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Coahuila

El rencor, la culpa y el PTE

Por Jorge de Jesús 'El Glison'

Hace 3 semanas

Gracias a mi propia experiencia, los extensos estudios que he realizado sobre el cerebro y la mente humana, añadiéndose además a ello, mi aprendizaje de retroalimentación con las personas a quienes he dado tratamiento con mi técnica del Proceso de Transmutación Emocional (PTE), he percibido que, los dos más profundos y difíciles de erradicar de los sentimientos o emociones humanas negativas que aquejan a la humanidad, son el rencor y la culpa, o sea, la incapacidad de perdonar y de perdonarse a uno mismo, a través del arrepentimiento sincero.

¿Y por qué sucede esto? A continuación, describo en este espacio mis deducciones concebidas a través de las investigaciones y análisis que he llevado a cabo durante muchos años.

Desde el principio de la humanidad, nuestra supervivencia como especie no dependió de la fuerza física, la velocidad, o la posesión de colmillos o garras afiladas.

Éramos seres frágiles, físicamente vulnerables y desprotegidos ante un entorno hostil repleto de depredadores. En este contexto de desventaja biológica, nuestra principal herramienta de supervivencia fue el desarrollo de un sistema nervioso altamente especializado en una sola función específica: sobrevivir.

El cerebro humano, a lo largo de su evolución, desarrolló una alarma biológica incesante diseñada para registrar, almacenar y recordarnos todo el dolor y el daño que hemos padecido.

Su propósito original no era hacernos sufrir al insistir en no olvidar los sucesos negativos, sino protegernos: recordar lo malo para mantenernos en un estado de alerta perpetua ante el peligro.

Esta es la razón por la cual nos es tan difícil perdonar a quienes nos dañan. El rencor y el odio son sentimientos intensos, primitivos y profundamente arraigados que el cerebro utiliza como escudos.

La mente retiene la ofensa para garantizar que no volvamos a confiar y, por ende, no volvamos a ponernos en riesgo. De la misma manera opera la culpa, esa pesada carga emocional que nos negamos a soltar.

Desde nuestros orígenes de supervivencia tribal, la culpa es una alarma que le recuerda al individuo constantemente que aquella persona a la que daño, podría intentar vengarse. Es el miedo visceral a la represalia, y a la expulsión del grupo social, lo que hace que la culpa sea tan difícil de desarraigar.

En el centro neurológico de este sistema de supervivencia se encuentra la amígdala cerebral, una pequeña estructura con forma de almendra ubicada en el lóbulo temporal. Investigadores pioneros de la neurociencia contemporánea, como el doctor Joseph LeDoux, han demostrado exhaustivamente que la amígdala funciona como la centinela del miedo.

Cuando enfrentamos un trauma o una herida emocional, la amígdala “secuestra” literalmente partes del cerebro, inhibiendo o desconectando la corteza prefrontal (encargada del pensamiento lógico y el raciocinio) y prioriza la primitiva, automática, y simple respuesta de lucha o huida.

Además, la amígdala da instrucciones a las glándulas suprarrenales de generar hormonas del estrés, principalmente adrenalina, noradrenalina y cortisol, esto propicia que suba la presión arterial, que aumente el ritmo cardiaco y se dilaten las vías respiratorias para actuar de inmediato ante una situación peligrosa, luchando o huyendo como ya se mencionó líneas arriba.

Mantener las barreras sicológicas y el estado de alerta requiere de una cantidad monumental de energía síquica y neuroquímica, provocando un gran desgaste físico, mental y emocional, y llegando incluso a derivar en enfermedades sicosomáticas, que son problemas físicos reales que tienen su origen en situaciones de trauma, estrés, ansiedad, o conflictos emocionales no expresados.

Al relacionar en mi tesis estas reacciones fisiológicas al contexto sicológico, vinculo la teoría de Sigmund Freud en la que expresa que la dificultad para perdonar y arrepentirse puede entenderse a través de mecanismos de defensa fundamentales como la fijación y la compulsión a la repetición.

Freud postuló que el siquísmo humano tiende a repetir y aferrarse a las experiencias dolorosas pasadas como un intento, por lo general fallido, de dominar una angustia original.

Asimismo, la negativa a perdonar actúa como un mecanismo de aislamiento del afecto y formación reactiva, donde el ego prefiere aferrarse al sufrimiento conocido, que le otorga una falsa ilusión de control y vigilancia, antes que exponerse a la vulnerabilidad que requiere el acto de soltar el rencor y la culpa.

La combinación de estas reacciones fisiológicas, mentales y emocionales, es lo que propicia que sea tan difícil dar solución a las problemáticas de las personas que sufren el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), aunado a que las sesiones alternas de las psicoterapias tradicionales son de muy corta duración (50-60 minutos), y durante todo ese tiempo la amígdala está en su máximo pico de actividad.

Ante este panorama de atrincheramiento biológico y psicológico, es que adquiere sentido uno de los elementos principales y más revolucionarios del PTE: la Terapia de Intensa Duración Continua.

¿Por qué este modelo obtiene resultados mucho mejores y más rápidos que las sesiones aisladas y alternas? La respuesta reside en la biología de la resistencia.

Al sostener el trabajo terapéutico durante varias horas continuas de manera ininterrumpida, el PTE logra que el cerebro tenga la oportunidad de liberarse del rencor y la culpa. Continuara…

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