Por: Roberto Gómez Junco
A unos días del inicio del Torneo de Clausura 2025 siguen los equipos armándose como pueden.
Como cada seis meses, adquiere un papel preponderante el rol de los promotores, que no es nocivo en sí mismo, que no es dañino en su esencia ni en teoría, pero suele serlo en la práctica.
Si respetara en esa esencia el origen de la función, si actuara como facilitador, como intermediario, el promotor podría cumplir no sólo con un rol legítimo, sino además benéfico.
Un rol que debería ser enaltecido, porque bien desempeñado puede abonarle al espectáculo que se brinda, a la calidad del producto que se ofrece.
El problema surge cuando esa legítima función de promover se distorsiona, cuando se engaña para así encarecer el producto vendido, cuando se ofrece a los bultos como si fueran aceptables jugadores, o a los apenas aceptables como muy buenos, o a los muy buenos como si fueran incomparables cracks.
Como en la mayoría de los casos se llevan a cabo esas compraventas y contrataciones utilizando dinero ajeno, el terreno queda propicio para la corrupción, para los tejemanejes y los contubernios, para generar ese río revuelto que produzca ingentes ganancias para los avorazados pescadores.
El dirigente del club que vende es convencido de pedir más que lo que al propio dueño le será entregado, el dirigente de quien compra convence al suyo de que sigue siendo muy buena la oferta, y la diferencia se la reparten entre los tres o cuatro que hayan concebido y ejecutado el inmoral negocio.
Evidentemente inmoral, pero ni siquiera ilegal o antireglamentario, porque no hay ley ni reglamento que sancionen el asunto, ni nadie que lo revise.
Sólo un sencillo y simplificado ejemplo que puede servir para más o menos vislumbrar lo que a veces sucede en ese tipo de arreglos y transacciones, y que al suceder no sólo provoca que del legítimo rol se pase a las ganancias ilícitas y que esa provechosa función de intermediario se pervierta, sino que además impacta negativamente en el nivel futbolístico de equipos en los que la perversa maquinaria produce una y otra vez sus dañinos efectos.
Las ilícitas ganancias de unos cuantos, en detrimento de la calidad de los planteles, y en consecuencia, del patrimonio de los dueños de los equipos.
Para limitar ese margen de maniobra de los deshonestos, para cerrarles el espacio a la corrupción y a los malos manejos, urge transparentar el trabajo de los promotores, acotar sus atribuciones, revisar a fondo sus transacciones.
Y de parte del promotor, lo que procede es enaltecer ese rol respetando su esencia, desempeñarlo con honestidad y explicar con claridad cómo se desempeña.
Promover a los futbolistas con total transparencia y a la vista de todos, sin inflarlos ni desinflarlos.
Parece mucho pedir, porque en ese caso el negocio ya no lo sería tanto.
Más sobre esta sección Más en Coahuila