Saltillo
Por
Paola Casas
Publicado el martes, 3 de febrero del 2026 a las 03:36
Saltillo, Coah.- Con el estandarte de la réplica de la tilma de la Virgen de Guadalupe avanzó lentamente entre rezos, cantos y cirios encendidos en peregrinación, religiosas y religiosos de distintas congregaciones. Caminando juntos hacia el Santuario de Guadalupe para celebrar el Día de la Vida Consagrada, una jornada que este año se vivió en el marco de la festividad de la Candelaria y que fue ofrecida, dijeron, “para seguir firmes en la vocación”.
El ambiente fue íntimo, familiar. Rostros jóvenes y otros marcados por los años compartieron el mismo paso y la misma intención. Ya en el templo, durante la misa solemne, el obispo de Saltillo, monseñor Hilario González García, recordó que la vida consagrada no es una vocación aislada, sino profundamente vinculada a la Iglesia y a la humanidad.
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Todos los de una misma familia tienen la misma sangre, y por eso Jesús quiso hacerse de nuestra misma sangre”, expresó al inicio de su homilía.
El obispo agradeció de manera directa la presencia y el trabajo apostólico de las comunidades religiosas en la Diócesis de Saltillo.
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Gracias, hermanas y hermanos, por su presencia tan querida y por su labor apostólica. Ustedes nos hacen recordar lo que Jesús ha hecho: hacerse parte de nuestra familia para que toda persona se sienta verdaderamente hija de Dios”, señaló, mientras los asistentes asentían en silencio.
Monseñor Hilario subrayó que la consagración no es una renuncia estéril, sino una entrega viva y concreta.
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La entrega generosa de la propia vida por el bien del prójimo no es una Iglesia desconectada de la realidad, sino un compromiso que nos impulsa al servicio misericordioso, como el de Jesús”, afirmó. Dijo que ese testimonio se expresa en cada obra, escuela, parroquia y espacio donde las familias religiosas están presentes.

Uno de los momentos más emotivos de la homilía llegó cuando el obispo compartió una experiencia personal al reencontrarse con una religiosa de edad avanzada, a quien conocía desde años atrás.
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Cuando la saludé, ya no me reconocía. Ha perdido la memoria de muchas cosas, pero no ha perdido su identidad: está aquí para servir”, relató. Esa imagen, dijo, resume el sentido profundo de la vida consagrada: servir incluso cuando ya no queda reconocimiento humano.
Dirigiéndose nuevamente a las religiosas y religiosos, los llamó a no medir su vocación con los criterios del mundo.
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La mejor participación no es la prudencia de este mundo, sino el poder del Crucificado”, expresó, recordando que Cristo “fue probado por medio del sufrimiento y hoy puede ayudar a los que estamos sometidos a la prueba”.

Antes de concluir, monseñor Hilario exhortó a que la experiencia de Dios no se quede encerrada. “Que la vida consagrada no se quede bajo la vasija de sus casas religiosas, sino que salga, que fermente, que transforme y lleve concordia a lo social, a lo humano”, dijo.
Y pidió que las comunidades sigan siendo “luz y esperanza” en medio de un mundo que, afirmó, sigue necesitando testigos auténticos de fe.
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