Arte

Publicado el lunes, 11 de diciembre del 2023 a las 06:42
Ciudad de México.- Antes de convertirse en historiador, Antonio Rubial García (Ciudad de México, 1949) galardonado con el Premio Nacional de Artes y Literatura 2022, desmigajaba relatos entre sus compañeros.
En su niñez organizaba con los amigos sesiones de cuentos y obras de teatro y, algunos años después, en su juventud, programaba visitas guiadas a Chapultepec. Era un entretenimiento que le regocijaba.
“…ramos (mis compañeritos y yo) muy nerd, porque nos gustaba la ópera”, recuerda. A Rubial le interesaba en particular Aída, de Verdi, la cultura egipcia y la historieta Vidas ejemplares, dedicada a difundir la vida de los santos y santas de la iglesia católica.
Su futuro, sin embargo, debía transcurrir entre leyes y litigios. Al menos ese horizonte prefiguró para él su familia.
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Presiones familiares”, cuenta en entrevista, le hicieron matricularse en la Facultad de Derecho de la UNAM, donde estudió dos años, hasta que el movimiento estudiantil de 1968 agitó no solo al País sino al joven Rubial, quien en lugar de dirigirse a los tribunales a litigar, como lo hacían sus compañeros, optaba por visitar la facultad aledaña: Filosofía y Letras (FFyL).
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Durante el movimiento de 1968, que fue para todos un parteaguas, me cambié a la carrera de historia y a partir de ahí, todo lo que me profetizaban sobre el fracaso y sobre que me iba a morir de hambre y no iba a tener trabajo, pues no resultó tan cierto. Era una vocación desde muy pronto y creo que la historia es muy importante para entender no solamente nuestro presente, sino para entendernos como seres humanos”, enfatiza el historiador, quien no solo abrazó las humanidades, sino que considera que estas deberían abrazar todo.
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Creo que el cuestionamiento no es si las humanidades sirven o no, sino llevar las humanidades más allá de la Universidad, más allá de la educación: llevarlas a los medios de difusión, a la televisión, a la calle. Creo que es la función de nosotros, y de los periodistas incluso”, señala.
El autor de La santidad controvertida, galardonado en el campo de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía, considera que las humanidades permiten forjar una actitud crítica, para cuestionar no solamente lo que se dice todos los días, sino también por qué se dice.
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Cuando mis alumnos ingresan a la Facultad de Filosofía y Letras –o cualquiera que ingrese a la facultad– están ingresando a un cambio de perspectiva, de mentalidad, porque se dan cuenta de que la realidad es mucho más compleja de lo que se nos dice, que no hay blanco y negro, que hay una gama de grises enorme en medio, y que la posibilidad que tenemos de comprender esa complejidad precisamente nos la dan las humanidades: la filosofía, la historia, la literatura, las artes, es la única forma que tenemos para hacernos conscientes de esa complejidad”.
Trascender el trauma
Pero en un mundo cada vez más simplificado, que reduce los espacios y las líneas para expresar una idea, solo pueden plantearse vaguedades, lugares comunes, previene el especialista en Edad Media, Nueva España, historia social de la Iglesia e historia de la vida cotidiana, intereses que ha desarrollado en libros como Monjas, cortesanos y plebeyos. La vida cotidiana en la época de sor Juana y Los libros del deseo.
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La gente se siente muy cómoda con los lugares comunes. Son cómodos, porque es una forma simplista de ver la realidad; cuando sales de los lugares comunes la gente se siente conflictuada”.
Así funcionan los discursos de los políticos –dividen entre buenos y malos– y por eso son tan exitosos, lo mismo que los propagados por la religión, plantea el premio Universidad Nacional 2008 y miembro de número de la Academia Mexicana de la Historia.
Esta simplificación se hace patente también en la historia, por ejemplo la relativa a la época colonial, advierte.
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Ha existido durante mucho tiempo, de hecho desde la Independencia, una cierta visión negativa de este periodo, que yo creo fundamental para entender nuestra historia y nuestras identidades –porque no tenemos una sola– que como pueblo se generaron en este periodo, en esta época tan mal vista desde la Independencia, como una época de explotación, de miseria.
“Es cierto: hubo explotación, no se puede negar, pero también fue una época en la cual se conformó nuestro bagaje cultural, en el que todavía estamos inmersos. Seguimos hablando castellano como la lengua más difundida, seguimos teniendo una cultura occidental cristiana, somos un País muy diverso, pero al mismo tiempo con muchos rasgos homogéneos, y esa homogeneidad nos la ha dado precisamente este periodo, los tres siglos de dominación española. No podemos negar eso, nuestras identidades están ahí”.
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