Los datos arrojados por los Censos Económicos 2019, presentados por el Inegi de manera reciente, confirman que la mayoría de las unidades económicas en nuestro país son micro, pequeñas o medianas empresas.
Únicamente 0.2% de los negocios en México son grandes (tienen más de 250 empleados) 4.9% son Pymes, mientras que 94.9% son microempresas; estas últimas emplean a cuatro de cada 10 trabajadores en el país.
El problema empieza cuando observamos el valor agregado que generan los negocios según su tamaño; pues mientras 54.7% es aportado por las grandes empresas, la contribución de las micro se reduce a solo 14.6% de ese valor. Las Pymes agregan 30.7 puntos porcentuales. En otras palabras: la generación de riqueza ocurre con mayor intensidad en las grandes empresas, aunque estas sean una muy pequeña minoría.
La frialdad de los números nos muestra tres asuntos importantes. El primero es que, como he venido defendiendo, la imagen del empresario mexicano como un magnate cuya riqueza incalculable ha conseguido a costa de explotar a sus trabajadores es totalmente falsa. Se trata de una caricatura que ni siquiera puede aplicar a la totalidad del 0.2% propietario de las grandes empresas, pues la mayoría de ellos poseen negocios que, si bien ocupan a más de 250, tampoco son unos corporativos inmensos.
Una imagen más realista del empresariado mexicano, insisto, debe ser la de aquel que genera su propio empleo y arriesga su bienestar y el de su familia haciendo posible que otros tengan una fuente de ingresos segura.
Hoy, con la crisis económica que se profundizó con la pandemia, quienes han estado en mayor riesgo de perderlo todo son esos micro y pequeños empresarios. Por eso, nuestro programa destinado a salvar changarros.
El segundo asunto relevante, vinculado con el anterior, es la evidente necesidad que tiene nuestro país de generar una gran estrategia nacional para escalar los negocios. Urge que más negocios crezcan; tanto en tamaño como en la generación de valor. Se necesita crear los mecanismos para que, sobre todo las micro y pequeñas empresas, puedan concentrar sus energías en desarrollarse, de tal modo que sus propietarios dejen de vivir al día.
El diseño y aplicación de esa estrategia nacional para escalar los negocios depende irremediablemente de borrar la caricatura del magnate explotador del imaginario colectivo. Pero, también, de quitar de la mente de muchos gobernantes la idea de que solo hay que apoyar a las grandes empresas bajo la justificación de la creación de empleos, porque es claro que no es esa su vocación. Como los datos lo muestran (y aquí el tercer asunto) las grandes empresas lo que persiguen es la generación de riqueza, no de fuentes laborales.
Reconocer que es ese el paradigma ayuda también a fortalecer el diseño de la estrategia propuesta, porque coloca como eje a la educación financiera, no solo de los propietarios actuales y futuros, sino de la población en su conjunto.
Nuestras micro y pequeñas empresas no crecen y no incrementan de manera sustancial su aporte a la economía, porque su salud financiera está irremediablemente atada a la de sus propietarios. Allí, el principal obstáculo para escalar los negocios y propiciar mayor prosperidad en México.
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