Tal vez se habrá preguntado alguna vez, pues ¿qué tan importantes, tan poderosos son personajes como Joaquín López-Dóriga, Carlos Loret de Mola, Víctor Trujillo, Denise Dresser y dos docenas más de comentaristas, analistas y comunicadores?
Pues deben ser extremadamente importantes y poderosos, tanto que el Presidente se dedica, un día sí y el otro también, a criticarlos, insultarlos e intentar reducirlos a esbirros de la mafia en el poder.
El Presidente tendrá sus razones (espero) para dedicar largos minutos en ese show mediático en que ha convertido las mañaneras, para intentar denostarlos, para descalificarlos, por lo que son o fueron, pero, eso sí, muy rara vez por lo que señalan o acusan.
La forma más sana, eficiente, digna; la única que corresponde a una autoridad para frenar o revertir presuntas campañas de desprestigio es atender el fondo, responder con datos precisos, con argumentos sólidos. La peor forma es minimizar señalamientos, responder con insultos y descalificaciones, como si con ello se borraran los problemas, errores o contratiempos en esa tarea de transformar al país. No, así lo único que se alimenta es un show de dimes y diretes, propio de un país bananero.
A golpes de retórica y, especialmente, cuando lo que se dice no tiene sustento en la realidad, pues se podrá gobernar un país bananero con una ciudadanía vencida, pero no a México, que más allá de esa entelequia de “pueblo bueno y sabio”, está lleno de ciudadanos que merecen respeto.
Los Loret, los Trujillo, los Dresser y los López-Dóriga están en lo suyo. Fueron lo que fueron y son lo que hoy pueden o quieren ser. Tendrán su público, su audiencia y lo que digan o señalen podrá tener algún sesgo, incluso podrá haber cierta manipulación de los datos disponibles en la ponderación de lo malo, pero son señalamientos que, si no se ignoran, pues deben ser contrastados con información sólida, precisa.
Si señalan y critican y ello molesta, pues corresponde precisar, con datos y argumentos, pero resulta indigno de la investidura presidencial, el subirse al carro del conflicto, todos los días con estos personajes, y más indigno aún, reducir la réplica a esos generosos insultos y descalificaciones.
No, ese show de dimes y diretes será propio de un país bananero, pero resulta una verdadera falta de respeto a los ciudadanos mexicanos y, por supuesto, a la propia investidura presidencial.
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