La frase que más me gustó de la película de Guillermo del Toro, Frankenstein, es la que le dice la criatura a Victor, su creador: “Si no puedo inspirar amor, causaré miedo”. Se lo dice como advirtiéndole que sin amor podría provocar mucho daño. No hay duda que esta frase resume su mayor deseo, la necesidad de compañía y comprensión.
En la novela Frankenstein, de Mary Shelley, la cita exacta aparece cuando la criatura le exige a Victor Frankenstein que cree un ser femenino para él: “Debes crear una hembra para mí, con quien pueda vivir en el intercambio de esas simpatías necesarias para mi ser. Esto sólo tú puedes hacerlo, y te lo exijo como un derecho que no debes negarme”.
En otras palabras: “Necesito una compañera o un amigo”. La criatura argumenta que, al igual que Adán en El paraíso Perdido de Milton, que tenía a Eva como compañera, él también merece un ser con quien compartir su existencia, pero sobre todo su profunda soledad.
El rechazo de Victor a esta petición, y la destrucción de la compañera antes de terminarla, es el punto de inflexión que lleva a la criatura a vengarse cruelmente de su creador y de su familia.
Hay que decir que la pareja de la autora de esta novela gótica era un poeta sumamente romántico y rico, Percy Bysshe Shelley, con quien contrajera matrimonio en 1816.
Él ya estaba casado con una joven, hija de un posadero de Londres, quien al separarse del poeta se suicidó. Cuando Percy conoció a Mary, en 1814, de 16 años –hija de la escritora, filósofa y muy feminista Mary Wollstonecraft, autora del libro, Vindicación de los Derechos de la Mujer– le inspiró tal pasión, que decidieron fugarse y viajar por Europa llevando una vida juntos, en unión libre, para escribir libremente literatura gótica, género literario que empezó a obsesionar a Mary.
Tuvieron cuatro hijos, pero sólo el último llegó a la edad adulta. La primera murió a los pocos días de nacida, el segundo a los 3 años y la tercera antes de cumplir 1.
El 8 de julio de 1822, antes de cumplir 30 años, Percy Shelley, muy creyente de las dietas vegetarianas, apareció ahogado en la bahía de La Spezia, en una repentina tormenta mientras navegaba en un velero.
Su corazón fue extraído durante la cremación y Mary lo conservó muchos años, envuelto en seda, hasta que ella murió. “Shelley, el escritor de algunas poesías infieles, se ha ahogado: ahora sabe si existe Dios o no”, escribió el Courier, un diario londinense muy conservador.
Mary era una joven sumamente libre para la época, “singularmente valiente, un tanto irrespetuosa y de mente abierta. Sus ansias de conocimiento son enormes y su perseverancia en todo lo que hace es casi invencible”, escribió su padre, William Godwin, sobre ella.
Desde que muriera su madre, tuvo una institutriz y tutora que le leía muchos libros sobre la historia antigua de Roma y Grecia, además de los libros que escribiera su padre especialmente para niños.
Por motivos de salud fue enviada a Escocia. En la introducción de su libro más famoso, Frankenstein, de 1831, escribió: “Imaginé este libro allí. Fue bajo los árboles que rodean la casa, o en las desiertas laderas de montañas cercanas, donde tuvieron lugar mis primeras ideas genuinas y los primeros vuelos de mi imaginación”.
Mary creía en el amor libre y en los derechos de la mujer. Con la ayuda de Percy amplió su cuento titulado: Frankestein o el Moderno Prometeo, escrito durante una estancia en Suiza en 1816, la cual describe como: “el momento en que por primera vez salté de la infancia a la vida real”.
Dice la Wikipedia que al ser publicada la obra, anónimamente, en enero de 1818, “los críticos y lectores asumieron que Percy Shelley era el autor, ya que el libro había sido publicado con su prólogo y dedicado a su héroe político William Godwin (padre de Mary)”.
Fue gracias a la escritura que Mary, muy deprimida por la muerte de sus dos hijos, recuperó el sentido de su existencia: la literatura y el amor por su pareja, su compañero con el que hablaba el mismo idioma y compartía los mismos ideales.
Ya como viuda, la mayor parte de su tiempo lo dedicó a rescatar y a publicar, entre uno que otro amante, la poesía de Percy Shelley. Porque, como Mary escribiera, “también merecía un ser con quien compartir su existencia y mitigar su profunda soledad”.
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