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Coahuila

El tiempo en nosotros

Por Sandra Rodríguez Wong

Hace 5 meses

El origen de la celebración de los cumpleaños es un mosaico de historias, culturas y simbolismos que atraviesan el tiempo y las civilizaciones. Al escribir sobre la celebración de un año más, nos sumergimos en la magia y el significado que rodea a un hecho aparentemente simple, pero que en esencia reconoce la existencia misma.

En las arenas del Egipto antiguo, el cumpleaños no era una conmemoración individual, era una reverencia al faraón y a la eternidad de su alma. La idea de venerar la vida vinculada a aspectos astrológicos y divinos, sentó las bases de una cultura que empezaba a entender la temporalidad de la existencia en medio del respeto a lo sagrado. Luego vino Grecia, donde los festejos se asemejaban a homenajes a los dioses, con ciclos de banquetes, juegos y ofrendas, en honor tanto a la divinidad como al ser humano. Los griegos también comenzaron a celebrar los “fulías”, las efemérides personales que marcaban el inicio de la vida de alguien, destacando la importancia de la individualidad y la celebración de la vida.

En Roma, el espíritu de celebración se hizo más individualista y festivo. Los “natalicia” se instauraron como un acto de veneración al propio nacimiento, acompañados de banquetes, música y regalos. En la Edad Media, la Iglesia cristiana reprobó esta práctica por considerarla de origen pagano. Sin embargo, las conmemoraciones a los santos surgen, y con ellas la tradición de esta celebración en su contexto de agradecimiento a Dios.
La mujer, en su historia, empezó a tener un papel en estas celebraciones a medida que se reconocía su existencia social. En la antigua Roma, la sociedad patriarcal relegaba a las mujeres en muchos aspectos de la vida pública y social, incluyendo las festividades, además de que el festejo de cumpleaños fue inicialmente una prerrogativa exclusiva de las élites. Sería hasta la Edad Media y el Renacimiento que el cumpleaños, en su forma moderna, adquirió mayor importancia.

En nuestro país, las fiestas con piñatas y baños de alegría envueltos en papeles de colores, evocan la unión y la tradición popular. En otras culturas alrededor del mundo, encontramos algunas prácticas originales, como tirar de las orejas al cumpleañero una vez por cada año que cumple, como en España, o en los pueblos alemanes, que al hombre soltero de 30 años lo obligan a barrer las calles de su pueblo mientras sus amigos van tirando basura delante de él, a fin de que las jóvenes casaderas vean que el mozo es capaz de limpiar y mantener su hogar.

Costumbres que en diferentes partes del mundo han perdurado incluyen las velas en un pastel, una ofrenda a la diosa Artemisa iniciada en Grecia con un pan redondo, como la luna, elaborado de harina, cereales y miel, y que al consumirse los cirios montados a su alrededor cumplían las promesas de larga vida y prosperidad.

Hoy, al celebrar el cumpleaños de una gran amiga, reflexiono sobre cómo estas tradiciones ancestrales que parecen tan simples y cotidianas, contienen en su esencia una búsqueda profunda: la afirmación de la vida, la valoración del tiempo y la celebración de la persona en compañía de familia y amigos. En un mundo donde los días parecen acelerarse, detenerse en una fiesta, sea grande o pequeña, es recordar que, en el ciclo de la vida, cada año vivido es un poema que se escribe con risas, lágrimas, historias y sueños.

Celebrar un cumpleaños es el reconocimiento de que somos parte de un vasto devenir y que, en cada aniversario, habitamos una historia que merece ser celebrada y recordada. Porque en el recuerdo que el tiempo deja en nuestra memoria, encontramos los secretos de nuestra existencia y la esperanza de seguir creando, en cada día, nuevos versos de vida.

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