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Escándalo

Por ATL DEL DESIERTO

Hace 4 meses

En las últimas décadas hemos visto relajarse las normas morales. Alrededor de los 70, cualquier infidelidad de una persona casada era foco de gran escándalo que normalmente terminaba con la ruptura de dicho matrimonio.

Ahora, varias décadas después, aprendimos a soslayar esos actos y solo entender que muchas de esas acciones son parte de la vida privada de las familias y las personas.

Cuando estaba yo inscrito en una universidad privada (aclaro, porque yo empecé a estudiar cuando me recibí), una tarde se hizo el escándalo, pues en un departamento frente al campus habían visto a dos jóvenes varones en escarceo amoroso. Siendo una región donde los parientes son parte del menú sexual y existe un machismo ostentoso, el tumulto intentaba derribar la puerta del departamento, hasta que llegó un maestro de la institución, pidiendo nombres y número de matrícula de los potenciales linchadores, acto que suspendió la barbarie.

Ahora, el derecho a hacer escándalo solo puede tener sustento si el acto salido de las normas tiene como propósito beneficio personal.

Una mujer, casada o no, que presta su humanidad con propósitos sensuales a cambio de beneficio económico o de posición, es objeto de escándalo, y cuando lo hace con diferentes usuarios y recibe retribución en alguna modalidad, recibe el calificativo de meretriz.

Un hombre, casado o no, que igualmente usa su humanidad con propósitos carnales, a cambio de beneficio económico o de posición, recibe el calificativo de gay, marica o secretario particular.

Cuando el escándalo tiene lugar en un mandatario o su familia, esto tiene el efecto colateral en sus simpatizantes, de quienes se siembra la sospecha de si sufren un malestar similar.

Lo que queda claro es que, en el último caso, es un claro síntoma de ausencia de escrúpulos, más que una sencilla preferencia.

 

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