Espectáculos
Por
Redacción
Publicado el martes, 1 de abril del 2014 a las 00:27
Saltillo.- La firma del poeta Octavio Paz se parece a la de su padre: la misma O abierta y sin remate, el mismo ritmo, la misma inclinación. ¿Cuántas veces habría visto esa rúbrica en los papeles de O. Paz y Cia. Editores? Pero lo cierto es que la presencia intermitente del padre no alivió la experiencia de la soledad.
El primer encuentro real entre ambos había ocurrido en Los Angeles. Nuevo rostro de la soledad, la soledad como extrañeza en un país y un idioma ajenos. De vuelta a México, inscrito en los buenos colegios confesionales y después laicos de Mixcoac y México, otra vuelta a la tuerca de la extrañeza.
Por su aspecto físico, los otros niños lo confundían con extranjero: “yo me sentía mexicano pero ellos no me dejaban serlo”. El propio Antonio Díaz Soto y Gama, protagonista del zapatismo y compañero de su padre, exclamó al verlo: “Caramba, no me habías dicho que tenías un hijo visigodo.” Todos menos él se rieron de la ocurrencia.
A su madre Josefina ―que a menudo dejaba escuchar los cantos del terruño andaluz― la tuvo presente hasta su muerte, ya muy anciana, en 1980: ella mitigaba el desamparo, el hueco, la carencia. No sólo su madre, también su tía Amalia, quien lo inició en la literatura. (Amalia había sido amiga del mayor escritor del modernismo mexicano, el poeta y cronista Manuel Gutiérrez Nájera.) Años más tarde, las mujeres que amó ―a menudo de manera intensa y atormentada― le abrieron la puerta hacia su temprana vocación, la poesía.
El padre, en cambio, no era puerta de salida sino muro de silencio. El hijo hubiera querido compartir su soledad, comulgar con él, poner la vida en claro.
“Casi me era imposible hablar con él ―confesó medio siglo después― pero yo le quería y siempre busqué su compañía. Cuando él escribía, yo me acercaba y procuraba darle mi auxilio. Varios de los artículos suyos yo los puse en limpio, a máquina, antes de que él los llevara a la redacción. Ni siquiera se daba cuenta de mi afecto, y me volví distante. La falla de mi padre, si es que la tuvo, es que no se dio cuenta de ese afecto que yo le daba. Y es muy probable que tampoco se diera cuenta de que yo escribía. Pero nada le reprocho”.
Para leer más: http://es.scribd.com/doc/215541446/Octavio-Paz-33-43-1
*Fragmento del libro “Octavio Paz. El poeta y la Revolución”, de Enrique Krauze. Cortesía de Penguin Random House
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