Coahuila
Por María José César
Hace 2 meses
La ansiedad nos hace creer que vivimos en peligro constante. Un mensaje sin responder, una preocupación por algo o incluso un pequeño cambio en nuestra rutina pueden activar ciertas alarmas de nuestro cerebro. Sin embargo, la neurociencia nos recuerda que la ansiedad no es un enemigo, es un mecanismo de supervivencia que está diseñado para protegernos. El problema radica cuando esa alarma permanece encendida aún cuando ya no existe una amenaza real.
En El Pequeño Libro de la Ansiedad, la neurocientífica Sara Teller explica que nuestro cerebro está programado para anticipar riesgos. La amígdala cerebral, encargada de detectar el peligro, puede activarse con facilidad cuando vivimos bajo estrés, dormimos poco o acumulamos preocupaciones. Esto hace que nuestro cuerpo produzca hormonas como el cortisol y la adrenalina, preparándonos para “luchar o huir”. Si esta respuesta se mantiene durante mucho tiempo, comenzamos a sentir cansancio, dificultad para concentrarnos, tensión muscular y pensamientos repetitivos.
La buena noticia es que el cerebro también posee una extraordinaria capacidad para cambiar. Gracias a la neuroplasticidad, nuestras conexiones neuronales pueden fortalecerse o debilitarse según los hábitos que practicamos cada día. Esto significa que podemos entrenar a nuestro cerebro para responder con mayor calma y resiliencia.
En El Cerebro de la Gente Feliz, Sara Teller nos invita a comprender que la felicidad no depende únicamente de las circunstancias externas. Más bien, es el resultado de pequeños hábitos que favorecen el equilibrio de nuestro sistema nervioso. Dormir bien, realizar actividad física, mantener relaciones significativas, practicar la gratitud y dedicar unos minutos diarios a la respiración consciente ayudan a fortalecer la corteza prefrontal, la cual hemos visto que es la región del cerebro encargada de regular nuestras emociones y de tomar decisiones más equilibradas.
La felicidad tampoco significa estar alegres todo el tiempo. Un cerebro sano permite experimentar emociones difíciles sin quedarse atrapado en ellas. Las personas emocionalmente resilientes no tienen menos problemas, simplemente han desarrollado recursos para recuperarse con mayor rapidez después de las dificultades.
La neurociencia nos enseña que cada pensamiento repetido fortalece determinadas conexiones neuronales. Por ello, cultivar pensamientos compasivos, reconocer los pequeños logros diarios y enfocarnos en aquello que sí podemos controlar ayuda a crear circuitos cerebrales asociados con el bienestar.
En conclusión, la ansiedad y la felicidad no son estados permanentes, sino procesos que el cerebro puede aprender a regular. Cada respiración profunda, cada noche de buen descanso, cada conversación significativa y cada acto de autocuidado representan una oportunidad para construir un cerebro más fuerte, más flexible y preparado para enfrentar la vida con mayor serenidad. La ciencia confirma que el bienestar no ocurre por casualidad: también se entrena.
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