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Coahuila

El rencor y el perdón

Por Jorge de Jesús 'El Glison'

Hace 5 años

Pasadas las tribulaciones del periodo electoral, considero que es oportuno escribir unas líneas sobre el futuro de las personas, que, como políticos, fueron elegidos para detentar algún puesto público.

¿Qué va a pasar con ellos? No me refiero a qué pasará en sus carreras políticas, sino, algo que considero más importante, ¿qué pasará con sus vidas, con sus valores, con su forma de pensar, de sentir de actuar? ¿Qué pasará en sus mentes, en sus corazones?

Difícil vida la de un político, a excepción de lamentablemente muy pocos, habitualmente tienen que mentir, que engañar, que traicionar, inclusive a sus más cercanos amigos y colaboradores, además por supuesto de hacer lo mismo con el mismo pueblo que los eligió, quienes confiaron en ellos en las urnas para llevarlos al poder. Lamentablemente hemos presenciado mucho y muy seguido esto en el escenario del Gobierno federal. Qué pena, pena por nuestro país y nuestro pueblo, pero, además, como se dice, “qué pena ajena” por ellos mismos. La ambición es la mayor perdición del ser humano en todos sentidos, y esa ambición desmedida por el poder a toda costa, por obtener y acumular dinero mal habido, es la mayor maldición para quien lo lleva a cabo e inclusive para sus familias, a veces por varias generaciones.

Yo confío plenamente en que eso no pasará en Coahuila, por lo menos en el corto plazo, mientras estén en sus puestos los recién elegidos alcaldes Chema y Román, sé que no pasará en Saltillo y Torreón. Asimismo, confío en el gobernador Riquelme, que, aunque no tengo el gusto de conocerlo, se ha distinguido por una trayectoria limpia, concentrada acuciosamente en el cumplimiento del trabajo y del deber. Qué puedo decir del actual Alcalde de Saltillo, Manolo Jiménez Salinas, de quien por todos lados se nota su labor en el municipio y la gente se expresa siempre favorablemente de su persona, y que, aunque él relativamente ya va de salida en esta etapa, seguramente en sus próximas funciones dará los mejores resultados por su entrega total y buena voluntad. Hay una razón punto medular de esta columna, por la que confío en que los mencionados desempeñarán bien sus labores. Creo que todos ellos quieren ser felices, y desean ser recordados con amor y agradecimiento por su pueblo; yo creo que quieren que a donde sea que vayan, aun cuando hayan dejado sus puestos públicos, la gente los salude con respeto, cariño y agradecimiento. Esa para mí es la mejor recompensa para un ser humano, y es mucho más difícil de lograr y conservar para un político, por eso es mucho más valioso que para nadie más.

Yo escribí hace tiempo una frase que dice lo siguiente:

“La vida de un hombre es tan útil y valiosa, como valiosa y útil sea su aportación para las vidas de los demás, de sus congéneres, de sus compatriotas”.

Saco todo esto a colación el día de hoy, para poder hacer una comparación con quien tuvo la oportunidad de hacer algo muy bueno por su pueblo, pero decidió hacerlo con rencor solo para él mismo y quienes le acompañan, y como se dice, “en el pecado se lleva la penitencia”. Él pudo ser un Presidente recordado con respeto y amor de haber cumplido sus promesas, pero ha hecho exactamente todo lo contrario, convirtiéndose en la mayor decepción de la historia de México. Qué gran abismo existe entre este personaje y una de las personalidades que yo más admiro de la historia reciente, el gran Nelson Mandela. Quienes sepan de su historia sabrán de su gran valor y valía como ser humano y como político. En lo que me resta de espacio en esta columna intentaré describir su trayectoria.

Nelson Rolihlahla Mandela (18 de julio de 1918 – 5 de diciembre de 2013) fue un abogado, activista contra el apartheid, político y filántropo que gobernó Sudáfrica de 1994 a 1999. Fue el primer mandatario negro en resultar elegido por sufragio universal en su país. Su gobierno se dedicó a desmontar la estructura social y política heredada del apartheid a través del combate del racismo institucionalizado, la pobreza, la desigualdad social y la promoción de la reconciliación social. En 1962 fue arrestado por su lucha contra el racismo del apartheid, por lo que fue sentenciado a prisión perpetua. Estuvo encarcelado durante 27 años, campañas internacionales abogaron por su liberación, y fue liberado en 1990. Intervino en las negociaciones políticas con el presidente Frederic de Clerk para abolir el racismo del apartheid y establecer las elecciones generales de 1994, en las que Mandela triunfó en las urnas. La gran diferencia que deseo destacar entre quien hoy nos gobierna con rencor en México, y el gran Nelson Mandela, es que cuando ya estaba en el poder, y todos sus colaboradores de raza negra le exigían venganza y represalias contra sus opresores blancos, los mismos que lo habían encarcelado y torturado, él prefirió tomar la vía del perdón y la conciliación, afirmando que era la única forma de poder gobernar un país de manera eficiente y democrática. Se dedicó a unir y construir en lugar de dividir y destruir. Llevó a Sudáfrica a mejores niveles en todos sentidos y aun cuando su pueblo se lo pedía, no se quiso reelegir. Se ganó el respeto y apoyo de la comunidad internacional, lo que le hizo acreedor a más de 250 menciones honoríficas y otros galardones, entre ellos el Premio Nobel de la Paz, la Medalla Presidencial de la Libertad y el Premio Lenin de la Paz. En Sudáfrica es considerado como una figura del más alto respeto en general, donde todos le llaman el Padre de la Nación Sudafricana.

Ojalá algún día gobierne en México alguien como Nelson Mandela.

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