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Grupo Zócalo
Publicado el lunes, 20 de abril del 2026 a las 18:49
Ciudad de México.- En muchas casas, la escena se repite sin cuestionamientos: un adulto pide a un niño que salude “como se debe”, con un beso o un abrazo. La frase suena cotidiana, casi automática. Pero detrás de ese gesto hay una discusión cada vez más presente entre especialistas en educación, crianza y protección infantil.
La coach Sofía Díaz Pizarro lo plantea sin rodeos: forzar muestras de afecto enseña a niñas y niños a ignorar lo que sienten. Y eso, advierte, puede abrir la puerta a situaciones de riesgo.
“Cuando un menor aprende que debe obedecer aunque se sienta incómodo, su capacidad para poner límites se debilita”, explica. Por eso insiste en un principio sencillo pero potente: respetar su autonomía corporal.
La idea es clara: el cuerpo no es territorio de negociación social.
Desde la UNICEF se ha insistido en que enseñar a los menores a reconocer su cuerpo y expresar incomodidad es una herramienta básica de prevención del abuso. Nombrar las partes del cuerpo correctamente, identificar emociones y validar el rechazo son pasos fundamentales.
En la misma línea, la maestra Claudia Bravo, de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, advierte que muchos adultos reproducen prácticas que parecen inofensivas, pero envían mensajes contradictorios.
“Pedir un beso en público, frente a otras personas, puede generar presión y confusión. El niño no distingue entre afecto genuino y obligación”, señala.
El contexto en México vuelve urgente la conversación. De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, el país enfrenta uno de los escenarios más complejos en materia de abuso sexual infantil.
Datos de ONU Mujeres México indican que 6 de cada 10 casos ocurren dentro del entorno cercano: familiares o personas de confianza.
Esto rompe con la idea del peligro externo y obliga a mirar hacia dentro de casa, hacia dinámicas que durante años se consideraron normales.
Para Díaz Pizarro, el momento en que un adulto respeta la negativa de un niño no es menor. Es una escena que deja huella.
“Su cerebro aprende que tiene autoridad sobre sí mismo, que puede decir no y que será escuchado”, afirma.
Y añade algo que suele incomodar a los adultos, pero que vale la pena repetir:
no es un desaire, no es falta de educación.
Es una lección de vida.
Especialistas coinciden en algunas prácticas concretas:
Validar emociones: si no quiere saludar, escuchar sin juzgar.
Ofrecer alternativas: un saludo con la mano o una sonrisa.
Evitar la presión social: no insistir frente a otros.
Nombrar el consentimiento: explicar que su cuerpo le pertenece.
Reforzar la confianza: que sepan que pueden hablar sin miedo.
En una cultura donde el afecto suele expresarse con contacto físico, cambiar hábitos no es sencillo. Pero la diferencia entre una costumbre y un riesgo puede estar en un gesto tan pequeño como respetar un “no”.
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