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Coahuila

El que rompe, paga

Por Irene Spigno

Hace 3 años

Uno de los valores y principios más importantes de nuestras sociedades es el de responsabilidad. La responsabilidad, dependiendo del ámbito de la vida en la que se aplica, puede tener muchas connotaciones. Es un concepto multifacético, pero si quisiéramos ser directos en cuanto a su significado, ser responsable significa aceptar las consecuencias de nuestros actos.

Aún cuando es cierto que es algo que se exige principalmente a los adultos, tampoco podemos negar que es algo que se tiene que enseñar a los niños desde pequeños. Porque los niños entienden y muy bien. No vamos a entrar aquí ahora en la discusión acerca de la educación responsable, aunque deberíamos hacerlo, ya que solo las personas que han recibido una educación con cierto tipo de valores serán capaces de ser adultos responsables.

Y las personas que no, también tienen posibilidad de ser adultos responsables, pero tendrán que trabajar mucho más en sí mismos. Se puede hacer, por supuesto, pero implica mucho trabajo, esfuerzo y compromiso.

La responsabilidad es un concepto básico también en materia de derechos humanos. De nada va a servir que tratados internacionales, constituciones, leyes, políticas públicas, sentencias, y otros miles de documentos reconozcan los derechos humanos y sus garantías si al mismo tiempo no se establecen, de manera clara, las responsabilidades de cada uno de nosotros. Sí, de cada uno de nosotros.

No solamente las y los funcionarios públicos y las instituciones tienen obligaciones y responsabilidades al momento de proteger y garantizar los derechos humanos, sino que también nosotras y nosotros como personas, en el desarrollo de nuestras vidas cotidianas, tenemos que desempeñarnos con responsabilidad y mucha, pero mucha, congruencia.

¿Como le podemos exigir al Estado que respete nuestros más básicos derechos humanos si somos nosotros los primeros que no los respetamos con nuestros pares o a lo largo de nuestras vidas? ¿Cómo podemos pretender que se nos defienda legalmente cuando alguien nos ofende o insulta – y este es un abuso de la libertad de expresión – si nosotros somos los primeros que ofendemos e insultamos a los demás?

Muchas de las personas que están leyendo esta columna estarán pensando que cuando somos nosotros los que violamos los derechos humanos de alguien más lo hacemos bajo alguna justificación (la que sea), mientras los demás no tienen ninguna justificación. Y una vez más regresamos a aquella dinámica perversa de sentirnos “víctimas” de todo un sistema como si fuéramos el centro del mundo.

Claro, estoy hablando de un sentirse “víctima” de manera muy distinta al “ser” de verdad víctima de algún delito o violaciones graves a derechos humanos. Este último caso es muy distinto y el Estado de derecho ya tiene todos los instrumentos necesarios para protegernos y garantizar el respeto de nuestros derechos. Evidentemente, en este espacio no estoy haciendo referencia a este último concepto.

Mis reflexiones van dirigidas más a generar una consciencia general y colectiva acerca de la construcción de un fuerte sentido de responsabilidad en el desarrollo de nuestras vidas profesionales y personales. En lo profesional, tenemos que ejercer nuestras profesiones con responsabilidad, para conseguir los mejores resultados posibles y para dar lo mejor de nosotros, independientemente de cuál nuestra actividad: ya sea que seamos estudiantes, maestros, investigadores, carpinteros, magistrados, meseros, doctores, etc. Sea cual sea. Nos quejamos mucho de los demás, de lo mal que hacen las cosas…. ¿y nosotros? ¿Cuál es nuestro desempeño?

Es lo mismo en la esfera personal. ¿Cuál es nuestro desempeño como madres o padres, hijas o hijos, hermanas o hermanos, amigas o amigos, pareja? ¿Somos personas responsables?

Hay que agregar un elemento más: en todas nuestras relaciones (profesionales y personales) hay que ser responsables afectivamente. Es decir, debemos tener empatía y pensar en lo que nuestros comportamientos pueden generar en las otras personas. Claro, tampoco podemos controlar todo lo que sucede, pero es nuestra responsabilidad, especialmente con las personas que queremos, escuchar, observar y ver si nuestras actitudes generan malestares o dolor. Y no vale esconderse detrás de un “Yo soy así”. Y tampoco vale dejar ir nuestra esencia para complacer a los demás. ¿La solución? Mantener una comunicación que sea efectiva, para poder ir desarrollando mejores relaciones que sean más satisfactorias para todas las partes involucradas y llegar a nuestra mejor versión. Y saber pedir perdón.

 

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