en varias veces, se presumen con facultad bastante para leer los libros prohibidos, nos vemos en la precisión de apuntar un algo de las pruebas de esta verdad.” Y para que no quedara duda de que lo suyo se sustentaba en los tiempos más oscuros para la humanidad, la Edad Media.

Orgullosamente, afirmaba que “así es que en los primeros siglos de la Iglesia no se necesitaba especial prohibición para que los libros de los herejes no se leyeran, como se ve por la respuesta del Papa San Gregorio Magno [Gregorio I quien ejerció en esa función  del  3 de septiembre de 590 al 12 de marzo de 604] á Atanasio, patriarca de Antioquía, que le preguntaba si condenado un hereje, por el mismo hecho todas sus obras debían tenerse por condenadas; y por el caso de cierto monje, Atanasio , que fue expelido del monasterio a causa de haberse encontrado en su poder uno de los libros de los herejes; y sólo se le absolvió de la pena, por el mismo San Gregorio, por haber asegurado que ignorantemente lo había leído, pero mandó al mismo tiempo el Santo Pontífice que absolutamente se tuviera por prohibida la lección de dicho libro. De donde consta que siempre se tuvo por prohibida, no sólo la lectura, sino aun la retención de los libros de los herejes.”  Para que después no se nos acuse de malquerientes de la trasnacional más antigua, veamos lo que respecto a la libertad de pensamiento aparecía en aquella Carta Pastoral de 1866.

“De todo lo cual se concluye, con absoluta certeza, que La Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica, Romana, desde su fundación divina hasta nuestra época, sin variación ni interrupción, ha ejercido su autoridad soberana y suprema en prohibir con severas penas y mandar quemar los libros funestos para los fieles, por los errores o doctrinas peligrosas que en ellos se contienen.”  Como un recordatorio simple, la única otra entidad que le dio por incinerar volúmenes fue la que dirigía la bestia austriaca en la Alemania de los 1930s, primera mitad de los 1940s. Vaya  parejita de cuidadosos extremos para que sus súbditos no cayeran en pecado por leer lo que no debían (¡!).  Volvamos al texto en revisión en donde se buscaba justificar las restricciones al indicar que “ahora bien: ¿qué otra cosa hace la Iglesia santa cuando prohíbe los malos libros, sino amonestar a sus hijos del peligro que en ellos hay, y en virtud del cual deben huir de su lectura? ¿Qué cosa más racional y justa que una madre amante y tierna emplee toda su autoridad, todo su dominio y fuerza en apartar a sus incautos hijos del riesgo que les amenaza? No diga alguno, que para él no hay riesgo. Si así fuera, La Iglesia le otorgará su permiso, cuando además haya alguna utilidad en la lectura de aquellos libros. Ellas os convencerán, hermanos e hijos nuestros, de que la prohibición de los libros, comenzando por las Biblias protestantes, no es obra del capricho, sino de la prudencia verdaderamente celestial con que se rige y se gobierna nuestra Madre la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana.” Respecto a este párrafo, cabe señalar que si se trata de menores de edad es justificado supervisar que leen, pero hacerlo con adultos es darles el grado de retrasados mentales.

Tras de esas justificaciones cuestionables, Díez De Sollano recomendaba a sus colaboradores y fieles toda una serie de lecturas para que pudieran refutar a los protestantes en asuntos de la Biblia, pero jamás les recomendó que leyeran esta pieza. Tras de eso, procedió a cerrar la epístola señalando a los católicos como podían rebatir la perspectiva de los  protestantes. Para ello, mencionaba 34 puntos los cuales se sustentaban en preceptos teológicos. Dado que en esa materia somos legos, nos abstendremos de abordarlos.  Lo nuestro no es entrar a polemizar sobre que se sustenten las perspectivas religiosas de nadie, ya lo hemos repetido en múltiples ocasiones, la forma  en que cada uno guste de llevar su relación con el Gran Arquitecto es de su entorno privado muy respetable. Al final de cuentas, el objetivo real de la Séptima Carta Pastoral de Díez De Sollano era determinar lo que cada uno podía leer o no.

En medio de todo lo anterior, no se pude olvidar  que la pregunta realizada por un chamaco, la cual le costó la expulsión del catecismo, aun no tiene respuesta a pesar de haber trascurrido cerca de seis décadas: ¿Si el Gran Arquitecto está en el cielo, la tierra, en todo lugar y conoce lo que cada uno piensa y hace, porque debe de acudirse a un recinto especifico y recurrirse a un intermediario para establecer su relación con Él? [email protected]

Añadido (23.22.105) Mañana, 4 de junio, se evaluará el  estado neurológico que guardan los ciudadanos en Coahuila y el Estado de México. 

Añadido (23.22.106)  En los EUA, los RINOs ya tienen su candidato y, acordes con lo que son, buscan presentarlo como una opción de lo que no son.

Añadido (23.22.107) Vaya zapateado que le bailaron encima al tal Pedrito Sánchez. Para él, sonaron en tono similar los  chotis, la dansá, las jotas, el  fandango, la muiñeira, y quien sabe cuántos más. 

Añadido (23.22.108) Como una muestra del concepto en que lo tienen, ahora las negociaciones de asuntos bilaterales las realiza con quien tiene nivel de asesor. Mientras tanto, el secretario del ramo se la pasa dando  brinquitos en busca del voto. 

Añadido (23.22.109) ¿Estarán consientes esos  bicicleteros dominicales del daño que les genera salir a respirar la porquería que hay en el ambiente de la Ciudad de México? ¿Quién les ha vendido que treparse al biciclo ese dia es saludable? ¿Acaso creen que las partículas acumuladas a lo largo de los seis días previos deciden retirarse a descansar el primer dia de la semana? Claro que a las autoridades les importa un soberano cacahuate lo que suceda con los ciclistas paseantes, lo que buscan es justificar su incapacidad para disminuir los niveles de PM2.5 y las nanopartículas que se respiran día con día y causan daños neurológicos irreversibles.

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