La prédica de Andrés Manuel López Obrador según la cual “no puede haber Gobierno y partidos ricos con pueblo pobre”, alude al México polarizado por la desigualdad y los privilegios. La presidencia imperial tuvo su culmen en los sexenios de Carlos Salinas de Gortari y Enrique Peña Nieto –con el agravante de la corrupción– y la partidocracia devino lastre para la balbuciente democracia. Agotado el sistema de partido único, el país mudó al bipartidismo PRI-PAN con un PRD que, visto a sí mismo como opción de izquierda moderada frente al radicalismo de AMLO, perdió su capital político al aliarse con ellos en el Pacto por México.
Los ciudadanos castigaron en las urnas la frivolidad y los excesos de Peña Nieto, así como la falta de compromiso e identidad de los partidos. Igual pueden hacerlo con AMLO y Morena en los comicios de medio periodo debido a los yerros de su Administración y al empeoramiento de la inseguridad, el desempleo, la pobreza y la economía, agravados por la pandemia de coronavirus. Sin embargo, otros sectores apoyan al Presidente por tratar de suprimir el capitalismo de compadres, la rapacidad política y el sistema de privilegios. López Obrador ha prescindido de la pompa y el boato y reducido los sueldos de la alta burocracia. También se propone disminuir en un 50% el financiamiento público a los partidos.
El sexenio de Peña Nieto fue una fiesta para la partidocracia. Los fondos federales a sus arcas crecieron desmesuradamente, y empezaron a depender más del Gobierno y menos de los ciudadanos. En el pecado llevaron la penitencia. El PRI obtuvo 16.3 millones de votos en la elección presidencial de 2012; y en 2018, 7.6 millones, una caída del 53%; Acción Nacional pasó de 12.7 a 9.9 millones, 21.4% menos; y el PRD, de 11.1, con AMLO en las boletas, a 1.6 millones como tándem del PAN, con lo cual perdió el 85.5% de su fuerza. (No se incluyen los sufragios de los partidos coligados).
Morena y AMLO actuaron en sentido contrario: se diferenciaron de los partidos y los candidatos del status quo, llamaron a las cosas por su nombre, acudieron directamente a los electores y ofrecieron una transformación, un cambio que el PAN, en 12 años de Gobierno, no pudo cumplir. El PRI, con Peña Nieto, perdió su última oportunidad. En su primera carrera por la silla del águila y en el tercer intento de AMLO, Morena recibió 25.1 millones de votos.
En las últimas elecciones presidenciales se emitieron 50.1 y 56.6 millones de votos, equivalentes al 63% de la lista nominal. La diferencia de 6.5 millones la explican los ciudadanos inscritos entre un proceso y otro. Los 20.9 millones de votos perdidos por el PRI, PAN y PRD en 2018 pasaron a Morena. El poder ha desgastado a AMLO, pero aun así es el principal activo de su partido para los comicios de 2021, en los cuales se elegirán 500 diputados federales, 15 gobernadores, mil 924 alcaldes y 30 congresos locales. El partido del Presidente encabeza las encuestas en la mayoría de los estados y distritos.
Los críticos de AMLO tratan de persuadir a la población de votar por un Congreso federal opositor para acotar al Presidente, cuya mayoría en las cámaras de Diputados y Senadores le ha permitido emprender reformas para aumentar aún más su poder. Empero, los partidos tradicionales (PAN, PRI y PRD) siguen sin levantar cabeza tras la debacle de 2018. Sin liderazgos políticos y sociales visibles, la cuarta transformación lleva ventaja
Más sobre esta sección Más en Coahuila