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Manzanas por concreto: el suicidio hídrico de la Región Sureste

Por JC Mena Suárez

Hace 6 meses

En este 2026, el termómetro global no sólo emite advertencias, sino sentencias. Con los glaciares retrocediendo a ritmos sin precedentes, el ciclo hidrológico ha entrado en una fase de volatilidad que los modelos econométricos tradicionales ya no alcanzan a procesar. Sin embargo, en la Región Sureste de Coahuila, la respuesta ante esta emergencia climática parece ser una huida hacia adelante: más concreto, menos infiltración y una preocupante inercia en el uso de polímeros de un solo uso que asfixian la infraestructura urbana.

El argumento central de este análisis es que Saltillo está operando bajo una “miopía del desarrollo”. Estamos intercambiando activos biológicos insustituibles -como las huertas de manzana de la sierra, reguladores térmicos naturales por excelencia- por fraccionamientos de corto valor agregado. Esta sustitución de suelo agrícola por planchas de asfalto no es progreso, es una transferencia de riqueza ambiental hacia la especulación inmobiliaria que ignora la externalidad más peligrosa de nuestra era: el agotamiento del acuífero.

Desde una perspectiva macroeconómica, el nearshoring ha inyectado un dinamismo innegable al PIB manufacturero de Coahuila, pero este éxito ha generado una presión demográfica que el sistema hídrico no puede sustentar. A pesar de que las altas tasas de interés suelen frenar el apetito constructor, en Saltillo la voracidad por nuevos desarrollos habitacionales parece inmune a la política monetaria. El riesgo que nadie está viendo es el “techo de cristal” del suministro: sin agua, la relocalización de empresas no será más que un espejismo de tres o cuatro trimestres antes de que los costos operativos por desabasto vuelvan inviables las líneas de producción.

La persistencia del plástico en la cadena de suministro y el consumo local es el síntoma de una brecha de productividad en la transición hacia la economía circular. Mientras los directivos hablan de estándares ESG (Ambientales, Sociales y de Gobernanza) en sus reportes anuales, la realidad en las calles de Saltillo refleja una desconexión total. El plástico no es sólo un contaminante, es el símbolo de una ineficiencia en la gestión de residuos que agrava las inundaciones y bloquea la recarga de mantos freáticos en cada tormenta.

La conclusión es ineludible: para el próximo trimestre, si no se establece una moratoria o un control estricto sobre la impermeabilización del suelo y la tala de zonas frutícolas en la sierra, Saltillo se enfrentará a olas de calor que reducirán la productividad laboral y encarecerán la vida urbana. La acción prioritaria no es sólo sembrar árboles, sino detener la “pavimentación del futuro”. La competitividad de Coahuila en la segunda mitad de la década no dependerá de cuántas naves industriales se construyan, sino de cuánta agua logremos mantener bajo el suelo que hoy, insensatamente, cubrimos con cemento.

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